Las comunidades espirituales católicas necesitan un acompañamiento estrecho para prevenir abusos, según una teóloga alemana
Una investigación de la Universidad de Münster revela mecanismos de manipulación y control en grupos católicos alemanes. La teóloga Judith Könemann, coautora del estudio, pide visitas regulares, archivos actualizados y que el abuso espiritual se tipifique como delito
La Iglesia católica afronta un problema que va más allá de los conocidos casos de abusos sexuales: el abuso espiritual. Se trata de una forma de manipulación en la que líderes carismáticos de comunidades religiosas aprovechan la autoridad religiosa y las necesidades espirituales de los fieles para generar dependencia, imponer normas y ejercer un control psicológico y social, a menudo justificándolo como voluntad de Dios.
Una investigación pionera y la reacción de los obispos
A finales de septiembre de 2026, la Universidad de Münster presentó una investigación dirigida por la teóloga Judith Könemann y el historiador Thomas Frings que analizó este fenómeno por primera vez de manera sistemática en dos grupos católicos de las diócesis de Münster y Osnabrück, en el noroeste de Alemania. El estudio, titulado Poder a través del carisma. Abuso espiritual en comunidades espirituales (Macht durch Charisma. Geistlicher Missbrauch in Geistlichen Gemeinschaften), se basó en testimonios y documentos de la comunidad Totus Tuus Neuevangelisierung —disuelta en 2021 tras una investigación— y de la Christusgemeinschaft, que nunca fue reconocida oficialmente, aunque fue tolerada durante años. En ambos casos se documentaron prácticas de presión, humillación, aislamiento, retirada de afecto y control total sobre la vida de los miembros.
El 5 de octubre, los obispos de esas diócesis y representantes de la Conferencia Episcopal Alemana reaccionaron al informe. Anunciaron que impulsarán la tipificación del abuso espiritual como delito en el derecho canónico, reforzarán la prevención, ampliarán la ayuda a las víctimas y aumentarán el control sobre estas comunidades. Según informó el portal católico alemán katholisch.de —el principal medio de información religiosa de la Iglesia en Alemania—, se crearán grupos de trabajo y se revisarán los protocolos existentes.
“Hay que mirar más allá de la fachada”
En una entrevista publicada el 8 de octubre de 2026 en el medio mencionado, Judith Könemann valoró positivamente estos pasos, pero insistió en que no bastan. “Las comunidades espirituales deben ser acompañadas de forma estrecha, también con visitas regulares”, explicó. Subrayó la necesidad de mantener archivos actualizados —en un caso detectaron un vacío de más de diez años— y de ejercer un control previo a cualquier reconocimiento oficial por parte de la Iglesia. “Hay que mirar más allá de la fachada. La fachada suele ser impresionante y está diseñada para agradar a los obispos. La realidad que hay detrás se oculta y no se deja salir a la luz”, advirtió.
Könemann rechazó el prejuicio de que solo las personas psicológicamente vulnerables caen en estas dinámicas. Según el estudio, muchos se acercan por motivos racionales y comprensibles: la búsqueda de sentido, de comunidad o un momento de crisis personal. Técnicas como el love bombing —demostraciones exageradas de afecto para generar vínculo— o el control exhaustivo del tiempo y de las relaciones funcionan con rapidez y resultan difíciles de abandonar.
El carisma de los líderes no es en sí negativo, aclaró la investigadora, pero se convierte en abuso cuando se transforma en instrumento de dominio y de seducción del poder. Señaló que los momentos de malestar o de irritación de los miembros constituyen señales de alerta importantes. Para las propias comunidades, recomendó una profunda autorreflexión: los miembros deben preguntarse si siguen perteneciendo por decisión libre y si pueden abandonar el grupo sin temor a sanciones o amenazas. Los conceptos de prevención son necesarios, pero no suficientes por sí solos.
Más implicación real de la jerarquía
A la jerarquía eclesiástica le pidió una implicación más real: no limitarse a visitas protocolarias, sino convivir y observar la vida cotidiana de los grupos. Criticó también la tendencia a “cuantificar” la fe, convirtiéndola en una carrera de perfeccionamiento personal en la que siempre se puede —y se debe— ser más profundo o mejor. “La fe no es un mérito, sino un don”, recordó.
El abuso espiritual tiene un carácter especialmente peligroso, según Könemann, porque se reviste de un lenguaje religioso y sistémico que dificulta detectarlo y combatirlo. Todas las comunidades humanas son potencialmente vulnerables a las dinámicas de poder, pero en el ámbito religioso esa vulnerabilidad se intensifica por la carga espiritual.
La Iglesia católica alemana, tras el estallido de los escándalos de abusos sexuales a partir de 2010, ha impulsado investigaciones independientes y medidas de prevención. Ahora intenta extender esa sensibilidad a formas de abuso menos visibles, pero igualmente dañinas, que afectan a adultos que buscan una vida de fe más intensa en grupos de nueva evangelización o movimientos carismáticos.