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Los crucificados de la tierra hoy: de Gaza a las minas de coltán, pasando por las cárceles de Bukele o los rohinyá

"Todos estos crucificados comparten algo: no son “casos”, sino vidas concretas aplastadas por estructuras de guerra, economía, política o indiferencia. Mirarlos y contar sus historias es, al menos, el primer gesto para que su cruz no quede enterrada en el olvido"

bajar a los crucificados

Hoy, como siempre a lo largo de los tiempos, los “crucificados de la tierra” tienen nombre, rostro e historia. Son las vidas rotas que sostienen el confort del mundo rico. Vidas que cargan con el peso de guerras ilegítimas, fronteras erizadas de muros y concertinas y sistemas que deciden quién merece vivir con dignidad y quién no. Este reportaje recorre algunas de esas biografías concretas, estaciones de un vía crucis que atraviesa la geografía del planeta, sembrando llanto, dolor y muerte.

Crucificados

Gaza: Ahmad y los 103 ausentes

Ahmad al‑Ghuferi estaba hablando por teléfono con su esposa cuando escuchó una potente explosión. Él se encontraba en Jericó, a unos 80 kilómetros, mientras su mujer Shireen y sus hijas estaban refugiadas en la casa de un familiar en la ciudad de Gaza. Al otro lado del teléfono, ella sabía que podía ser el final. Le pidió perdón y le dio un adiós entrecortado que Ahmad aún escucha por las noches.

El misil impactó en la vivienda de su tío y mató a más de cien personas de la familia, entre ellas sus tres hijas, su madre y varios hermanos, en una de esas explosiones que convierten una genealogía entera en polvo y lágrimas. El miembro más mayor tenía 98 años; el más pequeño, apenas nueve días de vida.

Ahmad no pudo asistir a los entierros apresurados ni despedirse de las niñas que para él “eran como pajaritos”, y que ya solo existen en fotos pixeladas en su móvil, en los recuerdos que lleva en su corazón y en esos cumpleaños que ya no se celebran.

Tumbas para las víctimas de un ataque aéreo de Israel y Estados Unidos contra una escuela de niñas en la ciudad de Minab, Irán

Irán: Dorsa y las 168 niñas asesinadas en su escuela

En la pequeña escuela Shajare Tayebé, en Minab, al sur de Irán, la historia de Dorsa, una niña de ocho años, resume  el horror de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.

Dorsa llegaba diariamente a la escuela primaria femenina de la mano de su madre, Shahab, una mujer de voz suave que se ganaba la vida en trabajos esporádicos, porque el marido había muerto años atrás en un accidente de trabajo. Las maestras la describían como una niña tímida, de ojos grandes y risa fácil, que se preocupaba por repasar las lecciones y ayudaba a sus compañeras con los cuadernos.

En esa mañana del 28 de febrero, Dorsa entró en el aula de tercero con su mochila rosa, se sentó en su pupitre habitual. A las 10.45, la ciudad estaba tranquila; las calles olían a pan casero y limón del jazmín en flor. Pero a pocos metros, una base de la Guardia Revolucionaria guardaba hangares y equipos militares sensibles. Los datos de inteligencia que llegaron a las consolas de combate en Estados Unidos, sin embargo, no estaban actualizados.

En unas coordenadas erróneas cayó el misil: un proyectil que, según los análisis de CNN, Los Angeles Times y otras fuentes, muy probablemente era un Tomahawk estadounidense dirigido a la base militar, pero que acabó impactando no solo en los hangares, sino también en la escuela y sus inmediaciones.

En cuestión de segundos, el edificio se partió en el aire, los cristales volaron en mil pedazos, los pupitres se abrieron como cajas de cartón y las niñas, agarradas aún a sus cuadernos, desaparecieron entre el humo y el polvo.

Dorsa fue una de las 168 niñas y 14 maestras que murieron en el acto, según el último recuento de las autoridades iraníes.En el centro de identificación temporal instalado en el patio de la Media Luna Roja, Shahab buscó durante horas entre los cuerpos y los escombros. Al final, encontró a su hija. La reconoció por una zapatilla rosa, el pelo sujeto aún con una goma azul y la pulsera de la escuela en la muñeca.

Niños del coltán

Congo: Nshokano, niño del coltán

En el este de la República Democrática del Congo, la cruz baja a la mina. Nshokano, un adolescente, se levanta cada día para cargar sacos de coltán en Rubaya, una de las zonas que abastecen buena parte del coltan del planeta, imprescindible para móviles, ordenadores y coches eléctricos. Gana apenas unos pocos miles de francos congoleños al día, menos de lo que antes traía a casa su padre, minero ya fallecido.

