La desnutrición infantil en Guatemala: Pecado estructural y traición a la vida de los más pequeños

En Guatemala la desnutrición infantil es el resultado de un sistema económico extractivista y excluyente y de una cultura política que convive con el sufrimiento de los más pequeños. El Evangelio no permite neutralidad frente al hambre

Hospital Infantil Pedro MartíInez Cano SJ 1
Hospital Infantil Pedro MartíInez Cano SJ 1
Víctor M. Ruano. P. Pbro. Diócesis de Jutiapa, Guatemala
23 feb 2026 - 19:31

Hambre infantil en Guatemala: cifras que no redimen estructuras injustas

En Guatemala la desnutrición infantil no es una tragedia accidental ni una calamidad inevitable. Es el resultado de un sistema económico extractivista y excluyente, de un Estado históricamente negligente y de una cultura política que ha aprendido a convivir con el sufrimiento de los más pequeños. 

La reducción de muertes por desnutrición aguda en 2025 —60 niños y niñas fallecidos frente a los 126 del año anterior— ha sido presentada por las autoridades como un logro. Sin embargo, este dato, aun siendo relevante, no puede ocultar el escándalo mayor: Guatemala sigue siendo uno de los países con mayor desnutrición crónica infantil del mundo y el primero en América Latina.

Celebrar cifras sin transformar las estructuras que producen hambre es una forma de autoengaño institucional. Peor aún: es una manera de administrar la injusticia y de normalizar un crimen social que se repite año tras año. Porque cuando un niño muere de hambre —o sobrevive con daños irreversibles— no estamos ante una fatalidad, sino ante una traición colectiva al derecho a la vida.

Hospital Infantil Pedro MartíInez Cano, SJ
Hospital Infantil Pedro MartíInez Cano, SJ

Pecado estructural del hambre: cuando el poder decide quién vive

La Cuaresma 2026 nos coloca ante una disyuntiva moral: vida o muerte. El Génesis, 2-3, revela la tentación de “ser como dioses”, decidir desde el privilegio qué es bueno y qué es malo. Hoy esa tentación reaparece cuando estructuras económicas y políticas, teniendo de su lado el sistema de justicia, administran el hambre. 

No es un fallo técnico: es idolatría del poder que traiciona al Dios de la vida. El salmo 50 de talante penitencial, que con frecuencia escuchamos en este Tiempo, pide “un corazón nuevo”, para que caigamos en cuenta que la conversión no es cosmética, es recrear la conciencia social anestesiada ante el sufrimiento de la niñez. 

Desde este salmo somos introducidos en una de las verdades centrales de la Cuaresma que nunca debemos olvidar: No hay transformación social sin conversión del corazón. Pero tampoco hay conversión auténtica que no tenga consecuencias sociales para denunciar la persistencia de la hipocresía religiosa sin justicia, la “normalización” del pecado estructural y la costumbre de convivir con la corrupción como si fuera inevitable. El salmo 50 también nos provoca para decir: “Señor, no solo fallan los corruptos; también fallamos cuando callamos, cuando nos resignamos, cuando miramos a otro lado”.

Desnutrición aguda y crónica: dos expresiones del mismo pecado estructural

La desnutrición aguda, que conduce rápidamente a la muerte, afecta sobre todo a niños y niñas menores de dos años, el período más decisivo para el desarrollo humano. Pero el verdadero rostro del drama está en la desnutrición crónica: silenciosa, persistente y masiva. Casi la mitad de la niñez guatemalteca crece con retraso en talla, con afectaciones cognitivas y con una vulnerabilidad permanente que condiciona toda su vida.

Desde una perspectiva teológica, esta realidad no puede nombrarse solo como “problema social”. Es un pecado estructural, en el sentido más profundo del término: un entramado de decisiones, omisiones y complicidades que niegan de manera sistemática la dignidad de los hijos e hijas de Dios, especialmente de los más pobres. Un país que permite que su niñez pase hambre es un país que ha roto su pacto moral más básico. Y una sociedad que se acostumbra a ello ha anestesiado su conciencia.

Territorios sacrificados: el mapa del hambre y el racismo estructural

No es casual que los departamentos con más muertes por desnutrición —Huehuetenango, Alta Verapaz y San Marcos— coincidan con regiones históricamente empobrecidas, mayoritariamente indígenas y rurales. Son territorios marcados por el despojo, la exclusión, el racismo estructural, la invasión de proyectos mineros y la ausencia crónica del Estado.

La incorporación de Zacapa, Sololá y Quetzaltenango a la lista de departamentos con fallecimientos revela algo aún más inquietante: el hambre se expande y se reconfigura. La desnutrición infantil ya no es solo un problema de “bolsones de pobreza extrema”; es un síntoma de una crisis social más profunda, que atraviesa regiones y generaciones. El racismo estructural y la ausencia del Estado siguen marcando quiénes quedan fuera del derecho a vivir.

