El amor y sus concreciones
"La humanidad es, en efecto, nuestro común distintivo. Y el amor a ella una especie de imperativo categórico. Sin él, sería imposible la vida sobre la tierra"
El amor y los amores (J. Ortega y Gasset)
Escribió Eugenio D'Ors que “lo que no es tradición es plagio”. Ortega pertenece a lo mejor de nuestra tradición. En el tema del amor tiene escritos muy “sabrosos” y atinados. Recordemos algunos.
“Hablemos del amor, pero comencemos por no hablar de amores”. Los amores, continúa Ortega, son historias más o menos accidentadas que acontecen entre hombres y mujeres. A veces, en los “amores” hay de todo menos “amor”. El amor es algo mucho más abarcador y duradero que un mero apego fugaz. Ortega está de acuerdo con Dante: el amor mueve el sol y las otras estrellas. Gabriel Marcel lo expresó con toda solemnidad: “amar a alguien es decirle: tú no morirás jamás”.
Ortega no pone límites al amor: no solo hay amor entre el hombre y la mujer, también existe el amor entre padres e hijos, entre hermanos; es posible incluso evocar el amor al arte y la ciencia, el amor a la humanidad, el amor a la tierra que nos vio nacer, el amor a Dios…
Nuestro filósofo distingue entre el amor y el deseo: el deseo muere automáticamente cuando se satisface; el amor, en cambio, es “un eterno insatisfecho”. Al desear, lo que pretendo es que el objeto venga a mí; en el amor, en cambio, soy yo quien va al objeto y permanezco en él. El amor, escribe lapidariamente Ortega, es el “máximo ensayo que la naturaleza hace para que cada cual salga de sí mismo hacia otra cosa”. Amar a alguien es reconocer su derecho a existir. Amor es “estar marchando continuamente de nuestro ser al del prójimo”. Es verdad que también en el odio se va hacia el objeto, “pero se va contra él”. Y Ortega advierte con cierta solemnidad: “No se olvide la amistad cuando se hable genéricamente del amor”. Volveremos sobre la amistad.
El filósofo madrileño insiste en que somos “un sistema nato de preferencias y desdenes”, de simpatías y repulsiones. “El corazón, máquina de preferir y desdeñar, es el soporte de nuestra personalidad”. Siempre con su tono chispeante advierte de que no se debe confundir el “gusto” con el “amor”. “Al hombre normal le “gustan” casi todas las mujeres que pasan cerca de él, pero el amor elige una”. Y concluye esta reflexión libre -circunstancial, diría él - sobre el amor señalando que tan “tontería” sería decir que el verdadero amor no tiene nada de sexual como decir que el amor es exclusivamente sexualidad. Eso sí: el amor tiende al exclusivismo, el instinto sexual, en cambio, no. Es su principal diferencia.
Eros, ágape, filia
Al intentar una aproximación al término “amor” es obligado recordar los tres términos griegos que la tradición filosófica y teológica bien conocen. Resulta llamativo que los primeros escritos cristianos acudieran al término ágape, de uso poco frecuente, y no a los habituales eros o filia para expresar la noción de amor. Y es que, como sustantivo, el uso extrabíblico de ágape es raro, prácticamente se circunscribía al amor materno, con matiz de “acariciar”.
Sin embargo, el término “Ágape” es central en los escritos fundacionales cristianos, tan central que se aplica a Dios. Las tres religiones monoteístas coinciden en definir, o evocar a Dios, como Ágape. No es una definición metafísica de Dios, pero la afirmación “Dios es amor” es una de las pocas frases del Nuevo Testamento que tiene por sujeto a Dios, unido al verbo “ser”.
Cabe preguntar: ¿por qué no se utilizó Eros en vez de Ágape? Tal vez por el matiz egocéntrico que la filosofía platónica le adjudicaba. Eros indica el deseo que busca ser satisfecho; es nuestro permanente compañero de viaje. Sería inútil intentar eliminarlo. Eros es, según Platón en El Banquete, la marca de nuestra finitud, y no de cualquier finitud, sino de la que brota de la conjunción entre riqueza y pobreza. Eros, hijo de Poros (riqueza) y Penia (pobreza). Platón asigna al amor un apasionante itinerario: empieza por lo material y va ascendiendo hasta culminar en la belleza suprema, la que se plasma en la idea del Bien.
