El eterno bucle de la izquierda: del trauma del 36 a la fractura de la constelación progresista
La incapacidad de las fuerzas progresistas para consolidar un frente común estable ante la cita electoral no es un fenómeno contemporáneo; constituye una constante histórica de consecuencias potencialmente trágicas para la gobernabilidad del país. Mientras el bloque conservador opera bajo la disciplina institucional y una férrea unidad de acción, la izquierda se desangra en debates doctrinales, personalismos de siglas y una preocupante resignación táctica.
La fragmentación estructural de la izquierda a la izquierda del PSOE ha dejado de ser una simple anomalía electoral para convertirse en una negligencia crónica. El panorama político actual revela un desajuste estratégico que guarda un paralelismo alarmante con las dinámicas que desestabilizaron la Segunda República Española y facilitaron el colapso democrático de 1936. La historia demuestra que la dispersión del voto progresista se penaliza severamente en las urnas. Ya en 1933, la ruptura de la alianza reformista entregó el gobierno a una derecha unificada en la CEDA. Incluso cuando se logró la unión cosmética del Frente Popular en 1936, las fracturas internas impidieron un gobierno fuerte. El reflejo más descarnado se vivió en los Hechos de Mayo de 1937 en Barcelona, cuando el bando republicano se enzarzó en una auténtica guerra civil intestina en la retaguardia; las facciones priorizaron purificar su propio espacio ideológico y dirimir la ortodoxia doctrinal antes que derrotar al enemigo común en el frente.
Hoy la tragedia no se escribe con fusiles, sino con papeletas, pero la dinámica autodestructiva es idéntica. La opinión pública tiende a simplificar este laberinto reduciéndolo a la guerra abierta entre Podemos y Sumar, pero el problema es mucho más profundo y estructural. La responsabilidad del actual colapso es compartida por toda una constelación de partidos que anteponen sus aduanas territoriales y sus intereses de partido al tablero nacional. Formaciones como Más Madrid, Comuns en Cataluña, la Chunta Aragonesista o Ara Més en Baleares actúan a menudo como reinos de taifas, fragmentando el espacio en una sopa de letras incomprensible para el electorado. Esta atomización responde a una mezcla de hiperliderazgos, disputas por los puestos de salida en las listas y un purismo identitario estéril. Cada delegación autonómica levanta un muro burocrático exigiendo cuotas de poder exclusivas, transformando lo que debería ser una plataforma plurinacional en un mercado de abastos de ambiciones personales. El federalismo cooperativo que predican hacia fuera se convierte internamente en un canibalismo de siglas donde el enemigo a batir parece ser el compañero de la ventanilla de al lado.
Mientras esta constelación se diluye en vetos cruzados y negociaciones agónicas de despachos, sectores de la órbita de Podemos parecen operar bajo una alarmante resignación estratégica, dando por perdido el ciclo actual para atrincherarse en la oposición y asegurar sus siglas de cara a la próxima legislatura. Es el equivalente moderno a preferir la pureza doctrinal de la retaguardia antes que asegurar la viabilidad matemática del frente general. Esta táctica pasiva esconde el sutil deseo de que el adversario venza para justificar la propia intransigencia y construir un relato de resistencia sobre las cenizas del Gobierno. Se prefiere ser cabeza de ratón en una oposición irrelevante pero ideológicamente inmaculada, antes que cola de león en una coalición pragmática que gestione el BOE. Frente a ellos, la derecha y la extrema derecha avanzan en formación cerrada, asumiendo el control de las instituciones con un pragmatismo feroz.
La coalición conservadora no exige declaraciones de fe a sus socios; le basta el acuerdo aritmético para desalojar al progresismo. La insistencia de la izquierda en competir atomizada representa una absoluta insensatez ante las reglas del juego de la Ley D'Hondt, que penaliza con crueldad a los partidos minoritarios en las provincias medianas y pequeñas, donde los restos de votos no concentrados se pierden directamente en el sumidero demoscópico. Hoy no se necesita cohesión para ganar una guerra, sino para sostener una alternativa democrática eficaz que proteja los derechos sociales adquiridos. El electorado asiste atónito a un espectáculo donde el debate de ideas ha sido sustituido por el reproche mutuo en redes sociales, lo que genera una desmovilización masiva basada en el desencanto. La abstención del votante progresista, fatigado de la inmadurez de sus representantes, es el verdadero colchón sobre el que se asienta la victoria conservadora. Si este archipiélago de siglas no sustituye la cultura de la sospecha por la de la coalición pragmática, la historia repetirá el bucle de su propia derrota, entregando el timón del Estado por pura incomparecencia unitaria.