Hospital Infantil Pedro MartíInez Cano, SJ
Hospital Infantil Pedro MartíInez Cano, SJ

La costa sur: hambre en la tierra fértil que desnuda el pecado estructural

En Guatemala, el hambre infantil no habita solo en los territorios históricamente empobrecidos del altiplano y las Verapaces. La franja costera del Pacífico —epicentro de la agroexportación, del turismo y de enclaves “exitosos” de la economía nacional— registra, desde hace una década, las tasas más altas de desnutrición aguda infantil del país. Entre ingenios azucareros, plantaciones de caña, palma y banano, y centros turísticos, crece una niñez invisible que padece hambre a pocos kilómetros de hospitales, carreteras y polos de riqueza. (Cf. No Ficción: Vidas vulnerables en tierra fértil: la desnutrición en la costa sur. Texto: Pilar Crespo, fotos: Edwin Bercián, edición: Asier Andrés. 09.02.26) https://no-ficcion.com/vidas-vulnerables-en-tierra-fertil-la-desnutricion-en-la-costa-sur/

Este reportaje que documenta esta realidad desmonta el estereotipo que asocia el hambre únicamente con comunidades rurales indígenas y zonas remotas. La desnutrición aguda infantil se concentra también en contextos “inesperados”: departamentos con infraestructura, inversión pública y privada, y mercados activos. De hecho, al observar tasas (no solo números absolutos), Escuintla, Suchitepéquez y Retalhuleu aparecen recurrentemente entre los territorios más afectados; en Escuintla, por ejemplo, se han registrado 328 casos por cada 10 mil niños y decenas de muertes en los últimos años. La paradoja es brutal: riqueza que convive con hambre. Así lo describe el reportaje de No-Ficción.

Esta realidad encarna el pecado estructural del hambre que denunciamos: un modelo agroexportador que produce mercancías para el mercado global, pero no alimentos para la vida local; trabajos estacionales que generan hambre cíclica; concentración de la tierra que deja a miles de familias sin huertos ni frutales; y entornos donde el acceso a agua segura es frágil mientras el uso intensivo de agroquímicos degrada su calidad. En estas comunidades “incrustadas” entre fincas, la pobreza queda invisibilizada por el brillo de la agroindustria, y por eso mismo ha sido históricamente poco priorizada por las políticas públicas y la cooperación internacional. (Cf. Reportaje de No Ficción) 

La teología del desierto que la Cuaresma nos propone desenmascara esta idolatría: pan sin justicia que compra silencios, productividad sin vida que normaliza la exclusión, rentabilidad sin misericordia que administra la muerte. Aquí, “escuchar y ayunar” —como llama el Papa León— adquiere consecuencias públicas: escuchar el clamor de la niñez que pasa hambre en medio de la abundancia; ayunar del modelo que concentra tierra, agua y beneficios mientras deja a las familias el “plato triste” de la subsistencia. Sin conversión del modelo productivo y territorial, la Cuaresma se reduce a rito y la caridad se vuelve coartada del sistema.

Esta ampliación del mapa del hambre obliga a reorientar prioridades del Estado y a exigir responsabilidad a las élites económicas: la costa sur no puede seguir siendo el “territorio que no se quiere ver”. Cuando la niñez se desnutre entre cañaverales y hoteles, no estamos ante un fallo técnico sino ante una violencia estructural. Nombrarlo es parte de la conversión; transformarlo, la única fidelidad posible al Dios de la vida.

Hospital Infantil Pedro MartíInez Cano, SJ
Hospital Infantil Pedro MartíInez Cano, SJ

Las causas estructurales: cuando el hambre se fabrica desde el poder

La desnutrición infantil no se explica por la ignorancia de las madres ni por la falta aislada de alimentos. Se explica por un conjunto de factores estructurales que se refuerzan entre sí:

Pobreza estructural y desigualdad obscena, donde millones sobreviven con ingresos indignos mientras una minoría acumula riqueza sin redistribución.

Un Estado débil con los pobres y fuerte con los poderosos, incapaz de garantizar derechos básicos pero diligente para proteger intereses económicos.

Colapso del primer nivel de atención en salud, sin prevención, sin seguimiento nutricional y sin presencia efectiva en comunidades rurales.

Ausencia de agua potable y saneamiento, que convierte la alimentación en un esfuerzo inútil frente a infecciones recurrentes.

Desprotección sistemática de la maternidad, con mujeres embarazadas desnutridas, sin controles adecuados y cargadas de trabajo precario.

Modelo agroalimentario orientado al mercado y no a la vida, que prioriza la exportación sobre la soberanía alimentaria.

Corrupción y clientelismo, que vacían de contenido los programas sociales y convierten la nutrición en moneda política y recurso electorero.

Nada de esto ocurre por casualidad. El hambre infantil persiste porque beneficia a un modelo que necesita pobreza, mano de obra barata y ciudadanía debilitada. 