Al utilizar Ágape en el mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo” se destaca la generosidad, la entrega, pero no se excluye el Eros. Entre paréntesis: versiones recientes de este mandamiento intensifican su fuerza al otorgarle el siguiente tenor “ama a tu prójimo, él es tú mismo”.
El libro, tan crucial, de Anders Nygren, Eros y Ágape, exageró la diferencia entre ambos términos y dio lugar a una teología de radical contraposición entre lo natural (eros) y la gracia (ágape). No parece que fuera esta la intención de los primeros cristianos. Más bien parece que pretendían una cierta “agapeización” progresiva del eros. Se trata de una meta utópica, probablemente nunca del todo alcanzable. Sin embargo, es posible que el futuro de todos dependa de una sabia síntesis entre ágape y eros. Solo un yo, irrenunciable (eros) pero no egoísta (ágape), podrá impedir que la historia humana se convierta en el “matadero” que apostrofó Hegel. El futuro, soñado por Bloch como “laboratorio de salvación posible”, solo será alcanzable si los protagonistas de las distintas fases de la historia universal logran una buena armonía entre Ágape y Eros. Es el “yo amigable”, evocado por Unamuno.
Sin embargo, no siempre ha sonado la misma melodía. El filósofo J.P. Sartre estaba convencido de que la palabra “amor”, en seres egocéntricos como nosotros, solo puede significar “buscar ser amado”. Solo concebía -recordando la distinción de san Agustín- el amor de concupiscencia (Eros), no el de benevolencia (Ágape). Y recordaba irónicamente el antiguo dicho “el amor es eterno mientras dura”.
Bien diferente era la opinión de Bergson: encontraba la expresión máxima del amor en los místicos, en concreto en San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Ellos, -pensaba el gran filósofo francés- unieron el amor y la acción. El amor no les condujo al ensimismamiento, sino a la preocupación por el prójimo. Tal vez anticiparon el lema de Goethe: quien busque el Infinito que corra tras lo finito en todas direcciones. La biografía de los místicos es un forcejeo entre los amores y el Amor. Dicho de otra forma: emprendieron un apasionante viaje hacia las mayúsculas: dieron el salto de los “amores” al “AMOR”.
Antes de finalizar este apartado debemos señalar, aunque solo sea de pasada, que pensadores como Kant y Freud consideraban “imposible” el amor universal. En su lugar apostaban por el respeto universal. No parece una mala salida. Tal vez sea lo único al alcance de todos los pueblos y culturas. Y, desde luego, nunca deberíamos apelar falazmente al amor para ahorrarnos el respeto.
Elogios de la amistad (Filia)
Séneca pensaba que “la amistad beneficia siempre; el amor, en cambio, cusa daño muchas veces”. Y Aristóteles informa de que la amistad (filia), que se fomenta a través del diálogo, es anterior al derecho y a la justicia: los apretones de manos, las palmadas en la espalda y la palabra de honor ante una copa de vino parecen más antiguos que la articulación jurídica del derecho y la justicia. Y es que, según Aristóteles, la amistad es el modelo supremo de relación entre los seres humanos: “Cuando los seres humanos son amigos, ninguna necesidad hay de justicia, pero, incluso siendo justos, necesitan de la amistad, y parece que son los justos los que son más capaces de amistad”.
La amistad ha conocido siempre grandes elogios. Me impresionó cómo Adolfo Suárez, preguntado por su credo personal en una de sus últimas entrevistas, respondió: “Creo firmemente en la amistad”. Y Nelson Mandela confesaba lleno de pesar: “Mi gente me acusaba de cobarde por tender la mano”. Este “Gandhi africano”, como ha sido llamado, invitó como “vip” a su investidura como presidente de Sudáfrica al que durante veinte años había sido su carcelero blanco. Un gesto más elocuente que sesudos discursos sobre la amistad.
Aproximación desde las religiones
Obviamente, todas las religiones inculcan el amor al prójimo. Centrándonos en las más cercanas a nosotros, en las monoteístas, es obligado recordar que, aunque las tres predican el amor, en cada una de ellas predomina una de las virtudes teologales. Los historiadores de las religiones suelen asignar la esperanza al judaísmo, la fe al islam, y el amor al cristianismo. Es un tema de prevalencias. Ninguna religión es concebible sin lucirse en los tres frentes, pero cada una, obligada por su devenir histórico y por sus documentos fundacionales, se ha “especializado” en uno de ellos.