Con el sueldo del padre, la familia todavía podía comer con cierta regularidad y los niños iban a la escuela; con lo que gana Nshokano, apenas se sobrevive. “Lo poco que consigo se lo doy a mi madre -cuenta-. Ella se las apaña para que podamos seguir viviendo”. Ha cambiado el pupitre por los túneles inseguros, la mochila por un saco de mineral, la infancia por una adultez forzada que se paga con pulmones, huesos y trabajo a destajo.

Delhi: Anwar y la infancia entre residuos

En los barrios de la periferia de Delhi, Anwar empieza el día antes de que el sol asome sobre Mayur Vihar, en el este de Delhi. A las ocho de la mañana ya está metido en faena: recoge bolsas de residuos, entra en fosos de hormigón, aparta maderas, plásticos, jabones gastados y latas arrugadas, buscando cualquier cosa que se pueda vender por unas pocas rupias al comerciante de reciclaje.

El trabajo le deja las manos llenas de heridas, las piernas magulladas y la ropa siempre impregnada de un olor a podrido que se le pega al cuerpo incluso después de la ducha. “Mi cuerpo está lleno de blísteres. Me lavaré con jabón Dettol, quizás así se curen”, dice en una entrevista que lo retrata andando entre las bolsas, sin haber puesto jamás un pie en una escuela.

Anwar pertenece a una familia de recicladores de residuos, una de las miles que sostienen el sistema de gestión de basuras de la ciudad sin casi ningún reconocimiento ni protección. En Delhi, el trabajo informal de la recuperación de residuos absorbe a gran parte de la población pobre; los niños entran en este circuito desde edades muy tempranas, porque el salario del padre apenas alcanza para la comida del día siguiente.

Organizaciones de la ciudad se esfuerzan por sacar a estos niños del vertedero, abrir centros de aprendizaje y facilitar su inserción en la escuela, pero el sistema económico y social empuja una y otra vez a las familias a volver a la misma cadena de pobreza y explotación de los pequeños esclavos que limpian en silencio los residuos de la opulencia.

Patera

Senegal: Baakir y el camino a España en patera

El sueño europeo está lleno de cruces. Miles de migrantes africanos atraviesan el Sahel y el Sahara a pie o en camiones sobrecargados, jugándose la vida antes incluso de ver el mar. Baakir, un joven senegalés de 23 años, encarna hoy el vía crucis del migrante africano que atravesó el Sahel, el mar y la burocracia hasta llegar a España, con la piel marcada por el miedo y el cuerpo agotado por días sin agua ni comida.

Baakir creció en un pueblo de Senegal donde la tierra seca y la falta de empleo hacían que el único horizonte fuera marcharse, como ya lo habían hecho otros primos que se habían ido a Marruecos o a Europa. Empezó trabajando en trabajos esporádicos, pero nunca le alcanzaba para ayudar a su madre y a sus hermanos pequeños. Cuando le llegó la noticia de que un grupo de migrantes iba a organizar una ruta hacia las islas Canarias, aceptó correr el riesgo.

Hizo el camino de Senegal a la costa de Mauritania o de Senegal Occidental, pasando por ciudades de tránsito donde los migrantes se hacinan en casas clandestinas, con el cuerpo sucio, hambre y el miedo constante a que les roben el dinero o los denuncien. Allí se encontró con hombres de Mali, Guinea, Camerún y otros países, todos unidos por la misma pregunta: ¿merece la pena arriesgar la vida por alcanzar el ‘sueño europeo’?

En la costa, un intermediario le pidió 1.500 dólares, una suma que su familia reunió a base de vender reses y deudas con vecinos. Luego lo subieron a una embarcación de madera, una patera alargada y sobrecargada, con más de cuarenta personas apiñadas en un espacio pensado quizá para la mitad. Baakir asegura que, en algún momento del trayecto, el mar se volvió negro, el viento comenzó a golpear los rostros y la gente se aferró a lo poco que podía: la borda, un bote de plástico o la rodilla del vecino.

Cinco, luego seis, hasta siete días de mar, con el sol en la cabeza, el agua escasa y la comida agotada en las primeras horas. En una de las noches, varios empezaron a hablar de beber agua del mar, desesperados; Baakir recuerda que rezó en voz baja y pensó en los suyos. Cuando por fin divisaron tierra, nadie creía que fuera real; algunos gritaron, otros lloraron sin fuerzas, y los más débiles apenas pudieron moverse.