Las tentaciones del poder, desenmascaradas por Jesús en el desierto, cada primer domingo de cuaresma, siguen operando: pan sin justicia que compra silencios, espectáculo religioso que legitima la inacción, dominio a cualquier precio que pacta con la mentira. No todo lo que “funciona” es justo. (Cf Mateo 4, 1-11)

Responsables con nombre y estructura: Estado, élites y clase política

Desde una ética cristiana comprometida con la justicia, la responsabilidad no puede diluirse.

El primer responsable es el Estado guatemalteco y sus gobiernos, que ha incumplido de manera reiterada su deber de garantizar el derecho a la alimentación, la salud y la vida de la niñez. No se trata solo de falta de recursos, sino de prioridades políticas.

Son responsables también las élites económicas, que han defendido un modelo de acumulación extractivista, excluyente y han bloqueado reformas fiscales y sociales que permitirían financiar políticas universales de protección a la infancia.

Lo es igualmente una clase política que ha administrado la pobreza, reduciendo el combate al hambre a programas asistencialistas, sin voluntad de transformación estructural, y tolerando la corrupción como práctica normal.

Desde una perspectiva profética, es necesario decirlo con claridad: cuando el hambre infantil se vuelve estructural, estamos ante una forma de violencia institucionalizada.

La Escritura nombra dos lógicas en disputa: la que hereda desobediencia que mata y la que inaugura obediencia que da vida. Erradicar la desnutrición es optar por una humanidad nueva.

Clase política
Clase política

De la caridad a la justicia: políticas públicas para salvar la vida de la niñez

Erradicar la desnutrición infantil no es una tarea técnica menor; es una decisión civilizatoria. Requiere pasar del asistencialismo a una estrategia integral de justicia social, que incluya:

Prioridad absoluta a la primera infancia como política de Estado. Reconstrucción profunda del sistema público de salud, con énfasis en prevención. Acceso universal y garantizado a agua potable y saneamiento.

También debe incluir: Protección social efectiva para madres, niñas y niños, especialmente en los primeros mil días de vida. Transformación del modelo agroalimentario hacia la soberanía alimentaria comunitaria. Combate frontal a la corrupción y auditoría social permanente. Participación comunitaria real en el diseño y seguimiento de políticas públicas.

Sin justicia estructural, no hay solución duradera. La caridad sin transformación perpetúa el problema.

El papel de la Iglesia: fe que incomoda, fe que denuncia

La desnutrición infantil interpela directamente a la Iglesia. No basta con comedores, donaciones o campañas ocasionales. Si la fe no se traduce en defensa de la vida amenazada, se convierte en una espiritualidad vacía.

Las comunidades cristianas están llamadas a asumir un papel profético, que implica la capacidad de: Denunciar sin ambigüedades las estructuras que producen hambre, acompañar y organizar a las comunidades más afectadas, exigir políticas públicas justas y sostenidas, superar el asistencialismo y promover procesos de dignificación y defender la vida con coherencia ética, especialmente cuando está en juego la niñez.

El Evangelio no permite neutralidad frente al hambre. Callar ante la desnutrición infantil es traicionar el mensaje de Jesús, que se identificó radicalmente con los pequeños y los pobres.

Una denuncia teológica y pastoral ineludible

Cada niño que muere de desnutrición en Guatemala es una acusación directa contra un sistema que ha fallado moralmente. No es solo una falla administrativa; es una negación práctica del Dios de la vida.

Mientras el país siga aceptando que la desnutrición infantil sea una estadística manejable y no un escándalo ético intolerable, seguirá reproduciendo muerte, exclusión y desesperanza.

Desde una clave profética, es necesario decirlo con toda claridad: el hambre infantil es un signo de una sociedad espiritualmente enferma.

Y, sin embargo, aún es posible la conversión. Conversión del Estado, de la economía, de la política, de la Iglesia y de cada ciudadano. Porque defender la vida de la niñez no es una opción pastoral más: es el criterio último de toda fe que se dice cristiana.

Por eso es oportuno el llamado del papa León a “escuchar y ayunar” en Cuaresma en una dinámica de conversión con consecuencias públicas.Escuchar y ayunar” no es devoción intimista: es praxis histórica. Escuchar es abrir oídos al clamor de las comunidades con hambre y a la voz de la niñez silenciada; ayunar es renunciar a privilegios que sostienen la desigualdad, al cinismo que normaliza la impunidad y al asistencialismo que tranquiliza conciencias. 

¿Hambre cero?
¿Hambre cero?

La conversión cuaresmal exige consecuencias públicas: política que escuche a los pobres, economía que ayune de voracidad, Iglesia que rompa la comodidad del silencio. Defender la vida de la niñez es el criterio último de una fe que se dice cristiana.

Las noticias de Religión Digital, todas las mañanas en tu email.
APÚNTATE AL BOLETÍN GRATUITO

También te puede interesar

Lo último

stats