Vicariato de Puerto Leguizamo-Solano: Entre la resistencia y el temor "Lo que el Covid 19 nos va dejando"

Amazonia
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"Nuestro Vicariato se encuentra al sur de la Amazonía colombiana. Un territorio donde convergen comunidades del sur del Putumayo, del sur del Caquetá y del norte del Amazonas, tres departamentos colombianos"

"Una de sus notas características es su carácter fronterizo (Colombia, Perú y Ecuador), que posibilita el desarrollo de dinámicas de intercambio a todo nivel"

"A pesar de parecer que somos territorios lejanos, nos alcanzó la pandemia y nos sorprendió. La afirmación del Papa Francisco, en el sentido de que "todo está conectado", es una verdad que ha dejado en evidencia este tiempo"

"Y puso en evidencia nuestras diferencias como país y el histórico abandono del estado en el que nos hemos mantenido"

"El confinamiento, además de desbordar los servicios de salud, acarreó también consecuencias sociales. Trajo hambre para los que viven del día a día. Los servicios educativos, sin una plataforma a la que conectarse"

"Pero algunas realidades no entraron en el confinamiento: las dinámicas del narcotráfico y las de las guerras. Siguió existiendo el cultivo, el procesamiento, la comercialización de las drogas. La muerte y los daños"

"Y nuestro pueblo vive consciente de que no hay otra alternativa que la de resistir, y resistir con sabiduría y prudencia"

"La incertidumbre es lo que caracteriza nuestro futuro como territorio. se hace necesario fortalecer entre nosotros la utopía de la fraternidad. No obstante, los motivos para creer son muchos"

Nuestro Vicariato se encuentra ubicado al sur de la Amazonía colombiana. Es un territorio donde convergen comunidades del sur del Putumayo, del sur del Caquetá y del norte del Amazonas, tres departamentos colombianos. Una de sus notas características es su carácter fronterizo (Colombia, Perú y Ecuador), que posibilita el desarrollo de dinámicas de intercambio a todo nivel.

Entre la resistencia y el temor

La afirmación del Papa Francisco en el sentido de que “todo está conectado”, nos ayuda a tomar consciencia y a comprender mejor que las dinámicas vitales que se generan en el planeta nos afectan a todos los que en él habitamos. Es ésta una verdad que ha dejado en evidencia este tiempo de contingencia causada por la pandemia del Covid 19.

Quién podría imaginar que la contingencia con motivo de lo que estamos viviendo como humanidad, habiendo tenido origen en tierras distantes, afectara a este rincón de la Amazonía, ubicado en “estas lejanías”, como es considerado por muchas personas. Podemos decir que la pandemia no solo llegó a nuestro territorio, sino que nos afectó de manera sorprendente e insospechada.

En este espacio de vida donde las fronteras políticas no pasan muchas veces de realidades imaginarias, donde los confines no entran en la mentalidad de las personas y de los pueblos, se nos habló y se nos impuso un confinamiento, confinamiento duro. De repente, vimos limitadas nuestras interacciones y movimientos. Nadie salía ni entraba a estos territorios. Entonces entendimos que esta Amazonía es ancha pero que también podría haber condiciones que nos impongan límites de movimiento y de relación. Ahora cobraban vigencia y vida las fronteras nacionales e internacionales.

Sí, la borrosidad y relatividad de las fronteras se diluían fuertemente ante nuestra mirada atónita e impotente. Ahora el río que nos unía no solo nos separó, sino que también nos distanció los unos de los otros y sacó a flote los nacionalismos que de nada ayudan en la búsqueda de soluciones a las problemáticas comunes que enfrentamos como personas, pueblos y países. Ahora la reciprocidad y la armonía cedían lugar al aislamiento y a las tensiones personales y comunitarias, locales, nacionales e internacionales.

La pandemia del Covid 19 no sólo evidenció las diferencias entre los países, sino que también, y, sobre todo, puso de manifiesto nuestras diferencias como país. Comprendimos que la categoría que se nos da de “habitantes en una lejanía” era algo real, ya que se puso de manifiesto el histórico abandono del estado en el que nos hemos mantenido igual que otros lugares de la periferia colombiana.

