De Berlín a la Amazonía peruana: la nueva misión de un dominico ítalo-alemán

A sus 55 años, el padre Max Cappabianca, dominico hijo de inmigrantes italianos y conocido en Alemania como capellán universitario y figura televisiva, deja Berlín para misionar en Quillabamba, en la zona de transición entre los Andes y la Amazonía peruana.

© Fotografía privada
Steffen Zimmermann
13 jul 2026 - 17:13

(katholisch.de).- Encontrarse con el padre Max Cappabianca no resulta fácil por estos días. Aunque oficialmente sigue viviendo en el Instituto Marie-Dominique Chenu de la Orden de Predicadores, situado en el popular barrio berlinés de Prenzlauer Berg, en los últimos meses apenas ha pasado tiempo allí. En unas ocasiones ha estado en Valencia perfeccionando su español; en otras, ha viajado repetidamente a Italia para ayudar a su madre, quien perteneció a la primera generación de trabajadores inmigrantes en Alemania y que, tras casi sesenta años viviendo en Fráncfort del Meno, regresó a su Nápoles natal.

Esos viajes simbolizan perfectamente una etapa de transición y de nuevos comienzos. Después de casi nueve años como capellán universitario en Berlín, Cappabianca abandonará la capital alemana a finales de julio para partir como misionero de su orden a Perú. Allí trabajará en Quillabamba, una ciudad de unos 30.000 habitantes situada en el sur del país, en la zona de transición entre los Andes y la Amazonía. Desde allí, los dominicos atienden decenas de comunidades dispersas entre las montañas y la selva. «En noviembre cumpliré 55 años», comenta Cappabianca durante la entrevista concedida a katholisch.de en Berlín. «Sinceramente, quería volver a hacer algo verdaderamente fuera de lo común». Reconoce que el componente de aventura ha influido en su decisión. «Irse a la selva no es algo que haga cualquiera».

El núcleo de la pastoral

Aun así, su decisión probablemente sorprenderá a muchas personas. El dominico figura entre los religiosos más conocidos de Alemania. Muchos católicos lo conocen por sus apariciones televisivas desde el Vaticano, donde ha comentado grandes celebraciones litúrgicas, así como por presentar los programas de reflexión religiosa So gesehen («Así visto») y So gesehen – Talk am Sonntag («Así visto – Conversaciones dominicales»), emitidos por la cadena privada alemana Sat.1. Durante años fue uno de los rostros más visibles de la Iglesia católica en Alemania.

Sin embargo, su principal labor durante casi una década fue la pastoral universitaria en Berlín. Como director de la Comunidad Católica de Estudiantes Edith Stein acompañó a numerosos jóvenes durante una etapa decisiva de sus vidas. Algunos llegaban cuando empezaban la universidad; otros, cuando estaban a punto de terminar sus estudios. «Ese es el núcleo de la pastoral», afirma Cappabianca. Acompañar a las personas durante un largo período de sus vidas, conocer sus preguntas, sus crisis y sus esperanzas. Los años en Berlín fueron intensos y, por momentos, también exigentes. «He conocido a personas con las que, de otro modo, nunca me habría cruzado».

«En un entorno que con frecuencia se describe como carente de Dios, una y otra vez encontré a Dios.»

En 2018, al comienzo de su etapa berlinesa, declaró en una entrevista con katholisch.de que en la capital alemana un cristiano se encontraba «a la intemperie». Con ello aludía a la particular situación de Berlín: una ciudad en la que la fe cristiana apenas forma parte de la normalidad social. Hoy contempla aquella experiencia con una mirada más matizada. Berlín, dice, es una ciudad llena de contradicciones. En ella conviven la soledad, la presión por rendir y la escasez de vivienda. Muchas personas sienten que nunca están a la altura de las expectativas. Pero, al mismo tiempo, fue precisamente allí donde vivió experiencias inesperadas. Una y otra vez encontró personas que irradiaban esperanza, que vivían su fe con autenticidad o que se apoyaban mutuamente en momentos difíciles. «En un entorno que con frecuencia se describe como carente de Dios, una y otra vez encontré a Dios».

