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Otros aires en la Iglesia

Bergoglio ha conseguido en 5 meses más que en 50 años

Ahora, por fin, podemos respirar hondo sin miedo a levantar sospechas

(Bernardo Pérez Andreo).- Este hombre, Jorge Mario Bergoglio, elegido para la sede episcopal de Roma, y por tanto sucesor de Pedro, ha conseguido en 5 meses revertir el camino que había emprendido la Iglesia en los últimos 50 años.

En cada gesto, cada palabra, cada discurso, cada acto que lleva acabo, deja ver que su etapa como sucesor de Pedro va a marcar un hito en la historia de la Iglesia como nunca antes se había vivido. Será un giro, pero hacia el origen, hacia la prístina pureza del Evangelio que nos muestra cómo debe la Iglesia estar en el mundo: como sal, como luz, como fermento, haciendo que el Reino fructifique por doquier en continuo peregrinar. Alimentando la solidaridad, sí la solidaridad, que en nada se opone a la fraternidad; incrementando el diálogo y la búsqueda de la unidad; ahormando la comunidad de los que creemos y de los que no, porque todos somos hermanos, aunque no todos se reconozcan como hijos. Este giro será estudiado como una cesura y un nuevo comienzo, como la vuelta a Nazaret de la Iglesia.

Los que estamos dentro lo notamos en muchas cuestiones, pero la que quizás más nos ha impactado es el cambio de aires que se respira. Ahora, por fin, podemos respirar hondo sin miedo a levantar sospechas. Ahora podemos hablar en la plaza pública lo que antes quedaba reducido a los círculos de confianza. Ahora se puede hablar de pobreza sin levantar sospechas de liberacionista; se puede plantear el diálogo religioso como un buscar la verdad y no como mera estrategia apologética; se puede criticar el capitalismo sin tener que soportar la losa de comunista (aunque algunos no cambian en esto); se puede decir "no a la guerra" sin parecer un ultra izquierdista paniaguado por los de la ceja. Ahora, en fin, se puede decir lo que se piensa y sentir lo que se dice, cosa que, como dijera Hume siguiendo a Tácito es más bien rara. Pes bien, estamos en esos tiempos extraños (rara temporum) en los que la libertad fluye como agua pura y en los que los torquemada de siempre deben guardar las herramientas para otra ocasión (de seguro que la tendrán y por eso esperan agazapados).

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