"En Milán ha estallado una rabia reprimida, alimentada por la fragilidad social"
Claudio Burgio, capellán de la cárcel de menores
Para don Burgio las últimas violencias ocurridas en la capital lombarda no deben confundirse con las manifestaciones estudiantiles. En la base del fenómeno está el malestar social, la pobreza, la fragilidad emocional y la desconfianza
(Gianmarco Murroni/Vatican News).- Las violencias que estallaron en el centro deMilán durante los días 17 y 18 de octubre han vuelto a centrar la atención en el malestar juvenil y en las formas de protesta que atraviesan las ciudades. Una movilización inicialmente vinculada al coste de la vida y a las dificultades sociales estuvo marcada por enfrentamientos con las fuerzas del orden, escaparates rotos, saqueos y daños, sobre todo en la zona de la plaza del Duomo. Se vieron involucrados numerosos jóvenes de muy corta edad, muchos de ellos menores de edad.
«Es importante no asociar estas violencias de tipo depredador con las manifestaciones estudiantiles, que tienen otra matriz, otros razonamientos y otras lógicas»: don Claudio Burgio, capellán de la cárcel de menores Beccaria de Milán, invita a distinguir los fenómenos para comprender lo que está sucediendo en la capital lombarda. Detrás de estos comportamientos, explica, «hay una rabia que lleva mucho tiempo incubándose y que estalla en un contexto marcado por la soledad, la pobreza educativa y la pérdida de confianza en los adultos y en las instituciones».
Pobreza y fragilidad
Una violencia que, según el sacerdote, no surge de repente: «Son chicos muy jóvenes, no necesariamente solo de segunda generación; también hay muchos italianos. Es una situación en la que se extienden el sentimiento de impunidad y la falta de sentido cívico».
Don Burgio habla de una rabia reprimida y explosiva, alimentada por condiciones de fragilidad que desde hace tiempo atraviesan las periferias y las ciudades. También pueden contribuir a favorecer estos comportamientos la imitación de lo que sucede en otros países, como Francia, y la circulación de modelos violentos a través de las redes sociales.
El sacerdote no excluye que pueda haber formas de organización, pero subraya, sobre todo, la necesidad de preguntarse por las condiciones en las que crecen estos chicos: «Son hijos de familias pobres, tanto desde el punto de vista económico como educativo, chicos que han sido verdaderamente dejados solos».
También preocupa el abandono escolar, que afecta a jóvenes que todavía se encuentran en edad de escolarización obligatoria y representa, según su interpretación, una señal de profundo malestar.
El problema de la ciudadanía
En la raíz de esta rabia también se encuentra la dificultad que tienen algunos jóvenes para encontrar su lugar en la sociedad. Una cuestión que afecta especialmente a las segundas generaciones, para las cuales don Burgio plantea el tema de la ciudadanía: «Estos chicos no pertenecen a sus países de origen, pero tampoco pertenecen al Estado en el que han nacido y crecido».
De ahí, según el sacerdote, nace «un desarraigo identitario que puede alimentar sentimientos de exclusión y manifestaciones de odio y violencia. Por eso es necesaria una reflexión seria, libre de enfrentamientos ideológicos y partidistas: el problema de la ciudadanía no es una cuestión ideológica, política ni partidista; es un derecho que debe concederse absolutamente».
Junto a este aspecto, además, está la fragilidad emocional: «Muchos jóvenes viven en la impulsividad y no han aprendido a reconocer y reelaborar sus propias emociones. Cuando falta la posibilidad de ponerle nombre a la rabia y de encontrar a alguien dispuesto a escucharla, la reacción puede volverse incontrolada. En una situación de pobreza y fragilidad, estos chicos reaccionan haciendo una justicia que no tiene nada de justa».
Responsabilidades personales y papel del grupo
Al evaluar la implicación de cada individuo, don Burgio invita a no confundir la presencia en una multitud con la responsabilidad directa en los episodios de violencia. Algunos chicos, explica, podrían haber estado presentes sin haber desempeñado un papel activo; en cambio, en otros, los comportamientos resultan difíciles de comprender de inmediato.
Esto no significa, sin embargo, eximir a nadie de sus propias responsabilidades: «Debe comenzar el tiempo de las responsabilidades personales para estos chicos. El grupo a menudo puede ocultar o atenuar, a los ojos de quienes participan en él, la percepción de la propia responsabilidad. La toma de conciencia requerirá tiempo».
La reflexión del sacerdote se amplía, finalmente, al mundo de los adultos, llamados a interrogarse sobre su propio papel educativo, tanto en las familias como en las instituciones.
«Muchos chicos a menudo me dicen que el adulto no es creíble, no es coherente y, sobre todo, me dicen que no está presente. Esta es una de las protestas más recurrentes: la presencia de los adultos se percibe como control, tanto en la educación familiar como en la relación con las instituciones y las fuerzas del orden».
El desafío, por tanto, no consiste solamente en detener la violencia y esclarecer las responsabilidades, sino en «reconstruir relaciones educativas capaces de acompañar a los chicos, ayudarlos a reconocer sus propias emociones y devolverles la confianza».