No es necesario “demostrar” que el judaísmo ha convertido la esperanza en su horizonte fundamental. Casi se podría afirmar que su historia le ha obligado a ello. El judaísmo pervive porque sus creyentes se prohíben a sí mismos la desesperación. Incluso después de la más reciente prueba suprema, el Holocausto sufrido en el siglo XX, consideraron que, si desesperaban, otorgaban a Hitler una victoria póstuma. Mantuvieron, pues, la esperanza contra toda esperanza. Ninguna de las grandes catástrofes sufridas a lo largo de su historia logró debilitar su esperanza. Es, pues lícito, obligado incluso, otorgarle un “sobresaliente” en esta virtud.
Y, sin cerrar los ojos al Mal con mayúsculas-los grandes holocaustos y guerras sufridos por la humanidad- ni a los males nuestros de cada dúa, el cristianismo tiene el atrevimiento de afirmar que Dios es amor: Deus caritas est. Es el mayor elogio que se puede hacer del amor.
Hace unos años se publicó una obra (seis volúmenes en alemán) titulada Historia criminal del cristianismo. Su autor, Karlheinz Deschner, un exsacerdote católico, volcó en su texto increíbles dosis de resentimiento. Se trató de un libro injusto que, como escribió H. Küng, no pasará a la historia. Lo correcto hubiera sido escribir una historia del cristianismo que se hiciera eco de sus luces y sus sombras. Por suerte la historia del cristianismo no es una “historia criminal”, aunque en ella haya habido crímenes. Por encima de las culpas históricas ha prevalecido el amor. Se le puede preguntar a los miles de sacerdotes, religiosas y laicos que consagran sus vidas a mitigar los males de tierras lejanas y cercanas. Solo desde esa entrega y compromiso se comprende la larga travesía del cristianismo. Si ha llegado hasta nosotros es porque es algo más que un abultado recuento de crímenes.
Por último: se reconoce al islam que su “fuerte” es la fe. Impresiona contemplar a los musulmanes inclinándose en oración cinco veces al día intentando unir Trascendencia e inmanencia. No sin razón los fenomenólogos de la religión consideran al islam el más perfecto paradigma de la auténtica actitud religiosa. Un musulmán afincado en los Estados Unidos cuenta que lo que más echa de menos de su país no son los guisos de su abuela sino el canto sobrecogedor del muecín. El islam es, también, música, sabiduría, mística, poesía. Corán significa “recitación”; el libro santo de los musulmanes, de similar extensión a la del Nuevo Testamento, goza de una veneración especial; su autoría se atribuye directamente al cielo: el arcángel Gabriel lo habría dictado al Profeta remitiéndose a un original depositado en el cielo.
Esta procedencia celestial explica el fervor con el que el Corán se adquiere en las librerías. El buen musulmán no pregunta “cuánto cuesta” el libro, sino que, humildemente, pregunta:”¿qué ofrenda tendría que aportar para llevarme el texto sagrado a casa?”. Una vez en casa, lo coloca en un atril especial que resalta la dignidad del libro santo. Los artífices de estos atriles gozan de gran consideración social en el islam. Finalmente: los musulmanes ciegos, y los que no saben leer, pasan diariamente sus dedos por un número determinado de páginas del Corán; de esta forma, al cabo del mes, habrán “leído” el libro entero.
La fe es la verdadera característica del islam, la virtud que más prevalece en él; casi se podría afirmar que la fe es “connatural” al islam, tanto como la esperanza al judaísmo y el amor al cristianismo. San Pablo declara solemnemente que “permanecen” las tres virtudes, aunque otorga mayor relieve al amor.
Finalmente: El amor que predica el cristianismo no es amor afectivo, emotivo, pasional. No es el amor que nos vincula con nuestros seres queridos. En el cristianismo, y en las demás religiones, amar a los demás es tenerlos en cuenta, contar con ellos, ser generoso, preocuparse por sus necesidades y problemas. Xavier Zubiri acuñó una frase feliz: “Hacerse cargo, cargar con y encargarse de la realidad”. Es una buena definición del amor cristiano. De hecho, Ignacio Ellacuría la aplicaba con frecuencia a la realidad de los pueblos latinoamericanos. Lo mismo, con insuperable brevedad, lo dijo el rabino Hillel: “Sé bueno, hijo mío”.
