"El corazón antes que la etiqueta…" A propósito de James Martin, SJ
"El debate de la homosexualidad en el sacerdocio debería basarse en la autenticidad de la vocación… Si ante Jesús lo que edifica y salva es el amor, ¿por qué tendemos a juzgar por el molde y no por lo que hay en el corazón?"
Hoy he leído un artículo de James Martin, titulado «¿Deberían los hombres homosexuales (célibes) ser ordenados sacerdotes?», publicado en Religión Digital el 24 de julio, y debo reconocer que comparto buena parte de las palabras de este jesuita.
El artículo se basa en un documento titulado «¿Los conoces como dignos?», elaborado por el reverendo Thomas V. Berg y el psiquiatra Timothy G. Lock, en el que resumen las conclusiones de un estudio que encargó el Instituto McGrath para la Vida Eclesial de la Universidad de Notre Dame al Centro de Investigación Aplicada en el Apostolado de la Universidad de Georgetown sobre «cómo las diócesis y los seminarios evalúan la idoneidad de los seminaristas para la ordenación».
Otra vez más tenemos el debate de la homosexualidad sobre la mesa. Pero creo, sinceramente, que es un debate muy mal enfocado, ya que no debería basarse en «etiquetas», sino en la autenticidad de la vocación.
Un sacerdote debe ser un pastor, un guía, humilde y presto a las necesidades del pueblo.
De hecho, si vamos a la Sagrada Escritura, se nos dice «Os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia». (Jer 3,15) Y el mismo Jesús se define «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas». (Jn 10,11-16) Asimismo, el papa Francisco durante la Misa Crismal de Jueves Santo, en el año 2013, pidió a los sacerdotes «sed pastores con olor a oveja».
El Señor busca en sus sacerdotes pureza de corazón, humildad, disponibilidad, entrega.
Y también capacidad para ser fieles a sus promesas y sus votos. «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». (Mt 16,24-28)
Y hay una cruz que para muchos y muchas consagrados es la renuncia más difícil: la castidad y el celibato, ya que no solo implican una renuncia física al matrimonio y al sexo, sino también al afecto amoroso.
Esta renuncia es difícil y hay que trabajar en ella cada día.
Pero da igual que seas homosexual o heterosexual en cuanto a castidad se refiere. Es el mismo requisito para todos.
Si de lo que se trata es de renuncia y de entrega total a Dios, la orientación sexual pasa a un segundo plano como característica de la personalidad. En este caso, lo que cualifica o no a una persona para consagrarse a Dios es la pureza de su vocación y de su llamada. El resto son discriminaciones a las que habría que buscar un porqué.
Del mismo modo, desde la Iglesia se habla de que la homosexualidad altera la «paternidad espiritual» y la afectividad que requiere el sacerdocio. Con todo el respeto del mundo me gustaría que este sí fuese uno de los estándares a medir tanto en la formación inicial como en los sacerdotes que ya están ejerciendo. La paternidad espiritual no se abraza por una condición sexual, sino por el ejemplo, el trato, la confianza, la disponibilidad y el buen corazón.
La paternidad espiritual no se abraza por una condición sexual, sino por el ejemplo, el trato, la confianza, la disponibilidad y el buen corazón
Por otra parte, parece que olvidamos que toda persona es creada y conocida por Dios desde el seno materno. El Salmo 139, 13 dice: «Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre», entonces, ¿quién soy yo para juzgar o jugar con la dignidad de otra persona? Yo no soy nadie, pero tampoco ninguna institución ni cargo eclesiástico. Lo decía con mucha humildad el papa Francisco: «¿Quién soy yo para juzgar?»
Pero no debemos quedarnos aún aquí. Creo que también debemos mirar la realidad; lo que la historia, la experiencia y el día a día nos demuestra.
Nadie puede negar que la Iglesia como institución ha cometido errores y sus miembros también. Y no pasa nada por reconocerlo, hacer propósito de enmienda y seguir adelante. Pero hay sacerdotes, consagrados y consagradas que incumplen sus votos manteniendo una convivencia escondida u otro tipo de situaciones. Y no todos son homosexuales, por cierto.
Y, llegados a este punto, ¿qué hacemos con ellos? ¿Los enviamos a todos a la hoguera? Porque antes de poner un filtro en la entrada es mejor tomar medidas con lo que tenemos dentro.
Pero que los filtros o medidas a tomar no se basen en un etiquetaje, prejuicios ni una quema de brujas, sino en mirar al corazón de cada uno y ver sus frutos.
La dignidad ante Dios está basada en lo que hay en nuestro corazón
Es más, creo que todos estos debates y dilemas se solucionarían con una palabra: «amor». Porque la dignidad ante Dios está basada en lo que hay en nuestro corazón.
Me preocupa que se dé por bueno el regalo de envoltorio bonito aunque por dentro destruya, y se condene el regalo sin envoltorio aunque por dentro edifique. Es ahí donde surge mi perplejidad: si ante Jesús lo que edifica y salva es el amor, ¿por qué tendemos a juzgar por el molde y no por lo que hay en el corazón?
«Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16).