Desembarcar en Arguineguín fue un alivio y un miedo nuevo: Se habían librado del mar, pero seguían presos de la incertidumbre. Baakir, con la piel quemada, los pies en carne viva y el cuerpo deshidratado, fue trasladado a un hospital, donde pasó dos días en observación. Los médicos le dijeron que tenía suerte: muchos de los que salían de esas pateras en realidad no llegaban a la playa, o llegaban sin pulso, con el cuerpo hinchado por el frío y la sal.

Emigrantes

Tras salir del hospital, vivió casi un mes en un centro de acogida de la isla, donde comparte dormitorio con otros migrantes, come a horas fijas y recibe una paga mínima mensual, que envía a su familia en Senegal porque ha prometido sostenerla desde el sueño cumplido. Luego lo trasladaron a Madrid, donde se alojó algunos días en un albergue de la Cruz Roja y contactó con ACCEM, una ONG que ayuda a personas en situación de vulnerabilidad, y que fue quién recogió su historia para que el mundo supiera que no todos los que cruzan el mar son números, sino personas con recuerdos, sueños y aspiraciones.

Jaén: La familia rota por un suicidio adolescente

El suicidio de una adolescente desmorona una familia desde dentro, como si el cuchillo que se clavó en su propia vida siguiera cortando, año tras año, las fotos de la infancia, los mensajes de la madre y las expectativas de un futuro que ya no llegará. En Jaén, la historia de dos chicas de 15 y 16 años, Sharit y Rosmed, que se quitaron la vida en el parque de la Concordia, encarna ese desgarro profundo que deja el suicidio juvenil en España.

Era viernes de noviembre y el aire de Jaén olía a otoño húmedo. Las dos adolescentes, que cursaban un módulo de Formación Profesional de peluquería en el IES San Juan Bosco, habían salido a la calle sin que nadie pensara que no volverían. Habían sido compañeras durante años, casi hermanas, y se decía que alguna de ellas había sufrido acoso escolar en institutos anteriores; de hecho, en el centro educativo en el que estudió una de ellas estaba activo un protocolo de autolesiones.

Cuando las familias vieron que llevaban horas sin noticias, empezaron a buscar. Lo hicieron a pie, por WhatsApp, llamando a amigos, hasta que el sábado, en pleno parque, los padres de una de las chicas encontraron los cuerpos de ambas, aún colgando, rodeadas de una nota de despedida dirigida a sus padres, a sus hermanos, a la gente que las quería. La Policía Nacional abrió el caso bajo secreto de sumario y se inclina por el suicidio como hipótesis principal, aunque una de las familias lo niega y exige que se investigue si hubo terceras personas implicadas.

La madre de Rosmed, que cree que su hija no sufría bullying en el instituto actual, dio largas entrevistas, pero cada frase sonaba a reproche contra sí misma: por qué no se dio cuenta antes, por qué no vio los cortes en los brazos, por qué no insistió más cuando la niña hablaba de que “no quería seguir”.

Sharit

En el hogar se quedaron los cuadernos, la foto de la graduación de la ESO, la ropa que aún conservaba el olor de la adolescencia y el vacío que nadie supo llenar: ni el minuto de silencio oficial del Ayuntamiento de Jaén, ni las flores que los compañeros dejaron en el parque, ni el director de la escuela que prometió más controles psicológicos.

Su padre, Alexander, habló en televisión pidiendo que se esclareciera “hasta la última verdad”, porque no podía entender cómo una niña tan risueña, que en casa se sentaba a ayudar con la cocina, se había convertido de pronto en un cuerpo que había que reconocer en el depósito del juzgado.

La familia de la otra joven, Sharit, se refugió en el silencio, rodeada de preguntas que no tienen respuesta: ¿qué la empujó a subirse con su amiga a aquellos árboles del parque? ¿Se trataba de un pacto de amor, de miedo, de rabia o de un profundo cansancio de verse sola en el mundo?

El caso de Jaén no es un hecho aislado. El suicidio adolescente en España alcanza cifras que no se veían desde hace décadas y es ya una de las principales causas de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años, ligado a factores como el acoso, la salud mental y la presión de las redes sociales.

El Salvador: Javier, en las cárceles de Bukele

En las cárceles de El Salvador bajo el régimen de Nayib Bukele, la vida de muchos presos se ha convertido en un calvario de días sin luz, golpes y silencio. Una de esas historias, reconstruida por organismos de derechos humanos y periodistas, es la de un hombre de mediana edad al que llamaremos Javier, cuyo caso ilustra el horror de las prisiones de Bukele.

