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Cardenal Cupich: “La Iglesia no es un club exclusivo”

Le plantó cara al presidente estadounidense Donald Trump: el cardenal Blase Cupich de Chicago. En una entrevista con katholisch.de habla de cuestiones internas de la Iglesia, como la corresponsabilidad de los fieles.

Foto: © MTS

(katholisch.de).- Con el mar Adriático como telón de fondo, en la localidad de Lovran, cercana a la ciudad portuaria croata de Rijeka, se celebraron recientemente los Encuentros Teológicos Mediterráneos Ecuménicos e Interreligiosos, organizados bajo la dirección del arzobispo de Rijeka, Mate Uzinić. En esta edición participaron dos destacados cardenales: el arzobispo de Chicago, Blase Cupich, y el arzobispo de Belgrado, Ladislav Német, quienes asistieron a la reunión de una semana de duración.

Durante el encuentro, Cupich advirtió sobre la existencia de fuerzas que alimentan deliberadamente la polarización y hacen creer a las personas que el grupo al que pertenecen está bajo amenaza. Resultó especialmente significativa su reflexión sobre las llamadas «guerras culturales», un fenómeno que, según explicó, en los últimos años se ha ido trasladando desde la vida política, social y religiosa de Estados Unidos hacia Europa. El cardenal también alertó contra la tentación de reducir el cristianismo a la pertenencia a un círculo exclusivo.

En una entrevista concedida a katholisch.de —el portal oficial de noticias de la Iglesia católica en Alemania—, Cupich abordó además diversos temas de actualidad eclesial: la Iglesia sinodal promovida por el papa Francisco, la corresponsabilidad de los fieles, el papel de las conferencias episcopales y las prioridades que debería asumir la Iglesia en un mundo marcado por las guerras, la crisis climática y la creciente fragmentación social.

Pregunta: Cardenal Cupich, usted es considerado uno de los principales defensores de una Iglesia sinodal y abierta al diálogo. ¿Dónde percibe la mayor resistencia a las reformas impulsadas por el papa Francisco?

Cupich: Creo que existe un cierto temor a que, al poner en diálogo las cuestiones de nuestro tiempo, terminemos alejándonos del pasado y de la tradición. Puedo comprender ese miedo. Sin embargo, debemos confiar en que el Espíritu de Cristo sigue actuando en la vida de la Iglesia. También debemos confiar en que los fieles, el Pueblo de Dios, todos los bautizados, poseen un sensus fidelium, es decir, un «sentido de la fe» que les permite reconocer la enseñanza de la Iglesia y permanecer fieles a ella.

Por eso pienso que a ese temor debemos responder con una fe más profunda: la confianza en que el Espíritu de Cristo continúa obrando hoy en la vida de las personas. Jesús no nos abandonará. Y tenemos mucho que ganar si mantenemos vivo este diálogo.

Pregunta: ¿Por ejemplo?

Cupich: Porque ese diálogo genera un auténtico sentido de corresponsabilidad dentro de la Iglesia. Ayuda a las personas a comprender que ellas también son responsables de su vida y de su misión. Si todo depende únicamente de un grupo —de la jerarquía o de un determinado estamento eclesiástico— perderemos la oportunidad de construir una verdadera corresponsabilidad en la Iglesia.

Pregunta: En ese contexto, ¿qué cambios concretos pueden y deberían surgir de esta sinodalidad, de este caminar juntos?

Cupich: El cambio más importante consiste en despertar en todos los fieles no solo un sentimiento de pertenencia, sino también la convicción de que la Iglesia también es suya y de que son corresponsables de su futuro. En mi país, Estados Unidos, hay muchos católicos profundamente creyentes. Asisten a misa, hacen donaciones y colaboran generosamente en numerosas iniciativas. Sin embargo, con frecuencia les falta la conciencia de ser verdaderos corresponsables del futuro de la Iglesia.

Pregunta: ¿En qué sentido?

Cupich: Cuando se trata, por ejemplo, de planificar una mejor catequesis o una evangelización más eficaz, hay quienes prefieren dejar toda esa responsabilidad en manos del sacerdote o del obispo. Pero si conseguimos que comprendan que ellos mismos deben participar en la planificación del futuro de la Iglesia, que forman parte de la misión de transmitir el Evangelio a la siguiente generación, despertará en ellos un auténtico sentido de urgencia y compromiso. Entonces irán mucho más allá de limitarse a hacer donaciones o asistir a misa. Creo que ese cambio merece la pena. Es una transformación que puede renovar profundamente la vida de la Iglesia y tener consecuencias decisivas para su futuro.

Cardenal Blase Cupich en entrevista con katholisch.de. | Foto: © MTS

Pregunta: En Alemania, los laicos participan en la búsqueda de candidatos al ministerio episcopal. ¿Podría algo similar convertirse en una práctica para toda la Iglesia?

Cupich: En realidad, eso ya debería estar ocurriendo. Cuando un nuncio apostólico realiza las consultas para cubrir una sede episcopal vacante, la Santa Sede le pide expresamente que no consulte solo a clérigos, obispos y sacerdotes, sino también al Pueblo de Dios, así como a religiosas y religiosos. Por tanto, este procedimiento ya existe.

Pregunta: Pero ¿sería posible, en un futuro próximo, que los laicos fueran consultados a nivel diocesano y participaran de forma mucho más activa en este proceso?

