La educación, la escuela y la juventud en 'Magnifica humanitas'
"El mastodonte social de la era digital es casi imparable. Está alterando la atención, el ritmo de lectura, de comprensión, de la escritura"
El calado y la recepción de León XIV en el mundo contemporáneo será en los próximos años digno de estudio. 2025 será considerado como un año de transición. 2026, en cambio, como el año que se destapó y sorprendió a propios y extraños. En los primeros meses de pontificado se analizaba su apocamiento, su debilidad, su falta de influencia en comparación con el torbellino Bergoglio. Todo eran consideraciones provenientes de los medios, porque no eran reales. Ya lo he escrito y publicado, cuidado con las tendencias y las modas, con las prioridades que los poderes fácticos marcan como los únicos caminos a seguir. Henos pasado de ninguna expectativa, incluso de la decepción, a una idolatría que es muy peligrosa. Está siendo tan exitoso este 2026, su voz se está escuchando tanto, que ya veremos 2027. Estos cálculos, gracias a Dios, nos tienen que importar muy poco, y creo que al papa Prevost le traen sin cuidado.
Ahora bien, el acierto, no sólo del Papa, sino de la Iglesia universal ha sido innegable. Hace tiempo que un documento no había despertado tanto interés. Resulta esperanzador como en las redes el tema que domina son los análisis que intentan despejar las incógnitas que se abren paso en la encíclica. Tiempo habrá para analizar una reflexión descomunal que quita el hipo, algo a lo que no estamos acostumbrados. Acierta Diego Garrocho cuando afirma en un artículo titulado, Magnific humanitas: un escándalo necesario, que hoy no podríamos encontrar a ningún político o jefe de Estado “que sea capaz de escribir un texto de tanta ambición moral e intelectual. De hecho, no conozco ni siquiera en los círculos académicos e intelectuales a demasiadas personas capaces de alumbrar un documento semejante”.
No sabemos si hasta la última coma es de puño y letra del Papa, sabemos sus asesores que han estado con él a la hora de la elaboración y la redacción, pero este texto es inspiración suya desde que eligió el nombre de León para pilotar su pontificado. Al día siguiente, conviene recordarlo, de su elección, y ante todos los cardenales, explicitó la razón de dicho nombre y fue por las consecuencias que esta cuarta revolución industrial, de la mano de la digitalización del mundo y de la inteligencia artificial sitúan a la humanidad ante desafíos y retos sin precedentes. Su genialidad ha sido leer los signos de los tiempos y ponerse al frente, no para imponer, sino para invitar a todos los actores del mundo, en comunión, para trabajar juntos, codo con codo.
Leer esta encíclica no implica caer en la desesperanza. Más bien ilusiona por todo lo que se debe hacer. Podríamos rescatar las palabras de Ray Bradbury en su novela distópica Fahrenheit 451: “Llena tus ojos de asombro, dijo, vive como si fueras a morir en diez segundos. Mira el mundo. Es mas fantástico que cualquier sueño fabricado o comprado en serie”. Hoy suenan muchas voces apocalípticas de que no hay salida, que hemos tocado techo y que la destrucción es el único horizonte que se abre ante el porvenir. Pero León XIV nos invita a todos, no sólo los grandes popes y CEOs de las tecnológicas, a que cojamos el toro por los cuernos y que dejemos nuestra huella en forma de aportación y compromiso. Se torna imposible hacer oídos sordos. Nos obliga a pensar, a leer, a estudiar y a actuar. A medida que se va leyendo la encíclica, punto por punto, viene a la memoria muchas escenas de la película Oppenheimer, de Cristofer Nolan, y el mito de Prometeo. Los hombres y la humanidad han creado algo tan grande y peligroso que ese fuego creativo debe redirigirse desde los límites de la moral y la ética. El mito de Prometeo está siempre entre líneas.
La ciencia no puede andar sola. Necesitamos un diálogo interdisciplinar. El cientificismo se ha mostrado como uno de los grandes castillos de naipes de nuestra época. Sin embargo, todas estas buenas intenciones, y para que no se queden en agua de borrajas, deben tener en cuenta la realidad que es el fundamento de toda sociedad y no es otra que la escuela y la educación. Son la juventud y las nuevas generaciones las que van a tener que coger el relevo de toda esta gigantomaquia. León XIV lo sabe y así lo ha reflejado. A mi juicio, toda la encíclica se mueve en la disyuntiva de volver a Babel o comenzar a construir una casa común que parta de la advertencia que en el número 93 extrae del gran Romano Guardini: “El hombre moderno no ha sido educado en el uso recto del poder”. Traduce Prevost: “Más potente no significa necesariamente algo mejor”. Si la escuela no forma parte de dicha advertencia y disyuntiva, todo será nada más que fuegos de artificio.