Javier vivía en una colonia de San Salvador, trabajaba como ebanista y repartía su tiempo entre el taller y la vida de barrio: partidos de fútbol, rifas para la iglesia, reuniones de vecinos para quejarse de las malas condiciones en las que vivían. El 5 de abril de 2023, veía desde la ventana cómo la Policía Nacional Civil rodeaba la colonia y las fuerzas de seguridad detenían a todo el que tenía “pinta de pandillero”, sin orden judicial.

Javier, de 48 años, salió a la calle para hablar con los agentes y defender la inocencia de su hijo de 27, que trabajaba como mototaxista. En vez de respuestas, se topó con golpes, manazas de chaleco antibalas en la cara, y al final fue arrastrado junto a su hijo y subido a un patrullero. Al llegar a la comisaría, nadie les leyó sus derechos; se limitaron a decirles que estaban detenidos por “hechos graves relacionados con pandillas”.

Cárceles de Bukele

Los trasladaron a una de las prisiones de régimen de excepción, donde el hacinamiento rebasa el 300% de la capacidad. Javier compartió un espacio pensado para unas pocas decenas de personas con casi 300 hombres, todos encerrados 24 horas, sin aire, sin ventilación, con un solo orificio de agua para todos.

La ola de 37 °C que se filtraba por el hormigón hacía que respirar fuera un esfuerzo constante. El olor mezclaba sudor, orina y excrementos, porque el agua no llegaba a las letrinas y el personal de salud casi no entraba.

Javier y su hijo fueron, finalmente, declarados inocentes tras varios meses, pero salieron de la cárcel con el cuerpo roto y la mirada vacía. Su caso no es excepcional: organizaciones como Amnistía Internacional y Cristosal hablan de cientos de muertes bajo custodia, de un patrón de tortura sistémica y de un sistema penitenciario convertido en un “infierno” sanitario y psicológico.

Estados Unidos: Liam Conejo Ramos y el trauma de un abrazo roto

Uno de los casos más emblemáticos de la crueldad de la política migratoria estadounidense es el de Liam Conejo Ramos, un niño ecuatoriano de cinco años que fue separado de su padre por el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) y recluido en un centro de detención familiar en Texas. Su historia, narrada por escuelas, medios y congresistas, resume la angustia de un menor convertido en peón de la burocracia migratoria, arrancado de su hogar y de su rutina de preescolar por un operativo de la policía migratoria.

Era un miércoles de enero en Columbia Heights, una pequeña localidad de Minnesota, y Liam acababa de volver del preescolar con su padre, Adrián Alexander Conejo Arias, de origen ecuatoriano. Iban juntos hacia la casa cuando, en la entrada de la vivienda, varios agentes de ICE rodearon a la familia; uno de ellos sujetó al niño por la manija de la bolsa y lo llevó hasta una furgoneta cerrada, mientras el padre era esposado y subido a otro vehículo.

La imagen de un niño de cinco años con chaleco antibalas en la entrada de su casa, con móviles grabando tras una verja de nieve, se volvió viral y provocó una ola de indignación en redes sociales y medios.

Liam

Liam y su padre fueron trasladados en avión hasta el centro de detención de Dilley, en el sur de Texas, un enorme complejo para familias donde el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y el ICE recluyen a miles de migrantes mientras se tramitan sus papeles de asilo o deportación. Allí, el niño compartió celda con un adulto, en un espacio rodeado de alambres, barrotes y cámaras, muy lejos de su escuela, de sus juguetes, de la gorra de gorila que le habían dado los compañeros y de la rutina de la vida cotidiana.

El caso de Liam conmovió a la opinión pública y desató campañas de concienciación en la comunidad de Columbia Heights, que lo consideraba uno de sus vecinos más jóvenes. Congresistas, como el demócrata Joaquín Castro, visitaron Dilley, se reunieron con el padre y criticaron públicamente el uso de un niño como “anzuelo” en un operativo de inmigración. Finalmente, un juez federal ordenó la liberación de Liam y de su padre, y el DHS tuvo que detener la posible deportación de la familia, al menos de forma cautelar.

Samuel: el preso político nicaragüense

Samuel, un joven de 34 años de Managua, no era un militante político ni un líder de partido, sino un docente universitario que se limitaba a hablar de libertad en el aula y a participar en protestas pacíficas contra el gobierno de Daniel Ortega. En noviembre de 2018, tras las grandes manifestaciones que sacudieron a Nicaragua, empezó a verse perseguido: algunos de sus compañeros desaparecieron, otros fueron procesados por “terrorismo”, y él comprendió que su nombre estaba en una lista.

