El detonante para el comienzo del Sínodo de Wurzburgo fue el Concilio Vaticano II A 50 años del Sínodo de Wurzburgo
Hace 50 años concluía el Sínodo Común de los Obispados en la República Federal de Alemania –ese era su título oficial–. «Ya sea al inicio del Camino Sinodal, en las discusiones con Roma o en temas como la predicación de laicos, los hilos argumentales son hoy con frecuencia idénticos, hasta en los detalles, a los de hace 50 años», afirma Knops, historiador de la Iglesia
| Martin Scheuch. Corresponsal en Alemania
«La historia se repite»: este pensamiento recurrente se le presenta una y otra vez a Stephan Knops cuando se ocupa del Sínodo de Wurzburgo. Hace 50 años concluía el Sínodo Común de los Obispados en la República Federal de Alemania –ese era su título oficial–. «Ya sea al inicio del Camino Sinodal, en las discusiones con Roma o en temas como la predicación de laicos, los hilos argumentales son hoy con frecuencia idénticos, hasta en los detalles, a los de hace 50 años», afirma Knops, historiador de la Iglesia que actualmente trabaja en gestión científica en la Universidad de Duisburg-Essen.
El detonante para el comienzo del Sínodo de Wurzburgo fue el Concilio Vaticano II (1962-1965) y la pregunta de cómo implementar sus decisiones en el contexto alemán. Se trataba sobre todo de decisiones de carácter pastoral. Estos esfuerzos coincidieron con un clima social en el que los principios morales y las autoridades eran cada vez más cuestionados y surgía la exigencia de democratizar todos los ámbitos de la vida. Esto llegó a un punto culmen, por ejemplo, en el Katholikentag (Congreso Católico) de 1968 en Essen, donde se escucharon voces que pedían la dimisión del Papa Pablo VI, quien poco antes había publicado la encíclica «Humanae vitae» sobre moral sexual y regulación de la natalidad.
«Mirando hacia atrás, resulta sorprendente que solo tres años después se convocara el Sínodo en la catedral de Wurzburgo», dice Knops. Es posible que los obispos esperaran poder seguir dirigiendo los debates públicos. Y fue también Pablo VI quien aprobó un estatuto para el Sínodo de Wurzburgo que concedía a obispos y laicos idéntico derecho a voto. «Eso fue verdaderamente revolucionario en aquel momento», señala el historiador eclesiástico.ç
Al mismo tiempo se establecieron barreras protectoras. De este modo, los clérigos formaban la mayoría de los cerca de 300 delegados. Además, los obispos podían bloquear decisiones si consideraban que ponían en peligro la doctrina de la Iglesia. Solo entraban en vigor como ley diocesana cuando el obispo las publicaba en el boletín oficial. La capacidad de bloqueo por parte de una minoría de obispos y el carácter no vinculante de las resoluciones serían, 50 años después, aspectos criticados en la estructura del actual Camino Sinodal.
Pero no solo ahí se pueden trazar paralelismos. También el Sínodo de Wurzburgo sufrió intervenciones vaticanas. Poco antes de la Navidad de 1972 le llegó al presidente del Sínodo, el cardenal Julius Döpfner, una carta de Roma. El mensaje central era que el Sínodo no podía decidir sobre una autorización para que los laicos predicaran, porque eso excedía sus competencias.
¿Cómo reaccionó la Iglesia? «Los obispos tomaron partido por el Sínodo de Wurzburgo. Lo llevaron adelante y no descartaron el tema de antemano», dice Knops. El historiador encuentra una explicación en el temor de los obispos a perder la confianza en el Sínodo. En resoluciones posteriores ya se pudo tantear mejor de antemano los temas y el marco.
También a nivel personal se pueden establecer ciertos paralelismos. No todos los obispos apoyaron el Sínodo de Wurzburgo. Por ejemplo, el obispo de Ratisbona Rudolf Graber fue crítico. En el otro bando, el entonces obispo de Limburgo, Wilhelm Kempf –movido por las decisiones del Concilio Vaticano II–, impulsó estructuras sinodales en su diócesis y defendió el debate sobre la ordenación sacerdotal de hombres casados. Al entonces nuncio apostólico en Alemania, Corrado Bafile, eso le pareció excesivo. Sin embargo, su intento de apartar a Kempf del cargo desde Roma fracasó.