Todos los fundadores de religiones se atuvieron a la regla de oro, preferentemente en su formulación “no hagas a los demás lo que no desees que te hagan a ti”. H. Küng, en su escrito programático Hacia una ética mundial, lo formuló de esta otra forma: “todo ser humano merece un trato humano”. Y nos recuerda que la Humanidad ha llegado hasta nuestros días porque, aunque con prolongadas y dolorosas excepciones, se atuvo a los cuatro grandes preceptos que nos llegan desde la noche de los tiempos: no matar, no robar, no mentir, no cometer abusos deshonestos. Estamos ante formulaciones negativas del amor. En la defensa de estos mandamientos se dieron la mano pensadores y fundadores de religiones. José L. López Aranguren solía decir que no podría entender la solidaridad sin apelar a la fraternidad cristiana, en definitiva, al amor.
Concreciones del amor
Según Platón, una persona buena es aquella que prefiere sufrir la injusticia a infligirla a otros. Es “bueno” quien es solidario, quien se preocupa por los demás seres humanos. San Pablo lo expresó de una forma tan sencilla como impactante: quién sufre que yo no sufra con él, quién se alegra que yo no me alegre con él. Una frase de la que siempre se hicieron eco las mejores antropologías. Algo que solo es posible si, como solía decir Pere Casaldáliga, se emprende el último viaje con el corazón “lleno de nombres”, nombres por los que nos hemos preocupado en vida.
Pero ¿qué significa preocuparse por los demás?
- Ante todo, ser sensible a su vulnerabilidad. De nuevo, Platón: “todos somos indigentes”. Es la esencial y permanente precariedad humana. Su manifestación última es la muerte. Heidegger sentenció con acierto que la muerte no es solo el “final” de la vida, sino su permanente “amenaza”. Está siempre ahí, a la vuelta de cualquier esquina. La preocupación por los demás debería conducir a no ofenderles, ni menospreciales. Expresado positivamente: las relaciones humanas deben estar guiadas por la simpatía, el respeto y el amor.
- -Ser sensible a la autonomía de las otras personas. Todo ser humano es un fin en sí, no debe ser degradado a la categoría de mero medio. Su dignidad prohíbe todo género de manipulación. Todos somos inviolables. La consecuencia se impone: no considerar a nadie inferior por su raza, sexo, religión, o cultura.
- -Ser sensible al sufrimiento de los demás e intentar aliviarlo. Ha quedado para la historia el último encuentro entre los filósofos Marcuse y Habermas. Siempre habían intentado alcanzar un acuerdo sobre el fundamento último de la ética. Marcuse, ya muy enfermo, reveló, con aire casi triunfal, a Habermas en su última visita: Jürgen, ya sé cuál es el fundamento último de la ética: la compasión.
- -Ser sensible a la moralidad de las otras personas, valorar sus méritos y aprender de ellas. Ortega y Gasset lo dejó claro: “A ser juez de las cosas voy prefiriendo ser su amante”. Reemplazaba sí la severidad judicial por el acercamiento comprensivo y cordial. Algo cercano al “no juzguéis y no seréis juzgados”.
- -Ser sensible a la elegancia. La última glosa que escribió E. D'Ors fue sobre la elegancia. La ética empieza por la estética, por la elegancia. Elegancia que plasmó José M. Valverde en su valiente reacción ante la expulsión de Aranguren de su cátedra de ética. Valverde renunció a la suya, de estética, enviando a Aranguren el siguiente noble “mensaje”: “nulla aesthética sine ethica. Ergo apaga y vámonos”.
La elegancia no es un mero adorno. Sin ella -y vivimos tiempos en los que escasea- se deterioran las relaciones interpersonales, se crispa la política y, en general, se enrarece todo lo que se toca.
El impacto de un beso (Dostoievski)
El gran novelista ruso, en un conmovedor relato, narra el encuentro del inquisidor con Jesús de Nazaret. El encuentro, en una cárcel sevillana, culmina en un beso de Jesús, es decir, en el amor. Lo reproduzco libremente.