Coronahambre

Es así que nuestro territorio irrumpió con todo su resplandecer como territorio “marginal”, territorio de la “lejanía”, una verdadera “frontera”. Los servicios sanitarios se mostraron muy incipientes para responder a un problema de esta envergadura. No se cuenta con la infraestructura ni con el personal suficiente ni mucho menos con los equipos e insumos necesarios para garantizar un servicio adecuado a las personas que viven en este territorio. Si de algo nos ha servido la pandemia fue para poner de manifiesto la precariedad de nuestro sistema sanitario.

Desbordados se vieron también los servicios educativos. Presumimos poder ofrecer una educación virtual a nuestros niños y jóvenes, pero no se ocurrió pensar que para que pueda darse educación virtual debe haber una buena conectividad, y por aquí más allá de las vallas publicitarias “Leguizamo vive digital” no contamos con servicio de internet a la altura. No se cuenta con los equipos computadores o al menos celulares que puedan permitir una plataforma desde donde conectarse. Si la deficiencia de todo lo anterior se vivió en los centros urbanos, qué decir de los caseríos y comunidades más alejados, en donde no llega ni la señal telefónica.

Se trató de un fenómeno que vino a agudizar problemas ya existentes de un sistema educativo de muy baja calidad, con muchas limitaciones materiales y humanas; un sistema que sobrevive gracias a los ingentes esfuerzos de los maestros. En medio de este panorama no podemos perder de vista la gran deserción, muchos estudiantes desmotivados por no contar con los medios para poder estudiar de manera adecuada prefirieron ir a las fincas a trabajar, o a aceptar ofertas laborales en la minería o en los cultivos ilícitos.

El confinamiento acarreó también consecuencias sociales. Trajo hambre para los que viven del día a día (sobre todo en los centros poblados), quienes se vieron imposibilitados de garantizar un mínimo vital para su subsistencia y la de sus familias. En este sentido, debemos agradecer enormemente la generosidad que fue naciendo como consecuencia de la realidad que vivían muchas familias. El valor de la solidaridad se hizo visible tanto de personas de dentro como de fuera del territorio, quienes hicieron hasta lo imposible por asegurarles el pan de cada día a muchas personas y familias.

Pero con realidades que no entraron en confinamiento

Una de las realidades que no entró en confinamiento de manera decidida fue la de las dinámicas del narcotráfico. En todo este contexto, siguió existiendo el cultivo, el procesamiento y la comercialización de las drogas. Todas estas dinámicas, siguen su curso normal y continúa siendo el secreto a gritos que muchos van pronunciando a veces con lenguajes cifrados pero muchas veces de manera explícita.

Se trata de un fenómeno que viene a robustecer otro problema más dramático: la violencia. Sin duda alguna, esta otra pandemia, la de la violencia, ha generado más muertes que la pandemia del Covid 19, sobre todo entre los jóvenes. Y las consecuencias de la problemática de los cultivos ilícitos se reflejan en su capacidad para incentivar a las personas, sobre todo a las más jóvenes, a entrar en el mundo de lo fácil, desarrollando eso que se conoce como “narcomentalidad”, que es la mentalidad del que quiere tener mucha riqueza en poco tiempo y con poco esfuerzo. Todo lo anterior va generando descomposición familiar y social, ya que las comunidades tanto campesinas como indígenas estando en medio de todas estas problemáticas resultan involucradas y afectadas por las mismas.

Otra realidad que no ha vivido el confinamiento, y muy en relación con la anterior, es la de las dinámicas de la guerra. Ellas siguieron su curso “normal” en esta Amazonia, matando y causando daños.

Los efectos del proceso de paz que se viene adelantando con la guerrilla de las Farc, en la fase de su implementación, los sentimos de manera decidida cuando este grupo insurgente decidió entregar las armas. Vivimos un período de armonía en el territorio y pudimos experimentar una cierta tranquilidad. Pero se trató de algo efímero, pasajero. Y con estas palabras de un campesino, podríamos sintetizar esta realidad: “Tanta dicha no podía ser tan duradera”. Pues desafortunadamente, el proceso no contempló la manera cómo se debería continuar manteniendo el control y garantizando el orden en los territorios antes en poder de las Farc.

