Reflexión a cuenta de la nota: “Cor ad Cor loquitur” y algo más
Acompañamiento Espiritual versus Dirección Espiritual, por una Iglesia donde “hay libertad en la Casa de Dios”
Reflexión a cuenta de la nota: “Cor ad Cor loquitur” y algo más
He de confesar que cuando conocí la nota de los obispos me alegró mucho desde su primera lectura. Pero tras la lectura de lo publicado en Vida Nueva en su nº 3.450 y escuchar otras voces he vuelto a leer la nota y me ha surgido esta reflexión:
Es más que evidente que, aunque sin citar expresamente, la nota habla de Emaús, Effetá, Bartimeo, Hakuna, y todos aquellos encuentros de nuevo cuño o liderados por agrupaciones “recién llegadas” que trabajan la evangelización que denominamos de Primer Anuncio.
Caminé en 2018 y participé en la puesta en marcha de Emaús en mi diócesis, y sigo vinculado a los Retiros de Emaús.
Sin negar que en estos retiros se usa de la emotividad y provocar diversos impactos emocionales en los caminantes, sigo pensando que son una buena herramienta para provocar el encuentro con Dios. Aunque para ello se hayan pensado en dinámicas que provoquen un impacto.
Precisamente uno de los comentarios que he escuchado es que, por lo general, el caminante ya viene “impactado” de casa por diversas circunstancias de la vida y que el retiro busca provocar un reseteo del sistema operativo que, a veces viene bien.
Todo esto no obsta para que haya una tentación proselitista y de manipulación espiritual, y que se estén dando casos. Sobre todo en aquellas personas que han vivido una “conversión”, una “caída del caballo” o “del quinto piso". Algunos necesitan que se les diga: “ahora relájate y espera que se baje el soufflé”.
Pasar de una vida disoluta a meter más horas de adoración ante el Sagrario que la custodia tampoco me parece un cambio saludable. Se dan casos de generación de dependencia de experiencias espirituales como si de una droga se tratara y se necesitase el chute diario, semanal, quincenal o mensual. Y como imagen plástica puede quedar muy bonito decir que la oración es mi dosis, mi chute diario, pero si se trata solo de una imagen y no de una “drogodependencia” real. Una cosa es integrar la oración en nuestra vida, que es bueno y saludable, y otra muy diferente condicionar nuestra vida a la oración. Si deseas que la oración marque tu vida quizá estés recibiendo una invitación a la vida monástica; pero en la vida laical es más propio el consejo de San Josemaría Escrivá que proponía que se haga de la vida una oración. Pero atendiendo las obligaciones que cada uno tiene para con su trabajo, su familia, sus amigos, …
Los obispos proponen una supervisión de todas estas iniciativas, y ahí es donde me ha saltado la alarma. Si esta supervisión es para un acompañamiento espiritual lo veo no solo acertado sino necesario; ahora bien si es para una dirección espiritual ahí tengo mis recelos. ¿Por qué? Pues porque muchas de estas iniciativas han nacido en un marco de libertad que me parece importante que no se pierda. Sí que se garantice la libertad, no solo del grupo sino de todos los individuos que participen. Pero una libertad que tiene que implicar que los retiros, los encuentros no quedarán al albur del sesgo ideológico que marque ni el cura, ni el obispo que los acompañe y acoja, ni tampoco ningún grupo de hermanos afines a un movimiento, colectivo o tradición eclesial.
El argumento sería que en esto como en otras cosas de la vida cuando se normativiza o se encasilla algo, pierde su esencia e incluso desanima al personal a continuar en la actividad.
En esta línea de evitar sesgos está muy bien la alternancia cada dos retiros que se marcan algunos grupos para los llamados “líderes” de los retiros, que, al fin y al cabo, son los servidores que más sirven. Esta alternancia ayuda a que los riesgos de adoptar una “línea” se minimicen. No obstante el guión de los retiros tampoco da mucho margen, aunque sí la selección de los testimonios o el tratamiento que se le dé a los sacramentos que se ofrecen, proponen o “medio imponen”, pueden tener sus sesgos ideológicos.
Por lo tanto una revisión de estos procesos, sí; un acompañamiento espiritual, sí; pero quizá no solo para estos sino para todos, los que sean centenarios y los de nuevo cuño, que también los “de toda la vida” puede que necesiten una ITV y adaptarse a una Iglesia del siglo XXI. La lectura de los signos de los tiempos nos afecta a todos por igual.
Ya con el Papa Francisco pudimos ver la riqueza de una Iglesia en su diversidad donde tengamos cabida todos, todos, todos. Con ciertos criterios comunes que salvaguarden sobre todo la libertad del individuo, que es lo que en estos nuevos formatos de evangelización de primer anuncio puede quedar en riesgo. Pero más allá de eso creo que la intervención de la Santa Madre debe ser la de eso, una madre con un hijo que está creciendo y dando sus pasos por la vida, manteniendo la distancia prudencial pero que camine a su ritmo.
En el grupo de Emaús (hombres y mujeres) de mi diócesis ya se ha planteado, dentro de los encuentros de formación que se suelen programar, dedicarle un tiempo a esta nota de los obispos, analizarla como cristianos adultos con autocrítica, misericordia entre hermanos y sentimiento de pertenencia eclesial (que no de dependencia eclesiástica). Y es que ese es uno de los temores que infunden las nuevas hornadas de sacerdotes formados más, parece, para dirigir, que para acompañar. Y creo que la comunidad cristiana en general, quizá alguno prefiera que le dirijan, pero siento que la mayoría preferimos ser acompañados. Cuando hablamos de mentalidad eclesiástica nos referimos a este sesgo autoritario que algunos, ya de seminaristas, manifiestan con aires de superioridad y con el convencimiento de poder dar lecciones a todo el mundo.
