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Cristianismo Radical, una oportunidad para seguir creciendo como cristianos en el siglo XXI

El último libro de Tamayo

Tamayo presenta este libro como parte de su propia evolución como cristiano

El cristianismo radical es el que busca acudir a lo esencial, a lo originario, a lo básico del Evangelio

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El teólogo de la liberación Juan José Tamayo sigue presentando de Norte a Sur su última obra, “Cristianismo Radical” publicado por la editorial Trotta y prologado por Leonardo Boff. 

Tamayo presenta este libro como parte de su propia evolución como cristiano. Presenta un cristianismo radical donde el término “radical” es lo opuesto a extremismo o fundamentalismo. 

El cristianismo radical es el que asume, pero no comparte con ellas, que haya formas y maneras diversas de vivir la fe y la espiritualidad, incluso el seguimiento a Jesús. Acepta lo que denomina el “pluriverso hermenéutico”, pero apuesta por una línea alejada de la concepción más tradicional. 

El cristianismo radical es el que dialoga con aquellos movimientos que buscan dar voz a sectores concretos de la sociedad reivindicando postulados que ya se pueden encontrar en la Buena Nueva de Jesús de Nazaret. 

El cristianismo radical es el que busca acudir a lo esencial, a lo originario, a lo básico del Evangelio. Conectar directamente y sin intermediarios con Jesús de Nazaret y su mensaje. 

En esa búsqueda de lo primigenio Tamayo es donde encuentra “una Iglesia samaritana, nazarena, compasiva, solidaria con las personas empobrecidas y los pueblos oprimidos.” Esta es la Iglesia que respondería a un cristianismo radical donde la opción por los pobres es una verdad teológica absoluta.

Muy interesante el desarrollo que hace en el libro del concepto de “pobre” y de “pobreza” a la luz de la Teología de la Liberación. 

Dentro de los neologismos que abundan en el texto de Tamayo uno ocupa el titular de uno de sus capítulos “cristianismo alterglobalizador”. Este capítulo me ha recordado otro libro interesante titulado “Un liberal llamado Jesús” en el que se defiende la tesis de que la única forma de pensamiento económico que se ajusta a los Evangelios es el liberalismo. 

Pero el planteamiento que propone Tamayo es muy otro: el cristianismo radical sería aquel que viene a “propiciar un proceso de globalización por la vía de la universalización de los derechos humanos, de la justicia y de la igualdad, sin discriminaciones, a partir de la opción por las personas, los sectores y los pueblos más desfavorecidos, respetando siempre la diversidad cultural, étnica y religiosa.”

En otro párrafo afirma: “Precisamente por su carácter universal y universalista,el cristianismo puede ayudar a mundializar las luchas sociales y políticas. ¡Y a globalizar la esperanza!”.

El Evangelio, la Buena Nueva es utopía en estado puro, por eso el cristianismo radical que propugna Tamayo es utópico de necesidad y esta idea se repite en el libro en varios momentos. 

Tamayo es de los teólogos que creen en las sinergias posibles con otros movimientos sociales, como por ejemplo el feminismo. Por eso plantea un cristianismo en perspectiva feminista que no se limita a la más conocida, mediática y justa reivindicación del papel de la mujer en la Iglesia que poco a poco va ganando fuerza en la Iglesia católica. 

El mensaje de Jesús es “una moción de censura a la ideología patriarcal”. Jesús propugna un “discipulado de iguales”. No pasa por alto que las mujeres fueron las primeras testigos de la resurrección.

Como señala en uno de los capítulos “en las últimas décadas asistimos a una rebelión de las mujeres en el cristianismo”. Esto ha dado como fruto una teología feminista, y el movimiento de la “revuelta de mujeres en la Iglesia” que son comentadas por Tamayo. 

Otro de los movimientos con los que el cristianismo radical encuentra opciones de sinergias es el ecologismo. En el análisis de Tamayo encontramos referencias que van desde Teilhard de Chardin hasta el Papa Francisco y su Laudato Sí. Me ha encantado particularmente el apartado 6 de este capítulo dedicado a la “Ruah de Dios”. 

El capítulo en el que aborda el diálogo intercultural e interreligioso me seduce personalmente porque participo de muchas de las ideas que se expresan en él. Soy de los que piensan que afortunadamente Dios es más grande que todas las religiones. Y aunque veo complicado, que no imposible, el diálogo interreligioso, tampoco seré de los que absolutiza su religión por encima de la de los demás. Soy cristiano, católico y la Iglesia es mi hábitat para celebrar mi fe y mi espiritualidad. Pero Dios se relaciona con mi hermano como le da su Santa Voluntad. 

Hecha esta digresión recomiendo la lectura reposada de este capítulo en particular.

Estrechamente relacionado con este capítulo está el siguiente en el que se rebate esa identificación del Reino de Dios con el Imperio Romano. No es la primera vez en la que el gesto de Constantino para con el cristianismo se lee como una de las páginas menos positivas con el tiempo de la historia del cristianismo. Tampoco sería la primera referencia que me encuentre al cristianismo radical más auténtico cuando este es perseguido. 