Cupich: Creo que sería importante, siempre y cuando se garantice que se trate realmente de un proceso de discernimiento espiritual y no de un proceso político. Debemos ser muy cuidadosos para no reducirlo a una mera dinámica de poder.

Quisiera añadir que en el Dicasterio para los Obispos ya participan laicos. Allí colaboran religiosas y mujeres laicas que aportan su voz. Por eso, si se encontrara una forma adicional de asegurar una consulta más amplia para que los laicos sientan que su punto de vista está verdaderamente representado, me parecería muy apropiado. Dicho esto, quiero subrayar que los laicos ya son consultados en el proceso actual de selección de obispos.

Pregunta: Volviendo a la jerarquía de la Iglesia: ¿deberían las conferencias episcopales tener mayores competencias de decisión frente a Roma?

Cupich: Sí. Creo que el papa Francisco ya ha avanzado mucho en la descentralización, por ejemplo, a través de diversos documentos programáticos.

Sin embargo, lo esencial en estas cuestiones es respetar el principio de subsidiariedad. Esto significa que las decisiones deben tomarse en el nivel más cercano posible antes de que intervenga Roma o una instancia superior. Ahora bien, esa subsidiariedad debe estar siempre en equilibrio con la solidaridad hacia toda la Iglesia.

«Las decisiones deben tomarse en el nivel más bajo posible antes de que intervenga Roma. Pero esa subsidiariedad debe armonizarse siempre con la solidaridad hacia toda la Iglesia.»

Pregunta: ¿Y qué ocurre cuando algunas conferencias episcopales van más adelantadas que el resto de la Iglesia universal?

Cupich: Entonces corresponde al obispo o a la conferencia episcopal de ese país preguntarse: ¿seguimos siendo fieles a la primera característica de la Iglesia, que es la unidad?

La unidad no significa uniformidad; no se trata de que todos hagan exactamente lo mismo. Lo vemos, por ejemplo, en la reforma litúrgica: la misa se celebra en distintas lenguas y existen diversas expresiones culturales e inculturaciones. Esa diversidad es una riqueza que enriquece a la Iglesia.

Pero la pregunta decisiva que debe hacerse quien pretenda apartarse del camino común es esta: ¿eso fortalece la unidad o la perjudica? Esa es la cuestión fundamental.

Pregunta: Si tuviera que señalar las tres prioridades más importantes de la Iglesia para la próxima década, ¿cuáles serían y por qué?

Cupich: Creo que la primera prioridad es continuar el camino de renovación al que nos convocó el Concilio Vaticano II (1962-1965). Eso es fundamental.

En segundo lugar, la Iglesia debe seguir ejerciendo una voz profética —como ya lo hizo en pontificados anteriores— en la defensa del medio ambiente. Estamos ante una crisis real y profunda. Lo vemos estos días con el calentamiento global, el aumento del nivel del mar y la mayor intensidad de las tormentas. Por eso, especialmente a través de Laudato si’, la encíclica dedicada al cuidado de la casa común, la Iglesia debe mantener esa voz profética en el futuro.

En tercer lugar, señalaría algo que el papa León ha subrayado con gran claridad: la paz mundial. Como dijo el 9 de enero, parece que la guerra ha vuelto a estar de moda. Hoy se recurre a ella antes de explorar otras vías para resolver los conflictos mediante el diálogo, a pesar de los numerosos enfrentamientos que azotan el mundo.

Pregunta: Precisamente hablando de la guerra… ¿Cómo interpreta usted la doctrina de la guerra justa, que en las últimas semanas ha vuelto a estar en el centro del debate?

Cupich: Lo más problemático es el abuso que se hace de la doctrina de la guerra justa. Esta doctrina fue concebida siempre como una restricción al uso de la fuerza, no como una autorización para hacer la guerra.

Sin embargo, hoy algunos Estados intervienen militarmente y luego justifican sus acciones diciendo: «Podemos ampararnos en la doctrina de la guerra justa». Pero esa no es su lógica.

No se debe comenzar por la guerra. La paz debe ser siempre la primera opción. Ese es precisamente el propósito de esta conferencia: preguntarnos cómo podemos asegurar que, ante cualquier conflicto, el primer paso sea sentarse a dialogar y buscar una solución pacífica, en lugar de convertir la guerra en la respuesta inmediata.

La guerra solo puede considerarse como último recurso, únicamente cuando se hayan agotado de verdad todas las vías posibles de diálogo.

Pregunta: La crisis climática, la guerra y la paz parecen cuestiones mucho más urgentes que nuestros debates internos en la Iglesia. Estos también importan, pero discusiones sobre liturgia, la llamada “Misa antigua” y temas similares parecen, ante una crisis mundial de esta magnitud, bastante secundarias.

Cupich: Sí, es verdad. Pero también diría que las divisiones internas que desgarran la unidad de la Iglesia terminan afectando directamente su credibilidad cuando habla sobre estos grandes temas globales.

La Iglesia no es un club exclusivo. La gente nos dirá: «¿Por qué deberíamos escucharos si en vuestra propia casa hay tanta discordia y división?».

Debemos ser muy conscientes de este riesgo. No podemos permitir que los conflictos internos se vuelvan tan visibles y tan intensos que acaben debilitando la fuerza y la eficacia de la voz de la Iglesia ante los grandes desafíos de nuestro tiempo.

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