Dice sobre el papel de la escuela en esta tesitura histórica: “La escuela es el lugar donde las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres de familia, que desean que sus hijos crezcan siendo capaces de relacionarse, de pensar con espíritu crítico y de tener valores sólidos, depositan en ella grandes esperanzas, como una valiosa aliada en la educación de sus hijos. En efecto, los padres tienen el derecho primario e inalienable de elegir el tipo de educación y de formación que se imparte a sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas. El mundo educativo se encuentra hoy frente a algunos retos impostergables” (número 143).
Las primeras víctimas de las aristas injustas de la IA y de los procesos de digitalización son los niños
En los puntos anteriores el Papa repasa todas las consecuencias que estamos viviendo en las aulas y, por ende, en las familias. Escuela y familia van de la mano. Las primeras víctimas de las aristas injustas de la IA y de los procesos de digitalización son los niños. Pero la escuela y la familia son las primeras instancias educativas, son las primeras escuelas de amor, de los límites, y obviar estas dos realidades implica no ser conscientes de la realidad. La escuela se ha convertido en una trinchera frente a la lógica social. El mastodonte social de la era digital es casi imparable. Está alterando la atención, el ritmo de lectura, de comprensión, de la escritura. Sería muy importante que dignifiquemos y valoremos la función de las escuelas de preescolar, y los maestros y maestras de infantil y primaria. Qué silenciada está su voz y cuánto podríamos aprender de su mano y de su sabiduría. León XIV apuesta por una sinergia, por aunar esfuerzos, para visualizar y dignificar recurriendo a todos los actores que están presentes en todos y cada uno del os ámbitos de la digitalización y de la IA. Este es otro de los méritos y de las virtudes de la encíclica.
Más adelante aúna a la familia y a la juventud: “La familia es un bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad. La familia, la primera sociedad natural, dotada de derechos originales, es la célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria. En consecuencia, cuando los proyectos políticos y las decisiones económicas importantes la relegan a un papel marginal o secundario, se compromete el crecimiento auténtico de todo el cuerpo social” (número 165). Y aquí viene uno de los puntos centrales de toda la encíclica porque se niega de forma sistemática y a sabiendas, teniendo una lógica devastadora. Una de las consecuencias de la digitalización, de los algoritmos como criterio económico y social, es que muchos trabajos están en peligro y hace mucho más difícil el acceso de los jóvenes al mundo laboral -no digamos ya a la vivienda, en España lo sabemos de primera mano.
Sin este acceso la familia se resiente. Este retroceso no es algo más, sino es dinamitar la vertebración social y su buen funcionamiento. Los poderes públicos tienen que asumir su responsabilidad y poner encima de la mesa alternativas para que la juventud y el futuro de la familia no esté en entredicho. En el número 167, lo argumenta en los siguientes términos: “Para los jóvenes, la precariedad laboral es especialmente grave. Como recuerdan los obispos de Estados Unidos de América, el trabajo no es sólo fuente de ingresos, sino un ámbito decisivo en el que se forma la identidad, se tejen amistades y relaciones, se aprenden responsabilidades concretas y se discierne la propia vocación. Cuando el acceso al empleo se ve obstaculizado por altas tasas de desocupación, sistemas de formación inadecuados o barreras estructurales, muchos jóvenes ven bloqueado su camino hacia la realización personal y profesional”.
Uno de los puntos más comentados de la encíclica lo encontramos en el número 213 porque se cita a Tolkien: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”. Todo esto describe el proyecto radical cristiano y evangélico de la civilización del amor acuñado por Pablo VI y citado por Juan Pablo II en innumerables ocasiones. Los cimientos de dicha civilización no pueden comenzar por el tejado, sino por la escuela y la familia. León XIV nos ha puesto deberes. Jesús se los puso a sus discípulos y a nosotros ahora a través del soplo y la inspiración del espíritu santo tras Pentecostés. Este es un nuevo comienzo, un nuevo alumbramiento, que depende de un sí, como María tras el anunciamiento del ángel. No es casualidad que acabe con el Magníficat porque la madre de Dios hizo visible lo invisible a través de la encarnación. Nosotros tenemos que encarnar y tejer, con nuestro compromiso y amor por la humanidad, horizontes de esperanza en la era de la inteligencia artificial. El tiempo dirá si la voz de este hombre sencillo ha sido escuchada o ignorada. Más nos vale escucharla y acogerla.
*Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO).