Aun así, afronta conscientemente la despedida de Berlín. Lo que más echará de menos serán las personas, sus hermanos de comunidad y la diversidad cultural de la capital. «Basta salir a la calle para estar inmediatamente en medio de todo», comenta. «Solo los tres teatros de ópera ya son fantásticos».

Además de la pastoral, el trabajo en los medios de comunicación marcó durante mucho tiempo su vida cotidiana. Mientras muchas personas en Alemania nunca asisten a una misa católica, sí se encontraban con Cappabianca en la televisión, sobre todo gracias a sus breves intervenciones en Sat.1, que a menudo no duraban más de un minuto.

La doble carga de la pastoral universitaria y el trabajo en los medios

Precisamente esa brevedad hacía que el trabajo fuera especialmente exigente, afirma hoy. Expresar algo con sentido sobre la fe en apenas un minuto era, muchas veces, mucho más difícil que predicar durante quince minutos. Siempre procuró abordar temas de actualidad desde una perspectiva cristiana, sin decirle a la gente lo que debía pensar. «Nunca quise ser alguien que les dijera a los demás cómo tienen que ser católicos». Algunos le reprochaban no adoptar posturas suficientemente definidas. Él, en cambio, considera que precisamente ahí residía una de sus fortalezas. Muchas veces resulta más útil plantear preguntas que ofrecer respuestas apresuradas.

El padre Max Cappabianca OP ejerció como capellán universitario en Berlín durante casi nueve años.
El padre Max Cappabianca OP ejerció como capellán universitario en Berlín durante casi nueve años. | Foto: © katholisch.de/stz

No considera una pérdida dejar atrás también esa faceta pública. Compatibilizar la pastoral universitaria con el trabajo en los medios suponía una carga considerable. Además, cree que los rostros nuevos aportan perspectivas nuevas. En cualquier caso, probablemente no abandonará del todo el mundo de la comunicación: los dominicos gestionan varias emisoras de radio en Perú, donde su experiencia podría resultar muy valiosa.

El detonante del viaje a Sudamérica

El detonante de su traslado a Sudamérica fue un llamamiento mundial de su orden. El Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado, en la Amazonía peruana, necesitaba urgentemente nuevos frailes. Los dominicos llevan más de un siglo atendiendo esa vasta región. Sin embargo, muchos de los misioneros que allí trabajan ya son de edad avanzada y apenas hay relevo generacional. Cappabianca se mostró interesado. El año pasado, su provincial lo envió durante varias semanas a Perú para una estancia de prueba. Allí pudo conocer de primera mano la realidad del lugar, mientras que los frailes de la comunidad también tuvieron la oportunidad de conocerlo a él. Al final, ambas partes quedaron convencidas de que era el paso adecuado.

Lo que ahora le espera dista mucho del ritmo de vida de una gran ciudad como Berlín. Desde Quillabamba, los dominicos viajan regularmente a comunidades situadas tanto en las montañas como en la selva. A menudo deben recorrer durante horas carreteras en mal estado y algunos lugares solo son accesibles con gran dificultad. Celebraciones litúrgicas, catequesis, confesiones, programas de formación y proyectos sociales forman parte de su labor cotidiana. Más adelante, Cappabianca podría ser destinado a una estación misionera aún más aislada. Allí, además de la atención pastoral, los proyectos de desarrollo desempeñan un papel fundamental. Durante décadas, los dominicos han construido escuelas en la región y han contribuido al fortalecimiento del sistema de salud.

«Siempre seré un extranjero»

A pesar de la ilusión con la que afronta esta nueva etapa, Cappabianca contempla su futura misión con una mirada crítica. Ya durante su primera estancia en Perú comenzó a cuestionarse el propio concepto de misión. «Siempre seré un extranjero», afirma. No es peruano ni pertenece a ninguno de los pueblos indígenas del país. Por eso se pregunta qué puede significar realmente hoy ser misionero.