Es el gran inquisidor en persona quien, con una lámpara en la mano, se acerca a Jesús, le mira fijamente, y le pregunta: “¿Eres tú?”. A continuación, le reprende por haber vuelto: “No tienes derecho alguno a añadir nada a lo que ya dijiste en otro tiempo. ¿Por qué has venido a estorbarnos?”. Lo dicho en otro tiempo, la revelación, está ahora en manos del papa y de los obispos. Solo ellos tienen el poder y la libertad de interpretarla. El inquisidor informa a Jesús de que los cristianos han renunciado a la libertad que él predicó y se la han entregado a los depositarios del poder en la iglesia. La iglesia decide por ellos, determina lo que deben hacer, administra sus secretos. Y es que, prosigue el inquisidor, se ha demostrado que los hombres son incapaces de soportar la libertad. La libertad es un riesgo, un tormento. Por eso, la iglesia ha reemplazado la “libertad por la autoridad”. Lo de decidir es cosa de Dios y de sus representantes. El “rebaño” no sabe distinguir entre el bien y el mal. La libertad es un don “terrible” que ocasiona un sufrimiento infinito. Se comprende que los hombres renieguen de su libertad y soliciten que alguien se la administre. Jesús, piensa el inquisidor, no calculó bien las cosas: al otorgar la libertad a los hombres les exigió demasiado. Nadie está preparado para ser libre.
El prisionero escuchó en total silencio el alegato del gran inquisidor. Y renunció a su turno de réplica. De nuevo, como en los viejos tiempo, Jesús calló. Como única respuesta, señala Dostoievski, “se acercó a su interlocutor y le besó dulcemente en los labios, ya sin sangre, nonagenarios”. El experimentado inquisidor “sufrió un temblor” y solo supo dirigirse a la puerta, abrirla, y decir: “Vete y no vengas más […] no vengas de ninguna manera […] nunca, nunca más”. El prisionero salió y desapareció en la oscuridad de la noche sevillana.
La inquisición, en aquella noche sevillana, sufrió un duro revés. Una fuerza mayor que ella, el amor, tuvo la última palabra. Voltaire habría disfrutado con esta genialidad literaria de Dostoievski. Y es que Voltaire, apostrofado como “el secretario del infierno” por el clero de su tiempo, escribió “El amor al género humano es virtud desconocida a los mentirosos, a los pedantes que discuten y a los fanáticos que persiguen”. Y añadió: “Todo el que persigue a un hombre porque no es de su opinión es un monstruo. Esto está bien claro”. El gran inquisidor no lo tenía tan claro, pero Jesús de Nazaret sí.
Un canto a la fraternidad universal
El genuino símbolo de la Ilustración europea, el Himno a la alegría, de Schiller, convertido por Beethoven en canto revolucionario, expresó de modo feliz la fraternidad universal: ¡Todos los hombres serán hermanos!
No se trataba de una efusión sentimental. Schiller y Beethoven pusieron letra y música al núcleo del programa emancipatorio ilustrado. La Ilustración tuvo un sueño: que todas sus conquistas llegasen a toda la humanidad. Su gran sueño fue la fraternidad universal. Y es que la humanidad es nuestro común denominador, el único título que nos pertenece a todos por igual. “Recuerda tu humanidad y olvida todo lo demás”, escribió B. Russell. Eso sí: Una misma humanidad que, sin embargo, no dispone de las mismas medicinas, ni de las mismas posibilidades educativas, ni de una alimentación igualmente rica en proteínas, ni de la misma protección jurídica. Ni siquiera dispone de una vivienda digna.
Esta apelación a nuestra común condición humana queda gráficamente reflejada en el “apuro” en el que se vio Víctor Hugo. Se cuenta que en el trascurso de un homenaje fueron desfilando ante él los embajadores de diferentes países. Para cada uno de ellos tenía el autor de Los miserables una palabra de reconocimiento. Ante el embajador de Alemania exclamó: “Alemania, oh, Goethe”, ante el de España: “España, oh, Cervantes”, ante el de Italia: “Italia, oh, Dante”, ante el de Inglaterra: “Inglaterra, oh, Shakespeare”. El “apuro” llegó cuando se presentó ante él el embajador de un país (digamos Laponia) del que Víctor Hugo no sabía nada. El gran literato francés tuvo una “salida” que bien merece servir de cierre a nuestra reflexión Sobre el amor: “Laponia, oh, la humanidad”, exclamó Víctor Hugo. Bien sabía él que el acierto estaba asegurado. La humanidad es, en efecto, nuestro común distintivo. Y el amor a ella una especie de imperativo categórico. Sin él, sería imposible la vida sobre la tierra.
