Parolin: "San Francisco ofrece fraternidad a un mundo angustiado y en guerra"
El cardenal Secretario de Estado presidió una misa en la Basílica Superior de Asís con motivo de la exhibición extraordinaria de los restos del Pobrecillo por el 800 aniversario de su muerte
(Daniele Piccini/Vatican News).- La «sobriedad, la alegría de las pequeñas cosas, el sentirse hermanos de todos y de todo». Es la «terapia eficaz» que San Francisco de Asís ofrece a un mundo caracterizado por el «deseo desenfrenado de poseer, por el lujo, el despilfarro, lo superfluo, el consumismo», habitado por una generación afectada por la «ansiedad y la tristeza» a causa del «trabajo precario», las crisis económicas, el clima, las «guerras de todos contra todos y contra todo».
Al presidir, ayer, 15 de marzo, la misa en la Basílica Superior de Asís, con motivo de la exhibición extraordinaria de los restos del Pobrecillo, por el aniversario de los 800 años de su muerte, el cardenal Secretario de Estado, Pietro Parolin, explicó con estas palabras el motivo del encanto que el Patrono de Italia ejerce en todo el mundo, aún muchos siglos después de su muerte.
Un perfil humano y espiritual irresistible
En la homilía, el cardenal se inspiró en un episodio narrado en el famoso libro de los Fioretti. Un día, fray Masseo de Marignano, uno de los primeros compañeros de Francisco, le preguntó por qué todo el mundo «lo seguía», escuchándolo y obedeciéndolo, a pesar de que no era un hombre apuesto, no poseía una «gran ciencia» y no era «noble». El Pobrecillo le respondió que «los santísimos ojos de Dios» nunca se habían posado en un hombre más «vil», más «insuficiente» y más «pecador» que él. Sin embargo, señaló el cardenal Parolin, Francisco logró atraer la admiración de dos genios indiscutibles de la Edad Media, el pintor y arquitecto Giotto y el poeta Dante.
La razón de este magnetismo, argumentó el diplomático vaticano, reside en su «perfil humano y espiritual», tal como lo describió su primer biógrafo, Tomás de Celano. En primer lugar, Francisco era «de carácter apacible, de temperamento tranquilo, afable al hablar, prudente al amonestar, fiel en el cumplimiento de las tareas que se le confiaban, sensato al aconsejar, eficaz en la acción, amable en todo. De mente serena, de ánimo dulce, de espíritu sobrio, absorto en la contemplación, constante en la oración y lleno de entusiasmo en todo», escribe el autor de S. Francisci Assisensis vita et miracula.
Ser hermano de todos y de todo
Pero otros aspectos de su personalidad no dejan de atraer «nuestra atención» después de ocho siglos, añadió el cardenal: su «perfecta alegría», su «altísima pobreza», su «fraternidad universal». El santo de Asís sabía aceptar de manera «humilde, paciente y gozosa» las adversidades de la vida. Su pobreza no era solo «un medio ascético para tender a la perfección», sino una forma de «ser lo más parecido posible a Cristo». Finalmente, se sentía «hermano de todo y de todos»: de los hombres, de la creación, del universo, incluso de la muerte.
Francisco, recordó el cardenal Parolin al concluir su homilía, escribió el Cántico de las Criaturas en un «momento de crisis, de oscuridad, dentro y fuera de él». Un tiempo, señaló el cardenal, no muy diferente al nuestro, «en el que las tinieblas de la guerra parecen oscurecer la luz de la esperanza». Precisamente en este momento histórico y existencial, deseando «paz y bien» al mundo entero, el secretario de Estado vaticano invitó a orar utilizando las palabras del Pobrecillo de Asís: pidiendo a «Dios que no nos abandona» que ilumine las «tinieblas del corazón», que nos conceda «fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta y humildad profunda».