Como ya he dicho Tamayo encuentra en el cristianismo radical el más favorable para el diálogo con movimientos sociales. Otro de estos movimientos con los que crear sinergias es el pacifismo al que Tamayo le dedica el capítulo 8. Este capítulo concluye con la tesis de que hay que pasar de la teología de la guerra justa a la de la paz justa. 

Cualquiera de los temas que aborda Tamayo en el libro están de plena actualidad, pero quizá uno de los más inmediatos es el de la respuesta a la xenofobia. La palabra clave para Tamayo es “hospitalidad”, que no es patrimonio exclusivo del cristianismo. 

Aborda el concepto de hospitalidad de la cultura hebrea de la que pudo beber Jesús de Nazaret y que acaba heredando la comunidad cristiana. 

El cristianismo radical va necesariamente vinculado a la utopía, y la teología la incorpora como parte de la esperanza que predica el cristianismo. 

El capítulo 11 lo dedica a la figura del teólogo luterano alemán Dietrich Bonhoeffer al que cataloga como símbolo luminoso del cristianismo radical. Bonhoeffer encarna, como señala Tamayo “una serie de dimensiones difíciles de armonizar en una sola persona: la lucidez de un cristiano ilustrado; el compromiso político desde el seguimiento de Jesús; la resistencia al nacismo desde una fe inquebrantable en Jesucristo; la defensa de la secularización desde la teología; el testimonio de la transcendencia en medio de la inmanencia; la vivencia de la experiencia mística en un mundo emancipado de la religión; el martirio por la libertad y la liberación de su pueblo.”

Sin duda Bonhoeffer fue un “visionario” y su lectura no religiosa del cristianismo es la que hoy muchas personas viven sin ser conscientes de ello. 

El cristianismo radical que defiende Tamayo hunde sus raíces en un cristianismo laico, empezando por Jesús de Nazaret que era un laico que se hizo rodear de discípulas y discípulos laicos.

Caminando hacia el final del libro Tamayo nos habla de la secularización como un fenómeno “originariamente cristiano” y, al contrario de como se suele ver, un fenómeno que no va contra el cristianismo. 

Otra formulación que aborda Tamayo es que el cristianismo se sustenta en el evangelio, no en los dogmas que ha ido proclamando la Iglesia a lo largo de los siglos. Sin duda este capítulo levantará ampollas en algunos sectores de la Iglesia no radical sino fundamentalista. Sobre todo cuando al final del capítulo se pregunta si acaso la Iglesia no tendría que renunciar a sus dogmas. 

Vamos terminando el libro y el capítulo 14 habla de un cristianismo compasivo con las víctimas. A este capítulo le ha faltado, para mi gusto, una referencia expresa a la Misericordia como principio estrechamente unido a la compasión y que ya nos lo hizo ver el Papa Francisco. Pero es una opinión muy personal y que la comparto desde el respeto y la admiración que siento por Tamayo. 

El cristianismo es una religión de símbolos siendo el primero y más importante Jesús de Nazaret como el símbolo de Dios en la Tierra. El Evangelio está plagado de símbolos, muchos heredados de la tradición judía como era lógico, son los símbolos de la pedagogía de Jesús. Muchos de ellos los podemos encontrar en las parábolas que se narran en los evangelios. 

Y para cerrar Tamayo recuerda el “movimiento de los indignados” que nació en la Puerta del Sol el 15 de mayo de 2015. Un movimiento de protesta y resistencia popular que luego sería aprovechado y manipulado políticamente por algunos. Pero Tamayo se fija en las repercusiones que ese movimiento ha tenido con respecto a la religión y a la Iglesia, a las autoridades religiosas además de contra los poderes políticos, económicos, o realidades sociales como el patriarcado. 

Non solum sed etiam

Tras la lectura rápida, y sobre la que volveré con más calma estoy seguro, unas palabras para mi tradicional comentario personal que encabezo con el latinajo del non solum sed etiam.  

La crítica más sana es sin duda la que se hace desde casa y con amor. Es una crítica no exenta de dolor, pero cargada de esperanza y de fe en aportar un grano de arena para crecer y ser mejores. 

Así es como entiendo, y quiero entender, propuestas literarias como la de Tamayo. Un hombre ilustrado, con experiencia, con criterio, inconformista con una Iglesia a la que se siente muy unido pero que la quiere más auténtica, más radical, más evangélica. 

Sabiendo lo lejos que me encuentro de la altura académica de personas como Juan José Tamayo, no por ello renunció a sentirme en línea, y desde mi personal planteamiento, hacer mis aportaciones con ese espíritu crítico constructivo que como miembro de la Iglesia e hijo de un Dios que me hizo libre, libre hasta para negarle, me siento llamado a hacer. Un Dios con el que he tenido la suerte de cruzarme y sentir su amor, Amor, que lo ha convertido en una verdad absoluta, relativizando todo lo demás, empezando por las religiones. 

A estas alturas de mi vida libros como el de “Cristianismo radical" de Juan José Tamayo me resultan interesantes, me dan pie para continuar la reflexión en privado o compartida. Y me permiten hacer ese ejercicio que tanto me gusta de observar cuanto me rodea y reflexionar sobre ello. 

Gracias Juan José por este libro, espero que sean muchos sus lectores y su lectura ayude a construir una Iglesia más auténtica, más radical. 

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