Última hora:
Todo sobre Venite Ad Me

Avanzar marcha atrás

¿La Iglesia del futuro?
¿La Iglesia del futuro? | Agustín de la Torre
Jose Antonio Eiró Otero, sacerdote de la diócesis de Tui-Vigo
24 oct 2026 - 00:09

«Hasta los huevos de esperar un milagro, cansado de avanzar marcha atrás…».

Robe Iniesta escribe con Leiva la canción Caída libre. Hay frases que, por una razón que a veces no sabemos explicar, se quedan dentro de nosotros y nos ayudan a reflexionar para buscar sentido a la vida.

Caida libre
Caida libre

Avanzar marcha atrás es contradictorio, pero seamos realistas, ¿qué vida no experimenta siempre esa tensión constante? Es querer llegar a un lugar nuevo sin abandonar aquello que nos impide llegar a él. Porque la vida no es algo cerrado, sino que la vida es proceso, es un “ir haciendo camino” como diría Machado. La vida es aprendizaje, experiencia, descubrimiento y también es capacidad de rectificar. El problema no está en la carga que llevamos, sino en saber cuándo llegó el momento de soltar esa carga.

Como persona creyente y como cura, a veces tengo esa sensación cuando miro a la Iglesia de la que formo parte. La Iglesia avanza, y sería injusto negar los muchos pasos que se han dado en las últimas décadas, pero también tengo la impresión de que, en algunos asuntos, avanzamos mirando demasiado hacia atrás; como si quisiéramos abrir nuevos caminos sin atrevernos a soltar completamente aquello que seguimos llevando a nuestras espaldas, como un supuesto signo de fidelidad.

Decir que la Iglesia no cambia sería falso; ¡cambió mucho! El Concilio Vaticano II abrió puertas que durante siglos parecían difíciles de abrir. Recuperamos la conciencia de que la Iglesia es Pueblo de Dios, reconocimos con mayor claridad la dignidad y la responsabilidad de los laicos, volvimos a situar la Palabra de Dios en el centro, aprendimos a hablar de diálogo, de corresponsabilidad, de participación y más recientemente, de sinodalidad. Francisco puso en el corazón de su pontificado la imagen de una Iglesia en salida, capaz de abandonar la comodidad de sus seguridades para acercarse a las periferias humanas y existenciales. Evangelii Gaudium se convirtió, en este sentido, en una llamada permanente a una conversión pastoral que no se contente con mantener el “siempre se ha hecho así”, sino que pregunte si aquello que hacemos sigue siendo realmente una expresión del Evangelio.

Con todo, permanece a veces esa sensación de avanzar marcha atrás. Como si una parte de la Iglesia hubiera comprendido que necesita abrirse, mientras otra parte sigue agarrada a las mismas seguridades que le permitieron sobrevivir durante siglos; como si fuéramos capaces de pronunciar palabras nuevas utilizando las categorías de siempre; como si quisiéramos hablar de sinodalidad manteniendo intactas determinadas formas de entender el poder; como si habláramos de corresponsabilidad sin acabar de asumir sus consecuencias; como si quisiéramos una Iglesia abierta a la realidad, pero nos asustase la realidad cuando no coincide con los esquemas que construimos para explicarla.

Pienso en esto cuando recuerdo el libro de Robert Fisher El Caballero de la Armadura Oxidada. El protagonista lleva una armadura que inicialmente parece cumplir una función: protegerlo, hacerlo fuerte, ofrecerle una determinada imagen de sí mismo frente al enemigo, pero poco a poco aquello que había sido una protección se convierte en prisión. La armadura acaba oxidándose sobre su cuerpo y llega un momento en el que ya no es capaz de quitársela. Lo que un día le sirvió para defenderse termina impidiéndole vivir plenamente.

Libroi de Robert Fisher
Libroi de Robert Fisher

Esta metáfora que bien podemos aplicarla a la vida y a muchos procesos de curación y de sanación interior, podemos aplicarla a la Iglesia. Ella misma, en muchas ocasiones construyó (y sigue construyendo) armaduras. Algunas cuidaron la fe en momentos de dificultad; otras ayudaron a organizar la vida de la comunidad; otras nacieron como respuesta a circunstancias históricas concretas. Pero el paso del tiempo puede hacer que olvidemos para qué se construyeron y cuando una institución acaba identificando su propia armadura con su identidad, cualquier intento de retirarla puede ser percibido como una amenaza a su existencia.

El propio Vaticano II reconoce la necesidad de una renovación continua de la Iglesia y habla de su necesidad permanente de purificación. No es una traición a la tradición preguntarse si determinadas formas continúan ayudando a realizar de manera plena nuestra misión. A veces, precisamente por amor a la tradición, hay que distinguir entre lo que pertenece al corazón de la fe y las formas históricas con las que hemos ido expresando y concretando esa fe.

