Ceuta, espejo de una humanidad sin rumbo

Cuando la inmigración se convierte en arma política y los migrantes dejan de ser personas

Jóvenes migrantes cruzando la frontera en Ceuta
Jóvenes migrantes cruzando la frontera en Ceuta | EFE
Evaristo Villar
08 ago 2026 - 13:50

Un niño marroquí de doce años llora ante los soldados españoles. Está a pocos metros de la frontera y suplica que no lo devuelvan a Marruecos. Un teniente coronel detiene la repatriación cuando algunos vecinos advierten que es menor. El niño queda finalmente bajo custodia de la Guardia Civil. La escena, grabada el 3 de agosto, dura apenas unos segundos, pero contiene toda la crisis de Ceuta: miedo, frontera, poder, ciudadanía vigilante y una infancia obligada a defender por sí misma su derecho a ser protegida.

¿Dónde ponemos la mirada? Porque el lugar desde el que se observa decide lo que se ve. Desde un despacho aparece una “avalancha”; desde una sede electoral, una oportunidad; desde una cancillería, un instrumento de presión; desde la orilla, en cambio, se ve a una persona que se ahoga.

La batalla de los relatos

Entre el 30 de julio y los primeros días de agosto, unas 72.000 personas, según la última estimación del Ministerio del Interior, entraron en Ceuta desde Marruecos. Muchas llegaron a nado; otras atravesaron el paso fronterizo en medio de una multitud. Una combinación de desesperación social, relajación de los controles marroquíes y rumores difundidos por Instagram, Facebook y TikTok hizo creer a miles de jóvenes que España había abierto la frontera. Autobuses, trenes y taxis se llenaron en pocas horas con dirección a Castillejos.

Rescate en Ceuta
Rescate en Ceuta | ANSA/SIR

A 5 de agosto, las autoridades españolas habían recuperado 78 cuerpos en sus aguas. Marruecos reconocía oficialmente 11 muertes, aunque Caminando Fronteras afirmaba haber documentado 63 cadáveres en morgues marroquíes, lo que elevaría a 141 el balance conjunto. Las cifras, por tanto, siguen siendo provisionales y controvertidas. Interior calcula que unas 70.000 personas han regresado a Marruecos; la Delegación del Gobierno estima que permanecen en Ceuta alrededor de 2.500, entre ellas unos 500 menores no acompañados.

Las cifras describen la magnitud, pero pueden ocultar la tragedia. “Ciento cuarenta y un muertos” es una tragedia humana; ciento cuarenta y un nombres deberían ser una acusación en regla. Detrás de cada cuerpo hay una madre que llama a un teléfono apagado, una familia que recorre hospitales y morgues, una ausencia que quizá nunca llegue a tener tumba.

Todos miramos, pero no vemos lo mismo

Marruecos contempla Ceuta como territorio propio o cuando menos en disputa, moneda diplomática y válvula de escape para su malestar juvenil. España la mira como frontera exterior que debe defender, emergencia humanitaria que ha de administrar y flanco político que aviva la oposición hasta el límite de a crueldad. La Unión Europea ve una brecha en su perímetro y responde con barreras cada día más fuertes, retornos masivos, vigilancia severa y acuerdos vergonzantes con terceros países. Su primera pregunta suele ser cómo impedir que entren, no por qué arriesgan la vida para salir.

Un joven subsahariano intenta cruzar a Ceuta desde Marruecos
Un joven subsahariano intenta cruzar a Ceuta desde Marruecos | EFE

Dentro de España, el drama queda atrapado en la polarización. Unos acusan al Gobierno de imprevisión y debilidad; otros denuncian la utilización política de Marruecos; algunos convierten a toda persona migrante en amenaza y otros reducen el problema a una actitud compasiva. Las comunidades autónomas discuten el reparto de menores como si se repartieran cargas administrativas, olvidando que un menor no es una competencia incómoda. Es un sujeto de derechos amparado por ley.