Podemos decir que el único que puede y debe marcar el paso en la Iglesia católica es el Papa, y hasta en su caso, mejor la opción sinodal, no ya la colegial, sino sinodal. Aprovecho para celebrar las pistas propuestas por el Grupo 7 del Sínodo en el camino para la elección de los obispos en un futuro, respondiendo a una demanda nacida del pueblo que recuperaría en alguna medida lo que ya la Iglesia hizo en sus inicios.
La imagen del Buen Pastor es bonita, pero la de rebaño… como que no cuadra mucho con el modelo de Iglesia que muchos creemos ha de caminar en este Tercer Milenio. En todo caso me resulta válida para concretarla en un único Buen Pastor, que el resto somos rebaño en una línea de un discipulado de iguales.
Así que: Bienvenida la nota de los obispos “Cor ad Cor loquitur”, pero que no sea usada para “manipular” de otra manera estas iniciativas en tanto que están haciendo bien a muchos.
La nota incluye algunas consideraciones que pueden ayudar a garantizar que la experiencia tenga un seguimiento, una continuidad y un proceso de camino en y con la Iglesia. Tengamos presente y potenciemos esas propuestas de acompañamiento espiritual, insisto que no de dirección espiritual.
Quizá haya experiencias de Iglesia que no tengan que acabar registradas formalmente ni regirse por unos estatutos aprobados con el nihil obstat, quizá tan sólo precisen ser acompañadas, y punto. Y que Ruah vaya a su aire. Prefiero una Iglesia en la que se pueda cantar “hay libertad en la casa de Dios”. Porque “el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero nosotros no sabemos de dónde viene, ni a dónde va: Así es todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn. 3, 8-15)
Comentaba más arriba que no solo las propuestas evangelizadoras y piadosas de nuevo cuño podrían ser objeto de una revisión. También aquellas devociones piadosas ancestrales quizá deberían llevarse a una revisión ad intra y a una auditoría externa. Analizando, por ejemplo, comportamientos como la exclusión de mujeres de ciertos ámbitos cuando predicamos un discipulado de Iguales como realidad más ajustada al Evangelio.
Y aquellas tradiciones piadosas que vivieron con fervor nuestros antepasados y que hoy se mantienen porque de generación en generación han ido demostrando su fuerza sanadora y su aporte de fortaleza en la fe.
El otro día asistí a la “Consagración al Corazón de María” de mi hija pequeña. La acompañé porque era un día importante para ella. Ya hemos hablado ella y yo de que nunca he sentido esa inclinación, necesidad o devoción contractualizada.
He de reconocer que la ví feliz, y eso me alegra. También la considero dentro de su juventud una chica con criterio propio. Lo que no quita que pueda dejarse en algún momento llevar por la emotividad.
Quienes han liderado este acto son miembros de una asociación de fieles formada por sacerdotes consagrados que se denominan entre ellos hermanos y laicas consagradas que se denominan hermanas como si de una orden regular se tratara aunque aún Roma no se ha pronunciado sobre esa demanda. En la ceremonia los nuevos consagrados también estuvieron arropados por personas que habían dado el paso de la consagración antes que ellos.
Admito que no me reconozco plenamente en el modelo de Iglesia que ellos representan, que también soy muy cauto y observador, pero también he de reconocer que tienen gancho entre un sector de la feligresía, incluyendo la feligresía joven. Reconozco que están haciendo un esfuerzo de adaptación, que no de integración diocesana, en la tierra, no voy a decir que se les ha acogido (aunque sí hay una parte que lo ha hecho) porque no se ajustaría a la verdad, sino a la tierra a la que les han traído o a la que han conseguido llegar tras ajustar los términos de “un contrato” que beneficie a las dos partes contratantes.
La juventud de una gran parte de ellos y ellas es el gran atractivo. No obstante la aparición de denuncias por abuso espiritual, de poder y de conciencia me tienen alerta.
Pero mi hija es feliz, y eso me importa, y más allá de que yo no me identifique con esa iglesia que a ella le está acercando a Dios, mi respeto absoluto a su proceso de fe. Pero también mi sinceridad más absoluta en coherencia con mi conciencia y mi militancia cristiana.
Y si un día se cruza con alguna decepción con la Iglesia intentaré acompañarla y decirle que su padre supo ver en esas experiencias defraudantes una oportunidad para hacer más fuerte su fe en Dios, y ver a la Iglesia en su justa medida, como una obra de los hombres que tiene su sentido y su fin en esta vida. Tiene muchísimas cosas buenas y algunas muy malas en correspondencia a su naturaleza humana.
Seguiré de cerca tanto a mi hija como a quienes le acompañen en el camino de la fe, porque ellos y ellas también son Iglesia, pero formada por hombres y mujeres pecadores y que a veces se equivocan. Y tanto con unos como con otros mi disposición a acompañarlos y, sí también, por qué no a ser un día acompañado. No descarto que mi hija pequeña sea quien al final me acabe acompañando a mi en el camino de la fe al final de mis días. Si ha de ser así, ¡Bendito sea Dios!
Pero, cerrando el círculo de este post, siempre y cuando hablemos de acompañamiento y no de dirección espiritual.
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