Quillabamba, capital de la provincia La Convención (Cusco, Perú)
Quillabamba, capital de la provincia La Convención (Cusco, Perú) | Foto: Expedia

Su respuesta está llena de matices. Durante su estancia el año pasado conoció, en las regiones más remotas de la Amazonía, a personas que mantienen vivas sus propias tradiciones espirituales. Al mismo tiempo, fue testigo de una sociedad inmersa en una transformación acelerada. Incluso allí donde todavía no hay electricidad ni agua corriente, los teléfonos móviles e Internet ya forman parte de la vida cotidiana. La tecnología satelital y los paneles solares llevan el mundo digital hasta las aldeas más apartadas. «Eso me hace preguntarme cuál es mi papel en todo este proceso», reflexiona. La historia de la misión cristiana ha sido también una historia de transformaciones culturales, muchas veces marcadas por la violencia en el contexto del colonialismo. Por eso se pregunta cómo anunciar el Evangelio sin imponer formas de vida ajenas a las de quienes lo reciben.

Para él, la misión no consiste en vender algo ni en prometer prosperidad a las personas. Observa con espíritu crítico aquellas formas de predicación religiosa que presentan el éxito y la riqueza como promesas de la fe. En cambio, está convencido de que lo primero es escuchar. Le fascinan especialmente las tradiciones espirituales de la Amazonía y de los Andes. Quien quiera trabajar allí como misionero debe aprender primero y comprender después, sostiene. Solo entonces puede comenzar un verdadero diálogo sobre la fe cristiana. «Sigo creyendo que Jesús y el Evangelio tienen un mensaje profundamente liberador».

«Me voy a casa… solo que a Perú.»

Lo que más lo impresionó fueron los misioneros que conoció en Perú. Algunos llevan décadas viviendo en condiciones muy sencillas. Y, sin embargo, rebosan entusiasmo y gozan del aprecio de la población local. «Allí no vi al conquistador», afirma Cappabianca. «Vi a personas que han construido relaciones que han transformado a ambas partes».

Quizá esa mirada le resulte tan natural porque la experiencia de vivir entre culturas forma parte de su propia biografía desde siempre. Cappabianca nació en 1971 en Fráncfort del Meno, hijo de inmigrantes italianos. Crecer entre distintas culturas fue para él algo completamente normal desde el principio. Más tarde, sus estudios, la vida religiosa y las responsabilidades que asumió dentro de la Iglesia lo llevaron a diversos países e incluso al Vaticano. «Lo diferente siempre me ha fascinado», afirma. Precisamente en una época en la que tantos debates sociales están marcados por el miedo y el repliegue sobre uno mismo, considera que esa experiencia es especialmente valiosa. «Uno no pierde su propia identidad cuando sabe apreciar al otro en su diferencia».

«Me voy a casa… solo que a Perú»

El regreso de su madre a Italia también ha cambiado su forma de mirar el futuro. Como hijo único, le preocupaba quién cuidaría de ella cuando él se marchara a Perú. La decisión de su madre de regresar a Nápoles para reunirse con su familia le quitó un gran peso de encima.

Y, sin embargo, la despedida que se avecina se parece menos a un final que al comienzo de un nuevo capítulo. ¿Qué significa para él la palabra «hogar»? La respuesta es sorprendentemente sencilla. «San Pablo dice: “Nuestra patria está en el cielo”». Pero, en un sentido muy concreto, también encontró su hogar en la Orden Dominicana. Ya sea en Berlín, Roma, Singapur, Alaska o, próximamente, en Perú: cuando entra en un convento dominico, se siente inmediatamente en casa. Por eso insiste en que, cuando parta a finales de julio, en realidad no se marchará a un lugar extraño. «Me voy a casa… solo que a Perú».

También te puede interesar

Lo último

stats