No solo el Camino Sinodal ha tenido delegados que abandonaron el proceso antes de tiempo. El entonces teólogo dogmático de Münster Joseph Ratzinger participó del Sínodo de Wurzburgo en la primera sesión; después se apartó del proceso. Públicamente lo justificó con su sobrecarga de trabajo como decano.
Aunque el Sínodo de Wurzburgo comenzó con cierta euforia inicial y grandes expectativas, éstas se fueron apagando con el tiempo. «Eso se debió, entre otras cosas, a que se produjo una enorme cantidad de texto que primero había que transmitir a las bases y a la gente», dice Knops. Pero también la falta de implementación de las resoluciones hizo lo suyo. De este modo, hubo un permiso especial de Roma que permitió temporalmente la predicación por parte de laicos –un tema que el Camino Sinodal retomó en 2023 con un texto narrativo–, pero este permiso fue revocado pocos años después de la publicación del nuevo Código de Derecho Canónico en 1983.
Otros votos del Sínodo tampoco fueron tenidos en cuenta en Roma y se quedaron en el cajón, por ejemplo, sobre temas de jerarquía, ministerio sacerdotal o jurisdicción administrativa. «En algunos puntos, los debates sobre estos temas apenas han avanzado en los últimos 50 años», afirma Knops. «Y eso ha provocado en muchos desilusión, cuando no amargura». En cambio, algunas resoluciones siguen marcando hasta hoy la vida eclesial en Alemania, como las relativas a la enseñanza de la religión o al trabajo juvenil. También el texto del Sínodo «Unsere Hoffnung» («Nuestra esperanza»), que lleva la impronta del teólogo Johann Baptist Metz, sigue recibiendo gran atención.
Que las resoluciones no se implementaran realmente se debe, según Knops, también a la muerte prematura del cardenal de Múnich Julius Döpfner. Falleció sorpresivamente pocos meses después de la conclusión del Sínodo, a los 62 años. Tres días antes de su muerte, Döpfner escribió en la edición completa de las resoluciones sinodales que el verdadero trabajo –la implementación de las decisiones– aún estaba pendiente.
«Döpfner fue como presidente una figura central de integración que impulsó el Sínodo como proceso espiritual y contribuyó decisivamente a mantenerlo unido por encima de todas las facciones», dice Knops. Ese papel no debe subestimarse. El historiador está convencido de que Döpfner también habría podido influir con más éxito en la implementación de las resoluciones. «Mirando hacia atrás, a menudo pienso qué es una lástima que no le fuera posible aprovechar esa oportunidad».
Con el relevo de Döpfner por el cardenal de Colonia Joseph Höffner, la Conferencia Episcopal tomó una orientación más conservadora. A partir de 1978, esto se vio reforzado también por el pontificado de Juan Pablo II. De este modo, los resultados poco a poco quedaron relegados al olvido
El Sínodo de Wurzburgo terminó finalmente el 23 de noviembre de 1975 con la solemne frase: «El Sínodo termina – el Sínodo comienza». «Sin embargo, el impulso necesario para la gigantesca tarea de la implementación no llegó a darse», resume Knops. Con el relevo de Döpfner por el cardenal de Colonia Joseph Höffner, la Conferencia Episcopal tomó una orientación más conservadora. A partir de 1978, esto se vio reforzado también por el pontificado de Juan Pablo II. De este modo, los resultados poco a poco quedaron relegados al olvido.
El historiador eclesiástico Knops ve aquí también una enseñanza para el Camino Sinodal: «Se necesita la capacidad de mantener el equilibrio entre la euforia inicial y la perseverancia a largo plazo que requiere un proceso así». Hay que ser capaz de soportar la perspectiva de no llegar a ver uno mismo los frutos del propio trabajo. Aunque el Camino Sinodal ya quiera evaluar en enero próximo, en una sexta asamblea sinodal, la implementación de sus propias resoluciones, también aquí hará falta seguir aguantando, dice Knops. «¡El empuje para nuevas etapas tiene que mantenerse a toda costa!» De lo contrario, también aquí podría repetirse la historia.
Fuente: katholisch.de
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