Sacerdotes que callan su adicción al alcohol: el relato de un párroco alemán que lleva tres décadas en abstinencia
Un sacerdote alemán lleva 30 años en abstinencia y hoy acompaña a otros clérigos con adicción al alcohol. Su testimonio revela un problema silencioso dentro de la Iglesia católica.
En la Iglesia católica alemana, donde los sacerdotes celebran misa casi a diario, el vino no es solo un símbolo: forma parte del ritual obligatorio. Esa pequeña cantidad de alcohol, aparentemente inocua, puede convertirse en un factor de riesgo silencioso. Así lo explica Thorsten Wessling, un sacerdote del norte de Alemania que lleva más de treinta años sin beber y que hoy dedica gran parte de su tiempo a acompañar a otros clérigos y religiosos con problemas de adicción.
Wessling, actual capellán de una clínica especializada en adicciones de Hörstel (Renania del Norte-Westfalia) y responsable de la asesoría interna sobre adicciones para el clero de la diócesis de Münster, ha hablado con franqueza de su experiencia en una entrevista publicada en el portal katholisch.de. Su testimonio permite asomarse a un problema que, según él, afecta a más sacerdotes y religiosos de lo que se suele reconocer.
De la costumbre a la dependencia
Wessling empezó a beber de forma habitual a los 17 o 18 años, en fiestas familiares y celebraciones. Tras estudiar Teología en Münster y ser ordenado en 1991, con 29 años, llegó como vicario a Ibbenbüren. Allí el consumo se intensificó hasta convertirse en necesidad. Llegó a beber medio litro de aguardiente por la mañana para poder sostenerse junto a una tumba abierta durante un funeral. Su médico de cabecera le advirtió en varias ocasiones al ver sus análisis, pero él lo negaba sistemáticamente.
Durante años ocultó las botellas vacías y se desplazaba kilómetros para deshacerse de ellas. Vivía en la casa parroquial con el párroco. Un día, este descubrió que las botellas de su bar doméstico desaparecían y confrontó a todos los residentes. Wessling, que no quería que otros cayeran bajo sospecha, acabó confesando. El superior le ofreció retrasar su propia jubilación si él aceptaba someterse a tratamiento. Tras diecisiete años de dependencia, aceptó.
Primero pasó tres semanas de acompañamiento con otro sacerdote que también había sufrido adicción y después realizó un tratamiento de desintoxicación de seis semanas en la clínica de Hörstel, donde hoy trabaja. El mismo día en que salió, en una misa parroquial, se levantó y lo contó a los fieles: “Fui a una terapia de adicciones. Soy alcohólico y ahora intento vivir en abstinencia. Por favor, ayudadme”. La gente aplaudió. Desde entonces, en bodas o bautizos le ofrecen una cola sin que tenga que pedirla.
El vino de la misa y el peso de la vergüenza
En la Iglesia católica, el sacerdote debe consumir una pequeña cantidad de vino durante la comunión en cada misa. Wessling señala que esa cantidad, aunque reducida, contiene alcohol y puede alimentar la dependencia. La Iglesia permite excepciones: los sacerdotes con problemas de adicción pueden usar mosto de uva, de forma similar a como se autorizan hostias sin gluten. Él se abastece en una destilería de un producto sin aditivos químicos y lo lleva consigo.
La vergüenza, sin embargo, sigue siendo un obstáculo poderoso. Algunos sacerdotes, cuenta, dan un paso atrás en la comunión del cáliz o fingen beber para no llamar la atención. En los monasterios, donde la cerveza forma parte de la vida comunitaria en algunas regiones de Alemania —especialmente en Baviera—, la situación puede ser aún más difícil. Un religioso que regresa de una terapia se encuentra a menudo con que nadie deja de beber por consideración hacia él. Wessling insiste en que hace falta más sensibilidad.
Factores como los cambios estructurales en las diócesis, el menor reconocimiento social del sacerdocio y la soledad del celibato aumentan, según él, la vulnerabilidad. A veces la adicción se esconde detrás de un diagnóstico de depresión o burnout, más “aceptable” socialmente.
Un sistema de apoyo que ha mejorado, pero no basta
En las últimas décadas, las diócesis alemanas han desarrollado redes de asesoramiento específicas para clérigos y trabajadores eclesiales, además de los servicios de Caritas. Existen grupos de autoayuda, recomendaciones para casas de retiros (evitar alcohol en la cocina y ofrecer siempre alternativas sin alcohol) y protocolos internos. Wessling anima a hablar con claridad cuando se observa un problema: no con acusaciones, sino con hechos. La negación y la mentira forman parte de la enfermedad, recuerda, pero el silencio solo la agrava.
Él mismo se define todavía como “adicto”, aunque lleva tres décadas sin beber. “Quien es adicto, lo sigue siendo. La adicción al alcohol no se cura. Solo se controla viviendo en abstinencia”. Incluso una pequeña cantidad puede reactivar el riesgo, por lo que evita situaciones en las que el alcohol se minimiza.
Su testimonio, recogido en katholisch.de, pone de relieve un tema tabú dentro de la Iglesia. No se trata de demonizar el vino litúrgico ni de exigir que nadie beba, sino de reconocer que los sacerdotes también son seres humanos vulnerables y de facilitar que puedan pedir ayuda sin sentirse avergonzados. En un país como Alemania, donde la Iglesia católica aún mantiene una estructura territorial sólida y una red de instituciones sociales, el caso de Wessling muestra tanto las dificultades como los avances en el acompañamiento de quienes, desde el púlpito, también pueden necesitar apoyo.