¿Dónde está Dios cuando sufrimos?
"Frente al sufrimiento de los inocentes, la fe no puede responder con frases hechas ni con explicaciones simplistas. Hay heridas demasiado profundas para ser cerradas con argumentos. El dolor posee una densidad que desarma incluso a las mejores palabras"
una libertad auténtica implica la posibilidad de hacer el bien, pero también de rechazarlo
Cada vez que contemplamos las imágenes de una guerra, de un terremoto o de unos padres abrazando el cuerpo sin vida de un hijo, vuelve la misma pregunta. Probablemente sea la más difícil que puede dirigirse a un creyente: ¿dónde está Dios cuando sufrimos?
No es una pregunta nueva. Atraviesa toda la historia de la humanidad y recorre las páginas de la Biblia. También hoy resuena con fuerza ante la violencia en Gaza, los terremotos que golpean distintos lugares del mundo o tantas tragedias silenciosas que apenas ocupan unos segundos en los informativos.
Frente al sufrimiento de los inocentes, la fe no puede responder con frases hechas ni con explicaciones simplistas. Hay heridas demasiado profundas para ser cerradas con argumentos. El dolor posee una densidad que desarma incluso a las mejores palabras.
Quizá el primer paso consista en abandonar una idea que ha causado mucho daño: pensar que el sufrimiento es un castigo enviado por Dios.
El libro de Job desmonta esa interpretación de manera contundente. Job es un hombre justo y, sin embargo, pierde a sus hijos, su salud y sus bienes. Sus amigos intentan convencerlo de que, si sufre, será porque algo habrá hecho. Pero el relato bíblico termina mostrando que esa lógica es falsa. El sufrimiento no siempre es consecuencia de una culpa personal.
¿Por qué Dios permite entonces tanto dolor?
La Biblia no ofrece una respuesta definitiva. Tampoco la filosofía ni la teología han conseguido disipar por completo ese misterio. Hay preguntas para las que no poseemos una explicación completa.
Sin embargo, el cristianismo propone una perspectiva distinta.
No pretende explicar plenamente el sufrimiento.
Pretende mostrar dónde está Dios cuando el sufrimiento llega.
Parte del mal que existe en el mundo nace de nuestra propia libertad. Guerras, terrorismo, violencia, corrupción, explotación o indiferencia son heridas que los seres humanos nos infligimos unos a otros. Dios ha querido una humanidad verdaderamente libre, y una libertad auténtica implica la posibilidad de hacer el bien, pero también de rechazarlo.
Como escribió C. S. Lewis, un mundo en el que nuestras decisiones nunca tuvieran consecuencias no sería un mundo de personas libres, sino un escenario de marionetas.
Existe también otro tipo de sufrimiento que no depende de nuestras decisiones: las enfermedades, los terremotos o las catástrofes naturales. Vivimos en un universo regido por leyes estables, las mismas que hacen posible la vida. El fuego que nos calienta también puede quemarnos; el movimiento de las placas tectónicas que ha configurado continentes y océanos puede desencadenar terremotos devastadores. No comprendemos por qué Dios permite que esos procesos afecten a personas inocentes, y sería irresponsable fingir que tenemos una explicación satisfactoria.
Pero el cristianismo da un paso inesperado.
No responde al sufrimiento con una teoría.
Responde con una presencia.
El centro de la fe cristiana no es un Dios que contempla el dolor desde la distancia, sino un Dios que decide entrar en él.
En Jesucristo, Dios conoce el rechazo, la injusticia, la traición, la tortura y la muerte. La cruz no elimina el escándalo del mal, pero impide pensar que Dios permanezca indiferente ante él.
Cuando Benedicto XVI visitó el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, confesó que allí las palabras resultaban insuficientes. Solo quedaba un silencio sobrecogedor convertido en oración: «¿Por qué, Señor, permaneciste en silencio?».
Es una pregunta que millones de personas siguen formulando.
Y quizá la respuesta más profunda no llegue en forma de explicación, sino de compañía.
El escritor y superviviente del Holocausto Elie Wiesel narra una escena inolvidable. Durante la ejecución de un niño en Auschwitz, alguien preguntó: «¿Dónde está Dios?». Y una voz respondió: «Ahí está. Colgado de esa horca».
Más allá de la interpretación concreta de ese relato, expresa una intuición profundamente cristiana: Dios ha querido identificarse con las víctimas hasta el extremo de compartir su sufrimiento.
Por eso la cruz cambia la pregunta.
Seguimos preguntándonos por qué existe el mal. Pero descubrimos también que no estamos solos cuando lo padecemos.
Esa certeza no elimina las lágrimas ni hace desaparecer el dolor. Tampoco convierte la tragedia en algo bueno. El mal sigue siendo mal y debe ser combatido con todas nuestras fuerzas.
Precisamente por eso, la respuesta cristiana nunca puede quedarse en la contemplación.
Quien cree en el Dios crucificado está llamado a hacerse presente allí donde otros sufren. A cuidar al enfermo, acompañar al que llora, defender a la víctima, acoger al refugiado, luchar contra la injusticia y aliviar, en la medida de lo posible, el dolor del mundo.
La fe no resuelve el misterio del sufrimiento alejándonos de quienes sufren.
Nos acerca más a ellos.
Quizá nunca obtengamos una explicación completa del mal. El propio libro de Job termina sin ofrecer una respuesta racional a todas sus preguntas. Dios no le explica el sufrimiento; le revela su presencia.
También el cristianismo nos deja ante ese misterio.
No promete una explicación para cada lágrima.
Promete algo mucho más audaz: que ninguna lágrima cae fuera del amor de Dios.
La cruz no elimina todas nuestras preguntas.
Pero nos asegura que, cuando sufrimos, nunca sufrimos solos.
