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Dad a Dios lo que es de Dios: Devolverle la dignidad al ser humano 

"Hagamos nuestros los deberes civiles con honestidad, paguemos los impuestos que sostienen los servicios públicos para los más débiles, pero guardemos el corazón y la vida entera para el único que es su dueño"

Dadle al César

Queridos hermanos y hermanas: 

El Evangelio de hoy nos presenta una escena que se parece mucho a las discusiones políticas que escuchamos a diario en los informativos. Un grupo de personas se acerca a Jesús no para aprender de Él, sino para buscar el titular escandaloso y meterlo en una trampa: «¿Es lícito pagar impuesto al César o no?». 

Tributo al César

Si Jesús decía que sí, el pueblo lo vería como un traidor que apoyaba al imperio opresor romano. Si decía que no, las autoridades lo detendrían por rebelde. Jesús, con la sabiduría que desarma cualquier hipocresía, pide una moneda y lanza una pregunta que va al fondo del asunto: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Le responden: «Del César». Y entonces pronuncia la famosa frase: «Dad, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». 

Con estas palabras, Jesús pone las bases de una gran verdad: el Estado y la Iglesia deben caminar separados. En nuestro país, la ley define al Estado como aconfesional, lo que nos invita a avanzar con naturalidad hacia una separación real, donde los actos públicos y civiles queden libres de la presencia o el protagonismo clerical, respetando la pluralidad de todos los ciudadanos. La fe y el poder político no deben mezclarse. Sin embargo, que las instituciones mantengan su justa independencia no significa que la fe deba desentenderse de la calle, de los mercados o de las condiciones de vida de nuestros vecinos. 

Al decir «dad al César lo que es del César», Jesús reconoce que existe una autoridad civil, que hay leyes y que debemos ser ciudadanos responsables que colaboran con el bien común. Pero al añadir «y a Dios lo que es de Dios», pone un límite absoluto a cualquier poder humano. La moneda lleva la cara del César y por eso le pertenece a él. Pero, ¿qué es lo que lleva impresa la imagen y semejanza de Dios? El ser humano. Cada hombre, cada mujer, cada niño, cada anciano. Nosotros no le pertenecemos a ningún estado, a ningún mercado, 

a ninguna ideología, ni a ningún sistema económico. Pertenecemos única y exclusivamente a Dios. 

Es aquí donde la Palabra de Dios se vuelve hoy una denuncia incómoda y una llamada urgente a nuestra conciencia. Cuando permitimos que las estructuras sociales e institucionales pisoteen a las personas, le estamos robando a Dios lo que es de Dios. 

Miremos a nuestro alrededor con los ojos de la fe. ¿Dónde se está devaluando hoy esa imagen divina? 

• La vemos en la precariedad laboral y, de manera aún más cruel, en la situación de los trabajadores que no tienen papeles. Es verdad que existen leyes que limitan los horarios, pero la realidad oculta de muchos campos, obras o servicios domésticos está llena de jornadas intensas que superan lo permitido, con horas extras que no se pagan o contratos abusivos. 

Quienes carecen de documentación se ven obligados a aceptar condiciones inhumanas bajo la amenaza constante de la denuncia o el despido. Se les trata como mano de obra barata y desechable, robándoles no solo sus derechos, sino su condición de personas. Cuando nos aprovechamos de la desesperación del inmigrante para enriquercernos a su costa, entregamos al dios del dinero vidas humanas que solo le pertenecen al Creador. 

• La vemos en la crisis de la vivienda, en los jóvenes que no pueden emanciparse, en las familias desahuciadas o en quienes ven cómo el alquiler se convierte en un bien de lujo inalcanzable. El hogar es un derecho sagrado para el desarrollo de la persona, no un tablero de especulación. 

• La vemos en la soledad de nuestros mayores, abandonados con frecuencia a la burocracia de un sistema asistencial desbordado. Se les trata como simples cifras o como una carga económica, olvidando que su dignidad no caduca con la edad. 

• Y la vemos, de forma sangrienta, en las fronteras y en los mares, en el drama de los migrantes y refugiados que huyen de la guerra y del hambre, 

ante los cuales tantas veces cerramos las puertas o respondemos con discursos de odio.⁹ 

Cuando permitimos o justificamos estas realidades, cuando caemos en la indiferencia y decimos "eso no es problema mío", permitimos que se profane la efigie de Dios en nuestros hermanos. 

San Pablo nos decía en la segunda lectura que la fe no puede ser solo teoría o palabras bonitas para sentirnos buenas personas los domingos. Nos habla de una «fe activa», de un «esfuerzo por amor» y de una «firmeza en la esperanza». Una fe que no se traduce en la búsqueda de la justicia social, que no se indigna ante el sufrimiento del prójimo, es una fe anestesiada. 

Ser cristianos hoy nos exige ser ciudadanos críticamente activos, pero también profundamente solidarios. No basta con señalar lo que está mal; estamos llamados a arrimar el hombro, a tejer redes de apoyo y a no ser cómplices de la cultura del descarte de la que tanto nos habla el Papa Francisco. No podemos servir a dos señores. 

Al salir de esta eucaristía, volveremos a un mundo lleno de las exigencias del poder, así como de los deberes y de las obligaciones ciudadanas a las que debemos responder. Cumplamos con ellas con total honestidad. Pero no olvidemos que el individualismo, la prisa o el consumo insaciable intentan cobrarnos peajes que dañan nuestro espíritu. El reto que Jesús nos propone no es encerrarnos en la sacristía a rezar para evadirnos de la realidad. El reto es salir a la calle a defender la dignidad humana dondequiera que esté siendo humillada: en nuestro entorno laboral, en nuestras conversaciones, en nuestras opciones económicas y en nuestro compromiso ciudadano. 

Hagamos nuestros los deberes civiles con honestidad, paguemos los impuestos que sostienen los servicios públicos para los más débiles, pero guardemos el corazón y la vida entera para el único que es su dueño. Que cuando el mundo nos pida rendirle culto al dinero, sepamos ponernos en pie y recordar, con la vida misma, que el ser humano es intocable porque le pertenece a Dios. Que así sea.

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