"No conviene defender la homosexualidad con falsos argumentos bíblicos fundamentalistas" Bendiciones malditas

Bendiciones
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"Todo el valor de la bendición lo hemos puesto en esa señal de la cruz a la que hemos convertido en un gesto mágico y supersticioso"

"No conviene defender la homosexualidad con falsos argumentos bíblicos fundamentalistas"

"Todo lo dicho ya estaba implícito en las repetidas y solemnes declaraciones del Vaticano II, del llamado “Catecismo de la Iglesia” o del cardenal Newman de que la conciencia recta (subrayando esta palabra) es el criterio último y decisivo para la acción moral y para conocer cuál es la voluntad de Dios"

Parece que eso que llamamos “nominalismo” no es solo un defecto de la escolástica decadente, sino un peligro de la razón humana cuando prefiere condenar en vez de comprender. Un ejemplo de ese nominalismo lo tenemos hoy en la disputa sobre bendición a parejas homosexuales, digna de ocupar alguna secuencia en aquella película (La vía láctea) de Buñuel.

Campaña en defensa del Papa: Yo con Francisco

Fijémonos en las reacciones: por un lado no faltan algunas “eminencias” cardenalicias y algunas “excelencias” episcopales (pocas por suerte) que tachan esa decisión de herética (?) y contraria al evangelio. Con ello sugieren que Francisco queda automáticamente depuesto, según la enseñanza clásica sobre el papa hereje. Lástima que la teología clásica no se plantease la cuestión de qué pasa con un cardenal hereje: si queda también automáticamente depuesto, o no…

Por el otro lado no faltan las quejas de alguno de los afectados: “¿tan poco nos merecemos?”. Y con estos quisiera dialogar un poco más.

Bendiciones homosexuales
Bendiciones homosexuales

-   Querido hermano: la bendición no es un premio ni algo que pueda merecerse. La bendición divina es simplemente un regalo. Con esa forma tuya de argumentar, ya deformas el problema porque parece que lo que se busca no es el don de Dios sino el reconocimiento de los hombres.

-   Aclarado esto, hagamos un experimento: supongamos que alguien me trae un rosario o alguna imagen nueva, pidiéndome que se los bendiga. Yo, con mis manos a la espalda, me limito a hacer una plegaria más o menos como esta: “que el favor de Dios descienda sobre ti para que puedas difundir su paz” (o algo así). Es casi seguro que me dirán: “pero… ¿no me lo bendice?”.

Supongamos, al revés, que me traen aquel objeto a bendecir y hago sobre él la señal de la cruz, sin ninguna plegaria o palabra más. Lo devuelvo y el dueño me dará las gracias sin pedir nada más. Hagan la prueba que yo ya la hice. Y eso muestra que todo el valor de la bendición lo hemos puesto en esa señal de la cruz a la que hemos convertido en un gesto mágico y supersticioso.

-   Y como ese gesto lo hacemos en otros momentos de nuestra vida litúrgica quizás conviene explicarlo un poco más.

Discusiones

Cuando en la celebración eucarística nos anuncian la proclamación del evangelio, todos respondemos santiguándonos. He visto alguna discusión sobre si eso se ha de hacer con una sola señal de la cruz (que me parece lo más lógico), o con aquellas tres cruces clásicas en frente, boca y pecho. Otra discusión tan absurda como aquella de la escolástica sobre el sexo de los ángeles: pues lo que queremos expresar al responder con esa señal de la cruz es que la buena noticia que nos van a proclamar incluye siempre la cruz. También, cuando nos santiguamos “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu” estamos queriendo dar a entender que esa fe en el Dios “comunitario” es la que posibilita que podamos creer en un Dios crucificado. El teólogo protestante J. Moltmann alababa eso una vez como algo muy valioso de la piedad católica. Y nosotros en Babia.

Banderas gays en el Vaticano
Banderas gays en el Vaticano

Aclarado esto volvamos a nuestro punto de partida. Que se pueda hacer el gesto de la cruz sobre parejas homosexuales, o divorciados que vuelven a casarse, no tiene ningún significado sacramental ni “presacramental”. Pues la bendición del cura no es lo formal del sacramento del matrimonio, ya que no es el cura el que los casa sino ellos los que se casan. Es solo como un aviso de que aquella unión feliz, signo del amor total entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,29), no dejará de estar marcada por la cruz de Cristo. Y en el caso de las uniones no sacramentales, es como decirles además: el Señor no os abandona y os bendice, porque queréis comprometeros a vivir vuestras vidas buscando la mayor conformidad con Su Voluntad.

