El 'Día de los Difuntos' es día de cosecha en y para la Iglesia La 'cruz de palo' y el 'Día de los Difuntos': Ni siquiera la muerte nos iguala a todos

Día de los Difuntos'
Día de los Difuntos'

"La Noviembre no se le suele a adjuntar el apelativo del 'Mes de los Santos', cuya festividad les abre de par en par los ventanales a su treintena de días. Prevalece con frecuencia 'religiosa' la del 'Mes de los Difuntos'"

"Se nos sigue adoctrinando con la pormenorizada señalización de símbolos y avisos viarios, propios y específicos de las Leyes de Tráfico, con las penalizaciones, y recursos, legalmente establecidos"

"Ha de acentuarse el hecho de que fervorosamente se le adjudica al dinero como sufragio por el alma de los 'fieles difuntos', que precisamente en tal 'fiesta' se da y contabiliza para el culto y el clero, con mayor y más comprensible y piadosa abundancia"

"La 'cruz de palo' es precisamente la que preside y acompaña al cortejo de familiares y amigos, cuando se trata de 'un entierro de caridad' o de pobres… ni siquiera la muerte nos iguala a todos"

En el contexto general de la piedad popular, a Noviembre no se le suele a adjuntar el apelativo del “Mes de los Santos”, cuya festividad les abre de par en par los ventanales a su treintena de días. Prevalece con frecuencia “religiosa” – otra más- la del “Mes de los Difuntos”, como si el recuerdo y la conmemoración de quienes “ya descansaron en el Señor” tuvieran que ser “santo y seña”, lo mismo dogmática como litúrgica. Reflexionar una vez más sobre el tema, desde perspectivas distintas y complementarias debería ser tarea y catequesis de fe, esperanza y caridad, es decir, de Iglesia-Evangelio.

Insisto una vez más en la idea de que el de los “Novísimos o Postrimerías”, es uno de los tratados más “maltratados” por la teología, la pastoral, la liturgia y la piedad populares, a consecuencia de que los expertos en estas cuestiones intentaran protegerse a sí mismos y a los suyos, por vocación y estudios y con defensas aureoladas de misterios, fantasías y revelaciones, con expreso olvido de los evangelios.

Tal y como se nos sigue adoctrinando, y para cuyo recorrido se nos pertrecha en el descubrimiento en la fe, apenas si resulta posible dar pasos positivos hacia la salvación, con la que se comprometió Jesús de por vida, por muerte y por resurrección. El único, o prevalente camino que se nos desvela y para cuyo recorrido se nos pertrecha “virtuosamente”, es el “oficial”, con la pormenorizada señalización de símbolos y avisos viarios, propios y específicos de las Leyes de Tráfico”, con las penalizaciones, y recursos, legalmente establecidos.

Además de esta consideración catequística, propia no solo del día y mes de los Difuntos y de toda programación religiosa de la vida cristiana , ha de acentuarse el hecho de que fervorosamentese le adjudica al dinero como sufragio por el alma de los “fieles difuntos”, que precisamente en tal “fiesta” se da y contabiliza ”para el culto y el clero, con mayor y más comprensible y piadosa abundancia.

El “Día de los Difuntos” es día de cosecha en y para la Iglesia. Y no solo en los pueblos y ambientes rurales, sino en ciudades más cultas, derivando etimológicamente el término “culto”, no de cultura, sino de “veneración y respeto a las cosas sagradas”. Los “administradores” de los bienes eclesiásticos así lo confirman y, con IVA o sin IVA, lo archivan en los libros parroquiales.

El “Día de los Difuntos” y cuanto se relaciona con la muerte y los muertos-“benditas almas del Purgatorio”-, entierros, aniversarios y diversidad de conmemoraciones y recuerdos familiares y sociales, resultan ser en la práctica , causa y ocasión para descubrir y fomentar la diversidad y diversificación, de clases sociales dentro de la Iglesia, acrecentando la convicción de que en ella-la Iglesia- ni todos fuimos, ni somos iguales, -“hijos de Dios”- a tenor de las despedidas rituales que se practican y pagan.

Con las misas, y menos de difuntos, jamás se podrá comerciar, ni recibir estipendio –“contribución o sueldo”-, según el diccionario. Terminantemente prohibida debería estar la publicación de las tasas relativas a las misas en los Boletines Oficiales Diocesanos o en las Hojas Parroquiales y demás medios de comunicación.

“Voy a encargar una misa”; ¿”Cuánto vale, o cuesta, una misa?” ; “No se olvide de citar los nombres de los difuntos en cuyo sufragio se celebra”; ¿Por qué son tan caras las “misas gregorianas”?¿”Qué hay que pagar por un responso y por qué menos o más si es rezado, cantado, en latín y con el “asperges” del aguda bendita…”, son preguntas y referencias a eliminar cuanto antes del diccionario al uso piadoso y social del pueblo, de su jerarquía eclesiástica y del “señor cura párroco”, quien en tiempos relativamente recientes había opositado, y ganado, en buena y canónica lid, la parroquia “en propiedad”.

Cuanto antes, es decir, ya, debería desaparecer la cita de aditamentos que encarecen “encargo tan sagrado”, como el de las misas.

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¿Uno o más curas?. ¿Con incienso o sin él? ¿Cuántos toques de campana? ¿Con música de órgano o sin música? ¿Cantada o rezada? ¿Con ornamentos de primera, de segunda o de tercera? ¿Y si la presidiera el señor obispo? ¿No sería suficiente con que, de no serle posible, lo hiciera en su lugar, alguno de los canónigos del cabildo catedralicio”?

Hay “celebraciones” de entierros que desacralizan al personal de la Iglesia, de modo y manera inequívoca. Y aquí ubico el contenido del título LA CRUZ DE PALO, de mi reflexión. Entre las cruces procesionales que presiden los actos de culto de una de las parroquias que conozco “por esos pueblos de Dios”, las hay de plata, de bronce y otros preciados materiales… Y hay una de palo. LA CRUZ DE PALO es precisamente la que preside y acompaña al cortejo de familiares y amigos, cuando se trata de “un entierro de caridad” o de pobres, camino del cementerio, que, por cierto, y por lo de las “inmatriculaciones”, se dice ser propiedad de la Iglesia.

Los entierros episcopales y los suntuosos sepulcros en sus catedrales, merece recordación especial, sin tener que destacar que ni siquiera la muerte nos iguala a todos, como hijos de Dios en esta vida y, por lo visto y practicado, también en la “otra”.

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