Diagnóstico y terapia de Roma ante la crisis de la transmisión de la fe
La transmisión de la fe en el mundo actual es el principal problema misionero de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II. El último documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe se esfuerza por ofrecer un diagnóstico y una solución con un estilo discursivo y constructivo. Las «Reflexiones» de Roma no pretenden «instruir», sino reflexionar junto con toda la Iglesia y estimular el debate. Se trata de un nuevo tono. El historiador de la Iglesia Mariano Delgado aborda este tema de forma crítica en un comentario
«Venid a mí todos…» (venite ad me) (Mt 11,28-29): las «Reflexiones» romanas comienzan muy bien con la referencia a la invitación universal de Jesús a acudir a él para encontrar descanso, porque es «manso y humilde de corazón». Porque hoy ya no es momento de entender el mandato misionero que aparece al final de los Evangelios de Mateo y Marcos como una invitación a una misión mundial planificada, con el envío de numerosos misioneros profesionales y entusiastas, procedentes de diversas órdenes o sociedades misioneras, al mundo extraeuropeo.
El celo misionero como hybris
El celo misionero fue, en gran medida, una expresión de la hybris de la Iglesia europea en los últimos quinientos años, lo cual debería hacernos reflexionar. Tras los éxitos misioneros en África subsahariana y el sudeste asiático en el siglo XIX, el lema de la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo de 1910 fue la «evangelización del mundo en esta generación». Pero, como es sabido, a ello le siguió la Primera Guerra Mundial, en la que las naciones cristianas europeas se destrozaron entre sí, con ardientes predicadores de guerra en todos los bandos.
Hoy en día se trata más bien de fomentar el intercambio de dones (y personas) entre las Iglesias locales, que, por la propia naturaleza de la Iglesia, deben ser todas «misioneras» (Ad gentes 2) y se enfrentan al mismo problema: la difícil transmisión de la fe entre los bautizados, así como la adecuada proclamación del mensaje de Jesús entre los interesados.
Volver a Jesús y al núcleo de su Buena Nueva
Las reflexiones romanas parecen intuir que el cristianismo no debe reinventarse, sino volver a lo esencial. Esto significa —hoy como en la época de los reformadores protestantes y de los reformadores de las órdenes católicas y místicos del siglo XVI— volverse hacia el Jesús manso y humilde de corazón, en el sentido del «solus Christus»; que la Iglesia se entienda a sí misma como un «espacio de resonancia» creíble de la invitación universal de Jesús, para que Cristo, como «luz del mundo», brille con mayor intensidad y las personas se sientan atraídas hacia él.
Esta visión cristocéntrica es el hilo conductor más importante del texto. Y es que, tal y como se subraya haciendo referencia a Benedicto XVI, el punto de partida de la vida cristiana «no es una decisión ética ni una gran idea, sino el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da a nuestra vida un nuevo horizonte y, con ello, su orientación decisiva».
Durante el encuentro con jóvenes argentinos en la catedral de Río de Janeiro, el 25 de julio de 2013, el papa Francisco se permitió resumir la esencia del cristianismo en una breve fórmula que aúna la alegría de la evangelización con la seriedad del seguimiento del Señor: «Mira, lee las Bienaventuranzas, te harán bien. Si luego quieres saber qué debes hacer concretamente, lee Mateo, capítulo 25. Ese es el modelo según el cual seremos juzgados . Con estas dos cosas tenéis el plan de acción: las Bienaventuranzas y Mateo 25. No necesitáis leer nada más. Por eso os lo pido de todo corazón». El texto actual expresa la esencia de la Buena Nueva de forma aún más concisa: «Dios es amor para todos, Dios es misericordia para todos», tal y como lo demostró Jesús de Nazaret.
La luz de la fe…¿y sus lados oscuros?
Un tesoro de fe como este, el «valor añadido» del cristianismo en la historia de las religiones, debería, en realidad, hacer que la luz de Cristo brillara con más intensidad en el mundo. El texto habla mucho de esta luz. Pero, como es sabido, la Iglesia la lleva a lo largo de la historia en «vasijas de barro» del contra-testimonio, tanto de miembros individuales como de la propia institución. Además, la «doctrina de la fe» desarrollada en los antiguos concilios es, en muchos casos, también oscura y no siempre logra esclarecer las preguntas de la razón. Esto siempre ha sido así, pero hoy, tras la pérdida de la ingenuidad del período preilustrado, somos más conscientes de ello: muchas respuestas del catecismo han perdido su verosimilitud. Esta es una razón fundamental de la crisis en la transmisión de la fe.
En la Antigüedad, el cristianismo tenía una ventaja estructural frente al judaísmo y al paganismo: uno se convertía en cristiano al aceptar la invitación de Jesús y mediante una decisión libre de la voluntad, que conducía a superar las barreras de clase, nación y género en una comunidad marcada por el amor y la misericordia.
Durante la larga «época constantiniana», nos hemos acostumbrado a que la decisión libre de la voluntad fuera sustituida cada vez más por el bautismo infantil, en el que los «padrinos» prometían encargarse de la educación cristiana. La sociedad de impronta cristiana se encargaba también de la socialización religiosa. Esto alcanzó su apogeo en la intensa eclesialización del período ultramontano (1850-1960). Tras su desaparición, hemos vuelto a los orígenes: que, en principio, uno debería convertirse en cristiano por una decisión libre de los propios interesados y no, por así decirlo, desde el nacimiento a través del bautismo infantil (este sigue teniendo su sentido, donde todavía se dan las condiciones para ello).
