Tambores de guerra en la Iglesia de Vizcaya
La designación de Iceta, única opción razonable
La carta al nuncio «puede interpretarse como protesta velada al presumible nombramiento de Iceta como obispo de Bilbao»
(Borja Vivanco Díaz).-Yo no firmaría la carta que centenares de cristianos de Vizcaya han suscrito y remitido al nuncio apostólico, y a la que otros muchos se sumarán también a buen seguro. Y no tanto porque esté disconforme con la esencia de su contenido sino porque, más bien, la creo inoportuna, y porque calla algunas cuestiones que asimismo valoro como muy importantes.
Es inoportuna, ya que, aunque quizá no sea la intención de la mayoría de sus firmantes, puede ser también interpretada como una protesta velada al más que presumible nombramiento de Mario Iceta como nuevo obispo residencial de Bilbao.
Porque cualquiera que conozca mínimamente los criterios y los entresijos por los que la Iglesia católica designa a sus prelados, en cualquier lugar de Europa y del mundo, sabe bien que la designación de Iceta, como nuevo obispo titular de Bilbao, es, ahora mismo, la única solución razonable y, por supuesto, que se haga pública es sólo cuestión de tiempo; tal vez de unas pocas semanas.
Aunque hasta hace no muchos años abundaron, no queda ahora mismo -fuera de nuestra comunidad autónoma- un solo obispo vasco en activo que pudiera relevar a Ricardo Bázquez; exceptuando El Vaticano y naturalmente los territorios de misión. Al mismo tiempo, para una diócesis tan grande como la de Bilbao, la Santa Sede no puede barajar el nombramiento de alguien que no sea ya antes obispo y no goce de suficiente experiencia pastoral como tal.
Es verdad que en la historia reciente de Europa ha habido excepciones y seguramente la más conocida sea la del propio Joseph Ratzinger, quien de prestigioso profesor de teología pasó, de modo inesperado, a presidir la importante archidiócesis de Múnich.
Mario Iceta es vizcaíno y euskaldun; es el obispo más joven de España y es extraordinariamente dinámico; durante un año fue obispo auxiliar de Bilbao y lleva más de un mes presidiendo la Iglesia de Vizcaya; recibe y dialoga con todos; está recorriendo todos los rincones de la diócesis, trabaja intensamente al lado de los jóvenes y por el frágil seminario diocesano; destaca frente a la mayoría de los obispos por su perfil intelectual, ya que cuenta con dos doctorados...
Creo, en definitiva, que sobran motivos para calificar a Iceta como sucesor natural de Blázquez en razón de sus méritos. Incluso pienso que no optar por él como nuevo titular sería un desaire hacia su persona. No olvidemos que no ha sido nada fácil, para Iceta, incorporarse a la diócesis, por las críticas -a veces muy duras- que su nombramiento recibió en distintas instancias de la Iglesia de Vizcaya por el mero hecho de no haber desarrollado su trayectoria pastoral en el País Vasco o porque se dio por supuesto que no iba a sintonizar con el 'progresismo eclesial'.
Hubo quien se atrevió a pedirle que renunciara, como también hubo sacerdotes que -años atrás- solicitaron irreverentemente a su predecesor, Carmelo Echenagusia, que no aceptara el cargo de obispo auxiliar de Bilbao, en señal de protesta por el nombramiento de Ricardo Blázquez.
La carta habla de que los distintos nuncios apostólicos desoyeron a prohombres, colectivos y organismos de la diócesis, cuando éstos trasladaron, se supone que en las últimas dos décadas, su parecer sobre el perfil más idóneo para los sucesivos obispos de la Iglesia de Vizcaya. Pero la carta calla que, en la corta historia de la diócesis de Bilbao, la polémica y la crítica acerba han acompañado el recibimiento de todos sus obispos, salvo los auxiliares Juan María Uriarte y Carmelo Echenagusia.
Y que obispos como Antonio Añoveros o Ricardo Blázquez se sintieron, en los primeros años de sus pontificados, rechazados por parte de sus diocesanos (incluido parte del clero) sólo por rumores sobre su 'ideología pastoral' o incluso por su origen geográfico.
Insisto en que el procedimiento para elegir al nuevo obispo titular de Bilbao no será distinto al de casi todos los lugares de Europa. Es cierto que, en alguna histórica archidiócesis del corazón de Europa, la Santa Sede tiene la tradición de dar el visto bueno al obispo que, por ejemplo, un cabildo catedralicio u otro organismo diocesano designe. Pero hablamos de excepciones.
El nuncio apostólico ha seleccionado o confeccionará una lista de posibles candidatos para ocupar la sede vacante de Bilbao, seguramente tres, que remitirá a la Santa Sede. Iceta será el primero e irá acompañado de dos obispos españoles más. El nuncio no elige a ningún prelado, sólo los propone, y la Santa Sede -a través de la Congregación para los Obispos- selecciona uno entre ellos o, si no, solicita otra nueva lista, hasta dar con el deseado. Estoy seguro de que el nuncio se habrá informado de las necesidades, idiosincrasias y aspiraciones de la Iglesia de Vizcaya. Seguramente no haya escuchado todas las voces, pero sí muchas y, en especial, las de los dos últimos obispos: Blázquez e Iceta.
No digo con ello que no deba ser mejorado el procedimiento para elegir obispos. Ha de ser más participativo (no digo 'democrático'), tal y como la carta al nuncio Renzo Fratini reclama. Ciertamente, la tradición de la Iglesia católica, en su primer milenio, respalda la mayor participación de las diócesis en la selección de sus obispos; el Código de Derecho Canónico no lo impide; la cultura democrática de la sociedad civil lo exige; iría en sintonía con la corresponsabilidad que el Concilio Vaticano II proclamaba y, quizá, garantizaría la elección de mejores obispos, que de eso se trata en última instancia. La razón esencial por la cual la Santa Sede, en la segunda parte de la Edad Media, centralizó la elección de obispos fue muy piadosa, pero no teológica: Quiso evitar la injerencia de nobles, reyes, emperadores o abades ambiciosos.
Pero, ahora, cuando la sucesión de Blázquez está prácticamente resuelta; cuando el nombramiento de Iceta como obispo auxiliar recibió tantas injustas y desproporcionadas críticas; cuando en la vecina diócesis de San Sebastián se generó tanto dolor y división a raíz de la protesta pública de docenas de sacerdotes por la designación de José Ignacio Munilla... no es tiempo para tambores de guerra.