El Estado no fue capaz de hacer llegar la institucionalidad a aquellos territorios. Y tratándose de territorios estratégicos por su ubicación geográfica, aquellos espacios pasaron a ser objeto de disputa de varios actores, como las disidencias de las Farc y los grupos ligados al narcotráfico (sin identificación concreta), todos ellos motivados por el lucro que representan las economías ilegales, y todos ellos generando miedo, zozobra, caos y muerte. Y así se refería un habitante de la zona hablando del tema: “Antes estábamos mejor, por lo menos sabíamos a quién obedecer; ahora ni eso lo sabemos”.

Y nuestro pueblo vive consciente de que no hay otra alternativa que la de resistir, y resistir con sabiduría y prudencia, como lo ha sabido hacer durante décadas; la misma estrategia que encuentra para enfrentar al Covid 19. Sí, nuestro pueblo ha encontrado en la sabiduría ancestral la solución al mal del Covid 19, esta sabiduría que ayuda a extraer de la naturaleza las medicinas curativas y preventivas. Ahora se respira algo de calma a pesar de la alarma que representa la llegada a Leticia de la cepa brasilera.

Perspectivas de futuro

Ha sido en este contexto donde nuestro pueblo ha tenido que sobrevivir al Covid 19, sorteando limitaciones y obstáculos. El hecho de que los estragos de la pandemia y de las pandemias que vivimos, nos esté tocando tan de cerca, hace que las personas perciban la fragilidad de la vida a pesar de ser un don tan precioso. Cuando llega la enfermedad, cuando se manifiesta la violencia, no tiene reparos en golpearnos de manera contundente.

Lo que más se destaca en esta lucha es la resiliencia de la gente, que, debiendo soportar toda esta situación, mira con esperanza el futuro. Viniendo por el río Caquetá en el deslizador, transporte fluvial utilizado en estos territorios, fui testigo de una conversación de algunas personas que viajaban con nosotros. Me llamó poderosamente la atención la frase que dijo una señora: “De qué nos sirvió todo esto, si no aprendemos nada. Seguimos igual que antes”.

La verdad es que para muchos todo lo vivido entorno a la pandemia fue sólo un paréntesis que hay que cerrar cuanto antes para volver a la “vida normal”. Pero también están los que creen que esta experiencia nos ha servido para algo; nos ha servido sobre todo para pensar y repensar nuestro estilo de vida política, económica y social. La pandemia ha evidenciado con todo su resplandor la fragilidad de la vida y la precariedad de nuestros servicios educativos y sanitarios. Por eso el imperativo que percibimos de valorar la vida más allá de cualquier otra realidad y de luchar por ella, individual y colectivamente.

La incertidumbre es lo que caracteriza nuestro futuro como territorio. Es incierto el destino de la guerra y del narcotráfico; es incierta la situación de abandono estatal y la condición de los servicios educativos y sanitarios. Sí, todo es incierto, y cualquier proyección que se haga aquí se inscribirá siempre en el horizonte de las probabilidades, de las utopías que a veces se transforman en quimeras.

Sin embargo, como Iglesia creemos que la coyuntura que estamos viviendo es un espacio propicio para desarrollar una espiritualidad que nos permita hacerle frente a esta situación. Definimos como algo prioritario fortalecer las espiritualidades de los Pueblos, dentro de ellas proponer de manera decidida la espiritualidad del cuidado, la reconciliación, la comunión y del seguimiento. Apremia aquí soñar, diseñar y poner en marcha proyectos evangelizadores que formen y alimenten la vida de los creyentes como pueblo y como discípulos.

Fortalecer la conciencia de familia humana, que se fortalece en la fraternidad y la amistad social. Será apremiante en nuestro Vicariato la formación y el fortalecimiento de la conciencia comunitaria, el respeto por la vida en todas sus manifestaciones. Nos urge aquí tomar consciencia de que todos vamos en la misma barca y que las problemáticas de unos nos afectan a todos, como lo viene señalando el Papa Francisco.

En otras palabras, se hace necesario fortalecer entre nosotros la utopía de la fraternidad, fraternidad entre los humanos, y entre éstos y la naturaleza. Nos apremiará, para ello, hacer de nuestras comunidades espacios de vida y de comunión, espacios de transmisión y cultivo de valores que concurran para la emergencia y el desarrollo de una humanidad solidaria. Eso esencialmente.

No obstante, los motivos para creer son muchos, tantos como para hacer de la resistencia fortaleza y del temor esperanza.

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