En 2021, unos días antes de la elección presidencial que se presentaba como un “referendo” a la continuidad de Ortega, un grupo de la Policía Nacional rodeó su casa al amanecer. No había una orden judicial clara, solo una acusación vaga de “ataques contra la seguridad del Estado”. Lo esposaron delante de sus padres, revisaron a la fuerza el cuaderno de clases que tenía sobre la mesa y se lo llevaron en una camioneta sin placas. A partir de entonces, Samuel pasó a ser uno de los llamados presos políticos nicaragüenses, recluidos en cárceles de máxima seguridad como La Modelo, La Preciosa o El Chipote.

El Chipote

En prisión, la vida de Samuel se volvió una rutina de torturas silenciosas: días sin comunicación con su familia, visitas de abogados restringidas, inspecciones de ropa interior, humillaciones constantes, golpes que no dejaban marcas visibles, cámaras que vigilaban cada respiración.

Aunque organizaciones como Amnistía Internacional y el Alto Comisionado de la ONU han denunciado la detención arbitraria de cientos de personas en Nicaragua, el gobierno niega la existencia de presos de conciencia y se aferra a la narrativa de que todos son “criminales” y “terroristas”. Samuel, que en su vida ordinaria estaba más cerca de la poesía de Rubén Darío que de la violencia, descubrió que en el sistema de justicia nicaragüense, pensar en libertad puede ser un delito. Hoy, tras años de encierro, permanece en la cárcel, con el cuerpo debilitado pero la mirada fija en la esperanza de una amnistía, aunque cada mañana se levante preguntándose si el sistema de Ortega permitirá que vea otra vez la luz de la calle.

Amina: la rohinyá de Cox’s Bazar

Amina, de 19 años, nació en la aldea de Roshidpur, en el norte de Rakhine (Birmania), en una familia de granjeros modestos. Su infancia transcurrió entre cosechas de arroz, canciones de la madre y el olor de la tierra mojada; la adolescencia, entre la escuela de la aldea y los sueños de convertirse en maestra, como el único medio de sacar a su familia del pozo de la pobreza.

Pero el odio contra la minoría rohinyá, mantenida durante décadas en condiciones de paria por el Estado birmano, empezó a cobrar vida propia en 2017, cuando el ejército lanzó una “limpieza étnica” masiva.

Rohinyas

Fue en agosto de aquel año cuando todo se vino abajo. Amina estaba lavando la ropa en el patio cuando vio que el horizonte ardía: hogueras, disparos, gritos de terror. Los hombres de la aldea huyeron a las colinas, las mujeres se escondieron en casas de adobe; pero el avance de la milicia fue implacable. Amina, su padre y sus dos hermanos varones intentaron buscar refugio en la parte de atrás del pueblo, pero fueron interceptados por militares que abrieron fuego sin previo aviso.

Amina todavía recuerda cómo su padre le ordenó correr, cómo sintió un impacto en la espalda que le quemó el hombro, cómo luego se dio cuenta de que el cuerpo de su padre estaba inmóvil y el de sus hermanos, irreconocibles.

Llevando a la espalda la herida y el peso de la culpa por haberse quedado viva, Amina cruzó a pie la frontera hacia Bangladés, sorteando minas, patrullas y la mirada hostil de los lugareños, hasta que llegó al campo de refugiados de Cox’s Bazar. Allí, en una tienda de plástico gris erigida sobre un terraplén de barro, se reencontró con su madre, que había logrado escapar de otra parte de la aldea, y con su hermana menor, de 12 años.

Amina, que en Birmania jamás había vivido en un lugar así, se ha convertido en una de las miles de rohinyas que conviven en la mayor favela de refugiados del mundo, con más de un millón de personas apiñadas en pendientes que amenazan con deslizarse con la lluvia.

Su caso no es excepcional: denuncias de la ONU, Amnistía Internacional y Human Rights Watch describen a los rohinyá como un pueblo encerrado entre la ausencia de patria, el miedo a morir en el mar y la incertidumbre de un país de acogida que apenas los reconoce. Amina, que hoy dirige una pequeña escuela de alfabetización para niñas en el campo, vive con la certeza de que su cruz será larga, pero también con la esperanza de que, algún día, la luz de la justicia alcanzará la oscuridad de su historia y la de su pueblo.

Todos estos crucificados comparten algo: no son “casos”, sino vidas concretas aplastadas por estructuras de guerra, economía, política o indiferencia. Mirarlos y contar sus historias es, al menos, el primer gesto para que su cruz no quede enterrada en el olvido.

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