Quizás la Iglesia, como el caballero de Fisher, también esté llamada a descubrir que su madurez no consiste en hacer una armadura cada vez más resistente, sino en aprender cuándo puede y debe quitársela. Porque la vida es un proceso abierto, no somos personas acabadas. En el segundo libro de Fisher, El regreso del Caballero de la Armadura Oxidada, el camino continúa precisamente por eso: quitarse la armadura no significa tener resuelta la vida. La transformación no es un acontecimiento puntual, sino un proceso, y esto es especialmente importante cuando hablamos de vocaciones. Para mí hay tres pilares fundamentales a la hora de abordar estas cuestiones: qué entendemos por ministerio, cómo tratamos la afectividad y hablando del ministerio ordenado, si tiene sentido mantener el celibato como imposición y no como una opción libre (don que se recibe) de vida al servicio del ministerio.

Empezaría por una intuición básica que siempre intenté transmitir a la gente que tuve que acompañar como párroco: La Iglesia no es el clero, sino que la Iglesia es el Pueblo de Dios que camina por el mundo adelante.

Todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo y todos estamos llamados a participar en la misión de la Iglesia. Lumen Gentium habla del sacerdocio común de los fieles y recuerda que los bautizados, incorporados a Cristo por el Bautismo, participan de su misión sacerdotal, profética y real. Esto significa que el laico no es simplemente “alguien que ayuda” al sacerdote; es miembro pleno de la comunidad cristiana y tiene una responsabilidad propia en la misión evangelizadora. Quizás necesitemos pasar de una Iglesia en la que los laicos son invitados a colaborar, a una Iglesia en la que los bautizados son verdaderamente corresponsables (¿no sería esta acaso la forma de Sinodalidad más auténtica y genuina?). No se trata de quitar espacio al sacerdote, sino de dejar de pensar que el sacerdote debe ocupar todos los espacios; no se trata de clericalizar a los laicos, sino de desclericalizar la Iglesia.

Celibato opcional
Celibato opcional

Por eso, cuando hablamos de ministerios, deberíamos abandonar definitivamente una visión piramidal en la que unos parecen estar por encima y otros por debajo. Hay ministerios diferentes, servicios diferentes, vocaciones diferentes. No todos son iguales, porque no todos realizan la misma función; pero tampoco por eso unos son más dignos o más importantes ante Dios, sino complementarios y llamados a coexistir en un mismo cuerpo, en una misma Iglesia.

Otro de los temas que me parecen fundamentales para la reflexión son la afectividad y unido a esta el celibato opcional dentro del ministerio ordenado.

Porque a veces actuamos como si la ordenación sacerdotal fuera el punto final de una etapa más que vivimos. Un sacerdote sigue siendo persona; un obispo sigue siendo persona; una religiosa o religioso siguen siendo personas. La vocación no elimina la humanidad y la llamada de Dios no nos hace inmunes a nuestras propias contradicciones.

Resulta interesante el artículo de María Noel Firpo titulado «Más allá de la orientación sexual: el verdadero desafío del discernimiento vocacional». Ella, desde su perspectiva como psicóloga, formula una cuestión que considero fundamental: quizá deberíamos prestar más atención a la madurez afectiva de las personas llamadas al ministerio y no reducir el discernimiento a determinadas características o comportamientos.

La cuestión decisiva no debería ser simplemente quién desea a quién, sino cómo esa persona vive el deseo, la soledad, la intimidad, la frustración, los límites, la admiración, el rechazo y el poder, en definitiva, cómo ama. Forma parte de la identidad, de las relaciones, de la manera de entablar vínculos y de la capacidad para vivir en libertad, y esto afecta a todos, independientemente de la orientación sexual.

Esta perspectiva nos permite evitar una simplificación: identificar orientación sexual y capacidad para vivir el celibato. No toda heterosexualidad es sinónimo de madurez y no toda homosexualidad es sinónimo de inmadurez. Lo que importa es la capacidad de la persona para vivir sus vínculos afectivos con libertad, responsabilidad y respeto por la libertad de los demás. Un celibato vivido como vocación tendrá que integrar todas esas dimensiones y convertirlas en una manera nueva de amar y de servir. Pero eso exige un proceso, libertad, acompañamiento, pero, sobre todo, capacidad para reconocer las propias necesidades y límites.

