Movimientos populares, en el aniversario de la muerte de Francisco: "Frente a un mundo que arde, seguimos creyendo y organizando la esperanza"
Al cumplirse un año del fallecimiento del papa Francisco, los movimientos populares hacemos memoria agradecida de su vida y de su compromiso. Y renovamos el nuestro compromiso con el camino que hoy seguimos junto al papa León XIV
(Encuentro Mundial de Movimientos Pupulares).- Al cumplirse un año del fallecimiento del papa Francisco, los movimientos populares hacemos memoria agradecida de su vida y de su compromiso, y reafirmamos el camino que, junto a él, iniciamos y que hoy continúa en un tiempo especialmente decisivo para la humanidad.
Francisco no solo nos acompañó: abrió un proceso histórico. Supo reconocer en quienes viven en las periferias una fuerza transformadora capaz de “organizar la esperanza” y de construir fraternidad desde abajo. Nos enseñó que la dignidad no se negocia y que la lucha por la tierra, el techo y el trabajo es una exigencia de justicia y de fe. Su legado no pertenece al pasado: permanece vivo en las comunidades, en las luchas cotidianas y en la convicción de que nadie puede quedar descartado.
Este camino no se ha detenido. En el V Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, celebrado en Spin Time, Roma, hemos constatado que “estamos viviendo en un mundo fracturado, herido por la violencia, la injusticia y el desprecio a la dignidad humana”. Las guerras se multiplican, las desigualdades se agravan, la precariedad laboral se extiende y millones de personas siguen siendo expulsadas de sus derechos más básicos. En este contexto, reafirmamos que la tierra, el techo y el trabajo son la base irrenunciable de la justicia social y de la paz.
El papa León XIV ha confirmado y renovado este proceso. En su primer encuentro con los movimientos populares, nos recordó que es necesario “ver las ‘cosas nuevas’ desde la periferia” y proclamó que “la tierra, la casa y el trabajo son derechos sagrados”, y que su lucha es “legítima”. Su palabra ha sido una ratificación y, al mismo tiempo, una llamada exigente: perseverar en la misión, fortalecer la organización y asumir la responsabilidad histórica de este tiempo. Nos ha alentado a no limitarnos a la denuncia, sino a construir alternativas, reconociéndonos también como “poetas sociales” que, desde la vida concreta de los pueblos, buscan soluciones para una sociedad herida. Además, ha afirmado que la Iglesia debe acompañar a los movimientos populares: “Y así como la Iglesia acompañó la formación de los sindicatos en el pasado, hoy debemos acompañar a los movimientos populares”.
Vivimos, sin embargo, un momento especialmente crítico. La democracia se debilita en muchos lugares, erosionada por la concentración del poder económico y por dinámicas plutocráticas que vacían de contenido la participación ciudadana. La guerra vuelve a presentarse como un instrumento político legítimo, normalizando la violencia como forma de resolver los conflictos.
Crecen los discursos de odio y se intensifica la criminalización de la pobreza, de las personas migrantes y de quienes practican la solidaridad. Como nos ha advertido el papa León XIV, nos encontramos ante “un vacío ético en el que el mal se cuela fácilmente”, y estamos llamados a colmarlo con procesos de justicia, solidaridad y fraternidad.
En este contexto, nos preocupa profundamente que la defensa de la paz y de la dignidad humana sea objeto de deslegitimación y ataque en el debate público global. Los recientes ataques públicos contra el papa León XIV por su rechazo a la guerra y a los abusos de poder evidencian hasta qué punto el compromiso con los más vulnerables cuestiona intereses establecidos. Frente a ello, acogemos y hacemos nuestras sus palabras. La Iglesia y las personas de buena voluntad tienen “la obligación moral de ir contra la guerra”.
Los movimientos populares reafirmamos, en este aniversario, nuestra vocación de ser protagonistas de este tiempo, desde la organización de los pueblos y la construcción paciente de alternativas. Nos comprometemos a seguir impulsando acciones que garanticen derechos, a fortalecer alianzas entre movimientos y con la Iglesia, y a promover una democracia que ponga en el centro el cuidado de la dignidad humana.
Sabemos que el camino no es sencillo. Pero también sabemos que no estamos solos. Como se nos ha recordado, nuestra lucha nace “del deseo de amor” y se sostiene en la fraternidad que construimos cada día. Esa es nuestra fuerza y nuestra esperanza.
A un año de su partida, damos gracias por Francisco, por su testimonio y su cercanía, por habernos amado. Y, en continuidad con ese legado, renovamos nuestro compromiso con el camino que hoy seguimos junto al papa León XIV y a toda la Iglesia de Cristo: un camino de justicia social, de paz y de fraternidad, en el que la dignidad de cada persona sea reconocida y garantizada en todo lugar.
Porque, frente a un mundo que arde, seguimos creyendo y organizando la esperanza.