Frente a la gravedad actual se echa de menos una palabra profética más unánime y convincente, inmediata y libre de cálculos institucionales

También las Iglesias miran de manera desigual. En la base encontramos comunidades, Cáritas, parroquias y personas voluntarias que acogen, alimentan y acompañan. La Iglesia de Cádiz y Ceuta ya había advertido de que el CETI, con 412 plazas, llegó a albergar alrededor de 800 personas y de que los centros de menores sufrían una sobreocupación del 422 %. Pero frente a la gravedad actual se echa de menos una palabra profética más unánime y convincente, inmediata y libre de cálculos institucionales. No basta la asistencia silenciosa cuando los gestos, las palabras y las leyes están deshumanizando a las víctimas.

Una geopolítica sin seres humanos

Europa ha externalizado progresivamente sus fronteras. Paga, negocia o presiona a países de tránsito para que contengan a quienes intentan llegar. Marruecos es presentado como “socio estratégico y fiable” cuando vigila eficazmente y como adversario desleal cuando afloja el control. Las personas migrantes quedan así convertidas en materia de negociación: cuerpos utilizados para obtener financiación, reconocimiento diplomático o ventajas territoriales.

Esta política puede reducir temporalmente las llegadas, pero no elimina las causas: desempleo juvenil, desigualdad, guerras, persecuciones, crisis climática y ausencia de vías legales. Cuando no existen caminos seguros, crecen los rumores y las mafias. Un vídeo falso puede movilizar a miles porque antes existe una esperanza desesperada dispuesta a creerlo.

Llegada de migrantes a Ceuta
Llegada de migrantes a Ceuta | Efe

La frontera necesita orden, identificación y seguridad; negar esto sería irresponsable. Pero el control debe respetar el derecho de asilo, la prohibición de devoluciones colectivas, la protección específica de los menores y el principio de no devolución de quien pueda sufrir persecución o trato inhumano. Seguridad y derechos humanos no son alternativas: una seguridad que prescinde del derecho se convierte en violencia administrada.

¿Quién está mirando desde las víctimas?

Miran desde ellas las familias que buscan con dolor y angustia a sus desaparecidos; los supervivientes que cuentan cómo vieron morir a sus compañeros; los miembros de Salvamento Marítimo, Cruz Roja y Guardia Civil que se lanzan al agua; los sanitarios que reciben cuerpos sin nombre; los vecinos que ofrecen comida o impiden que un niño sea tratado como adulto; las organizaciones de derechos humanos, los periodistas que recuperan nombres y biografías y las comunidades cristianas que mantienen siempre abierta una puerta.

Ellos recuerdan que la pregunta decisiva no es solamente quién permitió el paso (en este caso suficientemente claro), quién difundió el rumor o quién obtiene ventaja política (que suele acabar, como deseamos, en boomerang para quienes lo promueven). La pregunta fundamental es otra: qué habrían necesitado esas personas para no ponerse en manos del mar.

El Evangelio no ofrece un programa técnico de fronteras, pero sí establece desde dónde debe elaborarse: “Fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). Y en la parábola del samaritano Jesús desplaza la cuestión: no pregunta quién merece ser considerado prójimo, sino quién se hizo realmente prójimo del hombre abandonado al borde del camino (Lc 10,25-37). Hoy ese borde se llama Tarajal.

La verdadera emergencia

Ceuta necesita recursos inmediatos, cooperación leal y no vergonzante griterío entre administraciones, protección de los menores, identificación digna de los muertos, información rigurosa contra los bulos y una distribución solidaria de la acogida. A medio plazo, España y Europa deben abrir vías legales, reforzar el asilo, cooperar con los países de origen sin convertirlos en gendarmes y afrontar las causas económicas y políticas de la emigración.

Pero aún falta algo anterior: aprender a mirar.

La crisis de Ceuta no empezó cuando miles de personas cruzaron la frontera. Empezó cuando aceptamos que unos seres humanos puedan ser utilizados como arma por los Estados, como munición por los partidos, como audiencia por las redes y como amenaza por sociedades asustadas.

No son ellos quienes han puesto en crisis nuestra civilización. Son ellos, precisamente, quienes han revelado que ya estaba en crisis. El cadáver que llega a la playa no trae consigo el fracaso de África: devuelve a Europa, como un espejo, el rostro que Europa no quiere reconocer.

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