Celibato
Celibato

La reflexión de Eugen Drewermann es especialmente sugerente en su análisis sobre la psicología del sacerdote, la afectividad y las estructuras de poder dentro de la Iglesia. Drewermann formula críticas muy duras a la manera en la que la institución eclesial aborda determinadas cuestiones relacionadas con la sexualidad y la vida afectiva de sus ministros. Podemos discrepar de sus interpretaciones, pero no deberíamos ignorar las preguntas que formula.

José Carlos Enríquez Díaz recupera algunas de estas cuestiones en el artículo «¿Es el celibato obligatorio un factor de riesgo? Lo que Drewermann nos enseñó sobre el abuso y el poder».

Pero que el celibato no sea la causa de los abusos no significa que no podamos preguntarnos por la manera en la que una determinada cultura eclesial acompañó (o no acompañó) la afectividad de sus ministros. Durante mucho tiempo existió en la Iglesia una cierta dificultad para hablar abiertamente de sexualidad, soledad, vulnerabilidad y necesidades afectivas.

Por eso una Iglesia que quiera custodiar de verdad sus vocaciones tendrá que aprender a acompañar a las personas también en su humanidad. La vulnerabilidad no debe ser entendida como una amenaza a la vocación, sino como una dimensión de la vida humana que necesita ser integrada y cuidada. Necesitamos pasar de la cultura de la perfección a la cultura del acompañamiento, y es precisamente en este punto donde la cuestión del celibato puede ser formulada de una manera diferente. No se trata de preguntarnos si el celibato es bueno o malo, como tampoco negar el valor que puede tener para quien lo recibe como vocación, ya que hay personas llamadas a vivir el celibato y que lo viven con una libertad y una fecundidad extraordinarias. El celibato puede ser un verdadero don para la Iglesia y para quien lo vive. La pregunta es otra: ¿es necesario que ese don sea recibido por todos aquellos que son llamados al ministerio ordenado?

Aquí entramos en un terreno en el que la tradición bíblica y eclesial ofrece elementos para pensar. Pablo, al hablar del matrimonio y del celibato, reconoce la diversidad de los dones: «Cada uno tiene su propio don de Dios: unos de una manera y otros de otra» (1 Cor 7,7). No hay uniformidad en la vocación cristiana, hay diferentes maneras de responder a la llamada de Dios.

Aquí está una de las cuestiones que más necesitamos revisar como Iglesia: confundimos demasiadas veces unidad con uniformidad. Pensamos que para formar parte del mismo cuerpo tenemos que responder todos al mismo modelo, pero la lógica de Pablo parece ser otra: un solo cuerpo, muchos miembros; un solo Espíritu, diferentes dones; una misma misión, diferentes servicios.

Si tomamos en serio esta visión, entonces podemos formular la opcionalidad del celibato como una propuesta de discernimiento y no como una negación de su valor. Quizás llegó el momento de considerar que el celibato pueda ser una opción vocacional dentro del ministerio ordenado y no necesariamente una condición obligatoria para todos aquellos que son llamados a él y no para quitarle valor, sino para devolverle el carácter de don. Porque si convertimos un don en requisito, corre el riesgo de dejar de ser percibido como tal. Si Dios llama de maneras diferentes y reparte sus dones de maneras diferentes, no parece absurdo preguntarnos si también puede haber diferentes formas de vivir el ministerio.

Celibato
Celibato

La historia de la Iglesia muestra que la relación entre matrimonio y ministerio no fue siempre idéntica en todas partes. Las Iglesias católicas orientales conservan tradiciones en las que hombres casados pueden recibir la ordenación sacerdotal bajo determinadas condiciones. Esto no invalida la tradición latina ni obliga a adoptar automáticamente otro modelo, pero sí nos recuerda que el celibato sacerdotal obligatorio en la Iglesia latina pertenece a la esfera de la disciplina eclesial y de la historia, y no puede identificarse sin más con una exigencia universal establecida por Jesús para todos los ministros.

Pablo VI, en la Sacerdotalis Caelibatus, defendía el valor del celibato sacerdotal como expresión de la entrega al Reino y del servicio a la Iglesia y podemos aceptar esa defensa sin concluir necesariamente que la única manera de valorar el celibato sea mantenerlo como condición obligatoria. Es perfectamente posible afirmar su positividad y al mismo tiempo, preguntarnos si debería coexistir con otras formas de vida ministerial.

El artículo de José Carlos Enríquez Díaz «Sacerdotes casados, sí… pero ¿para qué Iglesia? De la reforma superficial a la conversión evangélica», habla de si la simple incorporación de sacerdotes casados serviría realmente para transformar la Iglesia o si podría acabar siendo una reforma superficial. La pregunta es importante porque requiere mirar más allá del celibato. Por eso la cuestión de fondo no es simplemente si queremos sacerdotes célibes o casados, sino qué tipo de ministro queremos y qué tipo de Iglesia queremos construir.