Diagnóstico: secularización y cambio de época
En el texto romano apenas se tiene en cuenta lo dicho. Más bien se habla en él de la secularización, la individualización y el cambio de época (crisis del modelo cultural de la modernidad europea, globalización) como causas principales de la crisis en la transmisión de la fe. Esto afectaría al mundo entero, pero sobre todo a Occidente. Me parece que este diagnóstico es un poco reduccionista. Aparte de que estos fenómenos también tienen sus aspectos positivos, no deben olvidarse ni las causas «sociológicas» ni las «antropológico-teológicas» de la crisis de la fe.
Tras el fin de la «eclesialización» de la sociedad y la pérdida de la ingenuidad preilustrada, las preguntas fundamentales del ser humano, así como su anhelo natural de Dios o de respuestas religiosas, siguen estando presentes. Ahora bien, ni la teología ni la Iglesia son capaces de responder de forma convincente a estas preguntas de la razón ilustrada; y las comunidades cristianas, que deberían ser el «espacio de resonancia» del Dios del amor y la misericordia, no siempre resultan atractivas en una sociedad libre y abierta en la que coexisten numerosas propuestas que compiten por dar sentido a la vida. La crisis de la transmisión de la fe es, en muchos casos, también «autocausada».
No hay muchas novedades en la parte terapéutica
Las propuestas terapéuticas se formulan teniendo en cuenta las reflexiones de diversas conferencias episcopales de todo el mundo en los últimos años. El hecho de que no se mencionen en ellas los textos que, en mi opinión, son los más brillantes desde el punto de vista teológico y pastoral («Proposer la foi dans la société actuelle» del episcopado francés de 1996 y «Zeit zur Aussaat. Missionarisch Kirche sein» de los obispos alemanes de 2000) no dice mucho a favor de la percepción que tiene Roma de las iniciativas de las Iglesias locales.
Además, muchas propuestas suenan convencionales: la familia como lugar privilegiado para la transmisión de la fe, evitar el cristianismo selectivo y el «evangelio de la prosperidad», respetar la jerarquía de las verdades en la predicación, valorar la «lectio divina», crear pequeñas comunidades eclesiales, cuidar una liturgia bella como «via pulchritudinis», la adaptación de la pastoral a las etapas de la vida y al nivel de formación de los destinatarios, el fomento de la piedad popular (con referencia al episcopado español) y de la homilética, el fomento de la participación de las mujeres en particular y de los laicos en general, el aprendizaje a partir de las formas exitosas de inculturación en la historia de la Iglesia, etc. El texto también resalta que la predicación debe fomentar «experiencias de fe» en el sentido del amor a Cristo, que «me» ama concretamente y que entregó su vida por ello.
Falta de enfoque misionero-mistagógico
En 2015 publiqué en una antología alemana un artículo titulado «“Venid a mí todos…”. Sobre el carácter acogedor y mistagógico de la evangelización hoy». Desde entonces, no he dejado de subrayar lo importante que sería poner en primer plano la invitación universal de Jesús, manso y humilde de corazón. Por eso, el hilo conductor de las reflexiones romanas me llega al alma. No obstante, echo en falta en ellas acentos mistagógicos en el sentido de Karl Rahner y San Juan de la Cruz.
No se cita el famoso diagnóstico mistagógico de Rahner, aunque resulta más acertado para la transmisión de la fe —al menos en el mundo occidental— que el discurso sobre la secularización: «El piadoso del mañana será un “místico”, alguien que haya “experimentado” algo, o dejará de existir, porque la piedad del mañana ya no estará sustentada por la convicción y la costumbre religiosa unánimes, evidentes y públicas de todos, que preceden a una experiencia y una decisión personales; por lo tanto, la educación religiosa habitual hasta ahora solo puede ser un adiestramiento muy secundario para lo institucional-religioso». La evangelización debe ser hoy «necesariamente iniciación y despertar de una experiencia de fe personal e interior», una experiencia de fe de la que Rahner llega incluso a afirmar que está presente incluso en aquel «que, en un primer momento, afirma no conocer ninguna experiencia de fe y no estar interesado en ella». También San Juan de la Cruz opinaba que todo ser humano conoce a Dios, «sin saber cómo».
La primera tarea de una evangelización mistagógica sería, pues, una humilde «anamnesis de la experiencia», con el fin de desenterrar la experiencia de Dios que está «profundamente arraigada» en la biografía de cada persona, en su historia de esperanza y sufrimiento. Por ello, una evangelización mistagógica debe tratar a las personas como adultos y cultivar la dimensión dialógica, tal y como la describió, por ejemplo, Antonio Machado: «Para dialogar, / preguntad, primero; / después… escuchad». Esto es especialmente válido en el contexto de los «cansados y agobiados» de la historia, los destinatarios privilegiados de la invitación de Jesús, quienes, por su experiencia, tienen un derecho prioritario a hablar de Dios, tal y como ha subrayado el teólogo de la liberación Gustavo Gutiérrez.
*Mariano Delgado es catedrático emérito de Historia de la Iglesia en la Universidad de Friburgo (Suiza), donde fue dos veces decano y también dirigió el Instituto para el diálogo interreligioso (www.mariano-delgado.ch).