La sal

Si nos referimos a términos culinarios, la sal es una de los elementos más necesarios y menos nombrados en la preparación de cualquier alimento. La sal ha de añadirse a cualquier guiso en su justa medida, para realzar el sabor de cada uno. A un guiso preparado sin sal le falta “algo”, decimos, quizás la sal no sea lo más importante, pero su presencia modifica todo un conjunto. Si la ausencia de la sal deja todo soso, el exceso de sal hace también que las cosas pierdan su gusto, sólo somos capaces de apreciar el sabor fuerte de la sal y perdemos el buen sabor de cada ingrediente. Y es que la sal debe estar presente en su justa medida.

El evangelio de S. Mateo en el capítulo 5 nos dice: “Vosotros sois la sal de la tierra, pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo podrá recuperar su sabor?, la sal que carece de sabor es echada fuera para ser pisada”.

Sin analizar a qué tipo de “sal” se refiere el evangelio de San Mateo, hallamos en este texto una llamada a no perder el sabor, una llamada a saber dar un testimonio de nuestro compromiso cristiano, de nuestra fe. Si no intentamos siempre manifestarnos como bautizados, miembros de la Iglesia, seguidores de Jesús, seremos como esa sal que al carecer de sabor es despreciada, pisada.

Las personas que están a nuestro alrededor, amigos, familiares o simplemente aquellos con los que a lo largo de la jornada cruzamos breves palabras, estos esperan de nosotros, si nos reconocen como personas de fe un testimonio claro de nuestro buen hacer, de nuestra “sal” que da un “gusto” distinto a cuanto vivimos y a hacemos. Por esto nuestro espíritu debería tender siempre a pedirle al Señor que nos enseñe cómo hacer palpable nuestra “sal” que puede ayudar a cambiar el gusto de un día que quizás amaneció insípido. Texto: Hna. Carmen Solé.
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