Cultura del encuentro y celibato opcional: ¿temor a los cambios o estancamiento?
Si en realidad queremos una Iglesia que camine y avance, que escuche de verdad los problemas, es necesario tomar actitudes valientes y sinceras, sin hipocresías, con caridad y sin enfrentamiento
Soy Sebastián Gavira, presidente de la Federación Latinoamericana de Sacerdotes Casados. Atento a lo que llamamos “la cultura del encuentro”, y asumiendo las perspectivas del Sínodo de la Sinodalidad, quiero plantear el tema que nos preocupa como sacerdotes casados, esto es la necesidad de que en la Iglesia se asuma el celibato opcional y no obligatorio.
Para que no se interprete como discordia con la totalidad de la jerarquía eclesial, me parece adecuado dar a conocer que hay obispos y cardenales que nos apoyan y nos comprenden con gran fraternidad, por lo cual agradecemos mucho su efectiva comprensión y apoyo.
Hago notar que han pasado siglos desde que Jesús fundó la Iglesia y llamó a seguirle a hombres casados. Ahora en estos tiempos de nuevas generaciones y muy distintas culturas en el mundo, que se manifiestan en diferentes modos de pensar y actuar, encontramos que la Iglesia, en parte de nuestra jerarquía -obispos y cardenales-, no se ha adaptado en lo que se advierte como imprescindible dada la evolución histórica y la necesidad de adaptación al cambio. Más bien los percibimos como anclados y hasta causando incertidumbre y sufrimientos al pueblo de Dios, mirando más hacia adentro que al presente y al futuro histórico de este siglo XXI, e incluso tomando medidas conservadoras e inadecuadas. De allí que en muchas oportunidades se percibe como una paralización, en vez de la necesaria adaptación pastoral del Evangelio.
Todo ello nos lleva a plantear que es necesario un cambio de actitud y de mentalidad, entre otras cosas en particular sobre la casi impostergable decisión de aceptar que el celibato sea opcional. La inmutabilidad al respecto, que tanto dolor ha causado y sigue haciéndolo, como protegida por nuestros obispos desde el silencio, se continúa también en otros temas eclesiales dignos de profundizar, lo que no hace bien al cuerpo eclesial.
Si en realidad queremos una Iglesia que camine y avance, que escuche de verdad los problemas, es necesario tomar actitudes valientes y sinceras, sin hipocresías, con caridad y sin enfrentamientos, en un diálogo fraternal, para abrirnos a la nueva realidad cultural y social en bien de la Iglesia y la Evangelización. Hemos de tener fe y esperanza y no temer a los cambios, porque ciertamente todo lo que es necesario hacer es posible con la buena voluntad de todos.
Reconocemos que en el tiempo aún cercano de nuestro querido papa Francisco la Iglesia introdujo cambios muy fructíferos, dignos de valorar.
Con cierta tristeza y decepción frente a una Iglesia que dice estar a la escucha, a pesar de las veces que hemos planteado el tema del celibato opcional, tanto en el Sínodo de la Sinodalidad como en el Sínodo Continental en Brasilia sentimos que no hemos sido escuchados con interés de reconocer la verdad que pudiéramos expresar. Al mismo Secretario General del Sínodo, le planteamos la conveniencia e inquietud nuestra de participar en dicha Asamblea sinodal. No fuimos tomados en cuenta en absoluto ni se nos respondió en forma cabal, lo que se puede interpretar como una gran falla en compartir la fraternidad sacerdotal.
Interpretamos como una falta de respeto de las autoridades competentes no respondernos, aunque somos cerca de cien mil los sacerdotes casados que dedicamos gran parte de nuestras vidas a la evangelización, ejerciendo entonces y ahora la vocación de nuestro ministerio sacerdotal.
Este resultado lo experimentamos como indiferencia y falta a la caridad y al diálogo que nos enseñaron en la formación sacerdotal. Es triste que se predique pero no se practique cuando llega la hora de hacerlo verdad. Seamos fieles y honestos: el silencio de algunos obispos y del Vaticano hace mal a los que en ellos confían, y provoca desconcierto entre los fieles. Esto mismo ocurrió entre algunos de nuestros hermanos sacerdotes casados, a quienes incluso llegó a dañarles la fe, y a veces hasta atentar contra su vida.
Es probable que más de uno se molestará por lo que estoy expresando, pero considero un deber nuestro decir lo que sentimos, aunque duela y nos duela.
El silencio por parte de la jerarquía eclesial deja la impresión de que nuestro reclamo y actitud se asume como una especie de sectarismo parásito, y no se nos escucha ni se encaran los cambios necesarios, como si fuera preferible no tener enfrentamientos, y consecuentemente se asume la actitud de silencio. Más aún, a veces recibimos la impresión como de que existiera una obcecación en ese nivel directivo de la Iglesia, y una postura renuente a cambiar, manteniendo la actitud de cierta mayoría o el acostumbramiento a una situación dada. A veces parece que existiera una pobreza espiritual o una superficialidad indiferente, en dependencia y continuidad de lo que viene haciéndose desde hace tiempo. Es más, da la impresión de ceguera o autoengaño, o bien de intolerancia. Todavía más duro de comprender es que aparece en ocasiones como una aceptación o hasta una exaltación del clericalismo, aunque causa daño.
Todo esto podría percibirse como temor a los cambios o algo de estancamiento, traducido en no tomar decisiones valientes, con fe y esperanza, que nos conduzcan a una actualización frente a los nuevos tiempos.
Nuestra propuesta de celibato opcional pretende buscar con buena voluntad cuál es la solución más adecuada, en diálogo fraternal sin confrontación, siempre a la luz del Evangelio y del Magisterio, para bien de nuestra Iglesia y buscando actuar con sentido común. Pedimos ser escuchados y tenemos confianza en que también a través nuestro, y de nuestras experiencias y sufrimientos, puede expresarse un verdadero espíritu de fidelidad.
En esta actitud y emprendimiento, confiamos con autenticidad y con fe en la gracia del Espíritu Santo, dándonos cuenta de que existe la alternativa de adaptarnos a los nuevos tiempos o correr el peligro de languidecer lentamente frente al desafío de la misión evangelizadora que el Señor nos ha encomendado.
Él que nos llamó, nos dé a todos la luz de la esperanza.
En San Carlos, Chile, febrero de 2026
