Cambio de época (II): La Iglesia
"Parte de la misión de la Iglesia es revelarse ante la injusticia, la mentira y la guerra. Y aún con temor, cumplir su tarea de ser los brazos humanos del corazón de Dios"
En la primera entrega tratábamos de contextualizar esa expresión, que, decíamos, pertenece al Papa Francisco y que utilizó en Evangelii Gaudium, su primer documento propio, donde deja constancia de su camino y de su proyecto.
En el número 52 de ese texto usa la expresión casi sin darse cuenta, diría. La aplica como una obviedad al explicar cuáles son las cosas de este tiempo en este mundo que constituyen situaciones a tener en cuenta a la hora de abordarlas como una realidad y el coraje que implican.
En el séptimo párrafo dice: “Este cambio de época se ha generado por los enormes saltos cualitativos, cuantitativos, acelerados y acumulativos, que se dan en el desarrollo científico, en las innovaciones tecnológicas y en sus veloces aplicaciones en los distintos campos de la naturaleza y de la vida. Estamos –concluye- en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo” (EG 52).
Es una frase que hay que releer a la luz del tiempo transcurrido –EG está fechada en 2013- para comprender que contiene un altísimo grado de profecía.
La expresión es retomada por Francisco durante el saludo de Navidad a la Curia Romana el 21 de diciembre de 2019.
Allí aplica la expresión específicamente a la tarea anunciadora de la Iglesia en la mismísima Curia Vaticana.
Allí mismo cita a santo cardenal Newman y es donde agradece por los servicios prestados al cardenal Sodano.
Para entrar en detalle a ese discurso quien esto escribe aportó algunas ideas en una columna publicada por Religión Digital el 11 de julio de 2024 (ver: “El cambio de época … y una pregunta”), por lo que aquí se pretenden solamente algunos párrafos específicamente referidos a la Iglesia.
Francisco ha dejado claro que en esta nueva época la tarea siempre vigente de la Iglesia de anunciar a Jesucristo muerto y resucitado implica el compromiso de todo bautizado de asumirse como discípulo misionero, abierto a todos, dispuesto a renovar en la oración y en el día a día el encuentro personal con el Señor “que no ha venido a ser servido sino a servir”.
La dimensión diaconal de todo ser humano como constructor de sociedades sanas se hace misión para los creyentes en Jesús e hijos de la Iglesia, porque “nadie se salva solo”, porque la comunidad exige y necesita de todos y por ende constituye a la Iglesia como madre que sale a ayudar especialmente a los pobres, abandonados y descartados.
La Iglesia que pretende Francisco –inspirado por el Espíritu Santo- es la misma que muestran los Evangelios; dinámica, disponible, sin miedo a salir herida por servir, más cerca de anunciar a Cristo con los hechos que con los discursos, sin temor a apostar por la dignidad de toda persona que a instalarse al calor de una hoguera o en las comodidades que compra el dinero.
También en este espacio se ha dicho en su momento que hay que defender la acción de la Iglesia cuando cuida, denuncia, actúa y se juega.
Que lo peor que le pudo y le puede pasar a la Iglesia es ser incluida entre las demás instituciones sociales y cívicas, con apariencia de respeto y pluralidad, cuando en realidad lo único que se consigue y que beneficia a unos pocos pulpos fagocitadores, es que al pronunciarse, se la tome como una opinión más.
Y así estamos: a la Iglesia se la considera una instancia más de la vida institucional del planeta. Con nuestro querer integrarnos hemos perdido la dimensión profética; hemos cambiado la parresía por el miedo a quedarnos sin beneficios.
La Iglesia es de institución divina, pero no es una institución más.
Parte de su misión es revelarse ante la injusticia, la mentira y la guerra. Y aún con temor, cumplir su tarea de ser los brazos humanos del corazón de Dios.
La Iglesia no es una institución como otras. Quienes lo propusieron y quienes desde adentro lo aceptaron han vendido una vez más al Señor de la Vida por 30 monedas … o menos.
La Iglesia sólo cumple su tarea cuando aún con harapos humanos sigue siendo levadura en la masa que hace crecer desde su poquedad, desde su autoridad fundada en la fidelidad, no solamente a Dios sino a la dignidad de cada persona, de toda persona, de todas las personas, de todos todos todos.
Hace unos días el Papa León XIV, que muestra cada día señales de que el vislumbre de su antecesor lo ilumina, recibiendo a los Legionarios de Cristo, les hablaba de la necesidad de ser fieles al carisma.
Y seguramente este modo tan especial del Papa dará su fruto; a la Iglesia la guía el Espíritu Santo.
Aunque cabe preguntarse si en un movimiento nacido desde la corrupción probada de su fundador no sería mejor acompañada desde desafíos más reales y críticos.
Lo mismo con los movimientos anti Iglesia de corte conservador, incluyo a los cismáticos lefevristas, al Opus Dei, al Verbo Encarnado y a tantos otros que se oponen a esta eclesiología originaria tan claramente expresada por Francisco y laborada por León.
En nombre de la Tradición cuestionan sobre todo normas formales y rigurosas desde donde explican lo que debe ser para ellos la Iglesia:
Maestra incuestionable
Indudable en sus afirmaciones
Irreductible en sus condenas
Rigurosa y única guardiana de la verdad
Moralmente juez y parte
Que condena a quien no cumple sus normas
Manipuladora de la culpa
Y anticipa así la condena eterna a los “infieles”.
Esa no es la Iglesia de Cristo. La Católica Apostólica Romana.
Esos movimientos más absolutistas que el Absoluto despeñan la esperanza de un Dios que se encarnó para todos sin poner condiciones, que escuchaba a todos más que llenar los espacios de palabras y afirmaciones de dudosa procedencia y que cree en la libertad aunque incluya equivocaciones, redimidas en la cruz y en los sacramentos.
Esos movimientos aunque estén adentro de la Iglesia Católica no se comportan como quiso su fundador.
Estamos en tiempos de cambio de época, donde ya se impone decir las cosas tal y como son, o al menos aproximadas, donde “la vida se toma como viene”.
Donde por fin se entienda que la misericordia triunfa sobre el juicio sin que eso sea minimizar la Justicia sino reivindicarla.