"Lo único que hay ahí de nuevo es que al dar esa otra bendición la Iglesia reconoce que puede haber casos excepcionales en que ella no conoce totalmente la voluntad de Dios"

Lo único que hay ahí de nuevo es que al dar esa otra bendición la Iglesia reconoce que puede haber casos excepcionales en que ella no conoce totalmente la voluntad de Dios, porque no tiene acceso a todos los factores históricos o genéticos que han llevado a aquella situación. Y quienes no acepten esto y piensan que, sin ninguna clase de matices o distinciones, toda unión homosexual es pecaminosa, antes de excomulgar al papa podrían pensar que, a lo mejor, aquella bendición sirve “para que se conviertan”... Como Jesús que, cuando dice: “bendecid a los que os maldicen” (Lc 6, 28-29), no está sacralizando la maldición sino tratando de convertirla…

Y si luego de esto reflexionamos un poco más, acabaremos viendo que todo lo dicho ya estaba implícito en las repetidas y solemnes declaraciones del Vaticano II, del llamado “Catecismo de la Iglesia” o del cardenal Newman de que la conciencia recta (subrayando esta palabra) es el criterio último y decisivo para la acción moral y para conocer cuál es la voluntad de Dios.

A modo de apéndice

Aclarado lo anterior, permítase una última advertencia o consejo fraterno para hermanos homosexuales: no pretendáis justificar vuestra situación con falsos argumentos fundamentalistas. Eso no ayuda.

Una cosa (muy verdadera) es que “Dios me quiere así como soy”, y otra que Dios me ha hecho así. Tampoco es correcto aplicar aquí la frase de Génesis (“vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno”): porque ese modo de argumentar desconoce la llamada autonomía de la creación: Dios no “hace” como un artesano o un demiurgo, “fabricando” las cosas. Dios hace haciendo que las cosas se hagan (ya he comentado otras veces la inspirada intuición que late en el hecho de que la Biblia reserve para la acción de Dios un verbo hebreo -barah- distinto del que usa para las acciones humanas). Y este modo de obrar supone un margen de autonomía o indeterminación en las cosas creadas, donde yace ya, de manera oscuramente primordial, lo que luego será la libertad humana.

Los miembros del sínodo de la Iglesia copta, encabezados por Tawadros II
Los miembros del sínodo de la Iglesia copta, encabezados por Tawadros II OCPS

Fiarse plenamente de Dios no significa conocer exhaustivamente todos sus pasos (como José tampoco conocía todos los pasos de María cuando se fiaba de ella, a pesar de su embarazo ya evidente). Y argüir para cosas verdaderas con argumentos falsos, daña a la causa que quieres defender y lleva a un fundamentalismo (por ejemplo en la lectura de la Biblia) como el que hoy florece en muchas sectas “evangélicas” norteamericanas.

Cuidado pues. Y mejor que dejemos en paz este tema y que volvamos allí donde es seguro que encontraremos a Dios: “tuve hambre y Me disteis de comer, estaba desnudo y Me vestisteis, enfermo y Me visitasteis, cautivo y Me liberasteis”… Porque todos estaremos de acuerdo en que más importante que el que unos cuantos miles puedan tener relaciones sexuales a su gusto, es que muchos millones puedan comer algo, y tener algún techo y algún trabajo, aunque no sean a su gusto. Y esta otra tragedia es la que no queremos resolver.

PD. Luego de escrito lo anterior ha surgido la ruptura de la Iglesia copta con la católica por este asunto. Lo siento mucho porque, además, buena parte de las razones para romper no son "religiosas", sino culturales. Valdría la pena que, pese a la ruptura, se crease una comisión lenta y pacífica de diálogo. Sin olvidar que quince siglos (!) después de la separación monofisita, ambas Iglesias reconocieron que en el fondo querían decir lo mismo, pero fueron diferencias lingüísticas y cultuales las que entonces les impidieron entenderse.

Aparecido en el último número de "El Ciervo", sin el apéndice

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