Jesús no presentó el ministerio como una posición de privilegio, «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27). Esta frase debería ser el centro de cualquier reflexión sobre el futuro del ministerio ordenado. El sacerdote no es más importante por ser sacerdote; su ministerio es importante porque está llamado a servir, y si el ministerio pierde su carácter servicial y se convierte en poder, prestigio o autoritarismo, entonces ya no estamos en el camino de Jesús. El desafío consiste en construir una Iglesia en la que el ministerio ordenado sea realmente un servicio dentro de una comunidad adulta, corresponsable y plural.

Francisco habló contra el clericalismo e insistió en que el camino de una Iglesia sinodal pasa por reconocer la dignidad y la responsabilidad de todos los bautizados. La sinodalidad, si quiere ser algo más que una palabra de moda, tendrá que modificar también la manera en la que entendemos el ejercicio de la autoridad y la distribución de las responsabilidades dentro de la comunidad. Porque una Iglesia adulta es una Iglesia en la que la autoridad se entiende como servicio y no como dominación. No necesitamos eliminar los ministerios; necesitamos liberarlos de todo aquello que los convierte en espacios de poder. Necesitamos impedir que las diferencias se transformen en jerarquías de dignidad. El reto no es hacer que todos encajen en el mismo molde, sino aprender a vivir la unidad sin destruir la diversidad.

La Iglesia no es una comunidad en la que unos tienen más dignidad que otros, insisto, la Iglesia es el Pueblo de Dios en el que todos los bautizados participan de una misma dignidad y en el que existen diferentes dones, servicios y carismas. La diversidad no rompe la unidad; forma parte de la riqueza de la propia Iglesia y aceptar esto requiere madurez. Porque la vida es un proceso abierto y la Iglesia también. Lo que hoy consideramos evidente fue en otro momento una novedad y algunas cosas que en otro momento fueron necesarias pueden necesitar hoy ser repensadas.

Evangelio
Evangelio

Francisco ofrece una clave importante: «la realidad es superior a la idea». La realidad de los sacerdotes, de las familias, de las comunidades, de los jóvenes, de las personas que se alejaron de la Iglesia, de las personas que se sintieron excluidas, de las personas que viven su afectividad de maneras diferentes, debe entrar en nuestro discernimiento para permitir que el Evangelio se encarne en la realidad. Porque el cristianismo no es teoría sobre la vida, sino Dios entrando en la misma vida.

El verdadero milagro que estamos esperando no sea que alguien venga a decirnos cómo debe ser la Iglesia del futuro. El milagro consiste en que tengamos la valentía suficiente para dejar que el Evangelio nos vuelva a sorprender. Ese Evangelio sigue siendo capaz de abrir caminos que aún no sabemos exactamente cómo serán.

Quizás tengamos que dejar de esperar que el milagro consista en que todo vuelva a ser como antes porque la vida no funciona así. El milagro de la resurrección no fue devolver a Jesús a la vida que tenía antes de la cruz, sino abrir un futuro nuevo.

Una Iglesia en la que los diferentes carismas y ministerios no compitan por espacios de poder, sino que se reconozcan mutuamente como dones para un mismo cuerpo. Una Iglesia en la que los laicos descubran plenamente la responsabilidad que nace del Bautismo. Una Iglesia en la que el sacerdote pueda vivir su ministerio como servicio y no como posición. Una Iglesia en la que el celibato pueda ser recibido como don por aquellos que son llamados a vivirlo y donde podamos preguntarnos si debe continuar siendo una condición universal para todos los que reciben el ministerio ordenado.

Una Iglesia en la que la afectividad no sea un lugar de sospecha, sino lugar de maduración. Una Iglesia que acompañe a sus ministros en las fragilidades. Una Iglesia que no tenga miedo de reconocer que todos estamos en camino.

Puede que el milagro no sea una Iglesia que cambie, sino que se parezca más a Jesús: sencilla, humana, abierta, corresponsable, libre y capaz de abrir sus puertas, compartir su mesa y hacer sitio para todos aquellos que buscan un lugar donde poder vivir, creer, madurar y caminar.

Entonces, dejemos de estar cansados de esperar el milagro, porque descubriremos que el milagro no está en que Dios haga algo o todo por nosotros, sino en que nosotros tenemos la valentía de quitarnos la armadura y dejar que el Evangelio vuelva a hacer de nosotros una Iglesia nueva, una Iglesia que avance, pero esta vez, hacia adelante.

Las noticias de Religión Digital, todas las mañanas en tu email.
APÚNTATE AL BOLETÍN GRATUITO

También te puede interesar

Lo último

stats