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Fernando García Cadiñanos: el valor de un buen pastor y el reto de renovar la elección episcopal.

Entre el secretismo vaticano y la escasa participación de los laicos, los obispos siguen siendo elegidos sin contar verdaderamente con el pueblo de Dios. Ni la valía pastoral de Fernando García Cadiñanos debe ocultar una cuestión de fondo: en la Iglesia, los fieles continúan siendo meros espectadores de una decisión que afecta directamente a sus comunidades.

Fernado García Cadiñanos.
Fernado García Cadiñanos.

Podemos tener buenos obispos y, sin embargo, necesitar otra manera de elegirlos. Esta es la reflexión que suscita la posibilidad de que Fernando García Cadiñanos, actual obispo de Mondoñedo-Ferrol, sea destinado a la diócesis de Cádiz y Ceuta. Él mismo ha sido rotundo: «No hay nada». Se encuentra contento en su diócesis y, como es natural, manifiesta su disponibilidad ante el papa. No hay motivo para alimentar rumores, pero sí para aprovechar la ocasión y plantear una cuestión de fondo: ¿quién debe intervenir en la elección de los pastores de nuestras comunidades cristianas?

La trayectoria de García Cadiñanos merece reconocimiento. Desde 2021, al frente de Mondoñedo-Ferrol, y desde 2024, como responsable de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y la Movilidad Humana, ha mostrado una especial sensibilidad hacia las personas migrantes. Su implicación en los corredores de hospitalidad y en iniciativas de acogida e integración de jóvenes africanos refleja una Iglesia que trata de convertir la fe en compromiso concreto. Cuando una persona vulnerable encuentra una casa, acompañamiento y posibilidades de construir su futuro, el Evangelio deja de ser una declaración para convertirse en vida.

Fernando García Cadiñanos
Fernando García Cadiñanos
Podemos tener buenos obispos y, sin embargo, necesitar otra manera de elegirlos. Esta es la reflexión que suscita la posibilidad de que Fernando García Cadiñanos, actual obispo de Mondoñedo-Ferrol, sea destinado a la diócesis de Cádiz y Ceuta.

«Fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35), dice Jesús. No es una frase ornamental, sino una exigencia dirigida a toda la comunidad cristiana. En una sociedad donde la inmigración se convierte tantas veces en motivo de confrontación, la labor pastoral de García Cadiñanos merece ser valorada. Ojalá esta sensibilidad hacia los últimos siga ocupando un lugar central en la Iglesia, cualquiera que sea el destino de sus responsables.

Pero reconocer la valía de un obispo no significa renunciar a preguntar cómo se llega a serlo. Cada vacante episcopal provoca quinielas, nombres, rumores y especulaciones. El procedimiento se desarrolla entre consultas reservadas, propuestas del nuncio apostólico y decisiones de la Santa Sede. Mientras tanto, los cristianos de la diócesis, que tendrán que convivir con el nuevo pastor y participar en su proyecto pastoral, carecen de una capacidad decisiva para elegirlo.

Y, sin embargo, la historia de la Iglesia ofrece antecedentes que merecen recuperarse. En el siglo III, san Cipriano de Cartago defendía que el obispo fuera elegido en presencia del pueblo, cuya experiencia permitía conocer la vida y las cualidades del candidato. En su Carta 67, al abordar la situación de las comunidades cristianas de Hispania, escribió que la elección debía hacerse públicamente, para que el candidato pudiera ser reconocido como digno por el testimonio de la comunidad. No existió un único procedimiento durante toda la Antigüedad cristiana, pero aquel testimonio demuestra que la participación de los fieles en la elección de sus pastores tiene raíces profundas en la tradición eclesial.

S. Cipriano de Cartago
S. Cipriano de Cartago
En el siglo III, san Cipriano de Cartago defendía que el obispo fuera elegido en presencia del pueblo, cuya experiencia permitía conocer la vida y las cualidades del candidato.

También el Concilio Vaticano II merece una lectura atenta. Su decreto Christus Dominus (1965), en el número 20, afirmó que el nombramiento de los obispos corresponde a la autoridad eclesiástica competente, defendiendo la libertad de la Iglesia frente a las injerencias de los poderes civiles. El Código de Derecho Canónico, en el canon 377, establece que el papa nombra libremente a los obispos o confirma a quienes hayan sido legítimamente elegidos, y regula las consultas para proponer candidatos. Es importante reconocer lo que dicen estos textos: no establecen un derecho general de elección directa por parte de los fieles. Pero tampoco convierten el procedimiento actual en una fórmula histórica inmutable.

La cuestión no consiste en negar la autoridad del papa, sino en preguntarnos si esa autoridad puede ejercerse escuchando mucho más a las comunidades. Más que convocar elecciones políticas o caer en asambleísmos, la clave está en articular un verdadero discernimiento sinodal donde la fe, el sentido común y la experiencia de las comunidades adultas sean escuchados antes de decidir. ¿Por qué no avanzar hacia procedimientos transparentes en los que laicos, religiosos y presbíteros participen de manera efectiva en la presentación y valoración de candidatos? ¿Por qué no reconocer que quienes conocen la realidad de una diócesis tienen algo importante que aportar al discernimiento de su futuro pastor?

Ningún obispo impuesto. González Faus
Ningún obispo impuesto. González Faus
No basta con esperar que nos nombren buenos obispos. Necesitamos una Iglesia en la que el pueblo de Dios pueda participar de verdad en la elección de sus pastores.

Jesús dejó un criterio que no admite demasiadas interpretaciones: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mc 10,43). Y añadió: «No ha de ser así entre vosotros» (Mc 10,43). El ministerio episcopal es un servicio, no una condición de superioridad personal. Por eso también cabe reflexionar sobre la duración de las responsabilidades, la rendición de cuentas y la posibilidad de concluir un ministerio sin convertirlo en un fracaso. El episcopado no debería entenderse como un privilegio permanente, sino como una responsabilidad al servicio del pueblo de Dios.

No se trata de idealizar las primeras comunidades ni de trasladar mecánicamente sus prácticas a nuestro tiempo. Se trata de reconocer que la Iglesia ha cambiado a lo largo de su historia y puede seguir haciéndolo en fidelidad al Evangelio. La comunión no exige que los fieles permanezcan callados mientras otros deciden; exige escucha, corresponsabilidad y discernimiento compartido.

Fernando García Cadiñanos merece nuestro reconocimiento por su compromiso con los migrantes y por su esfuerzo pastoral. Sea que permanezca en Mondoñedo-Ferrol o que algún día sea destinado a Cádiz y Ceuta, su posible traslado nos invita a mirar más allá de los nombres.

No basta con esperar que nos nombren buenos obispos. Necesitamos una Iglesia en la que el pueblo de Dios pueda participar de verdad en la elección de sus pastores. Porque la reforma de la Iglesia no comienza desacreditando a quienes la sirven, sino recuperando el Evangelio que todos, también quienes ejercen la autoridad, estamos llamados a vivir.

Iglesia piramidal
Iglesia piramidal

 

 

 

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