El 'Nadir' de javier Aranguren: Fluir Una experiencia perimortem

Una experiencia perimortem
Una experiencia perimortem

"No. No se trata de una experiencia mía, sino de la experiencia personal que describe Javier Aranguren en 'Mi Nadir. 36 días en la UCI con coronavirus'"

"Nadir es el punto diametralmente opuesto al cenit. Por tanto, el punto más bajo en que se puede sentir una persona. El de Javier Aranguren consistió en los 36 días en coma o semiconsciente, bajo los efectos del Covid 19"

"Cuenta, en primera persona, su experiencia durante esa enfermedad, que describe, con gran capacidad de observación, los recuerdos y sueños durante su prolongado estado de coma"

"Paralizado totalmente, 12 horas boca arriba y 12 boca abajo, tuvo sueños y visiones que ahora recuerda perfectamente. Elijo la descripción del punto culminante de esta situación"

"Creo que nuestra cultura es hipercientífica, sólo cree en la experiencia científica y en la argumentación racional. La física cuántica parece haber constatado la acción a distancia, el cambio producido en virus africanos por los cambios realizados en el virus en un laboratorio europeo. ¿Consciencia más allá de la vida?"

"¿Existe una única realidad, aunque se manifieste en diversos estados (lo que hemos llamado espíritu y materia)? ¿Podríamos comparar la realidad con el estado onda (espíritu) y su colapso en corpúsculos (materia)?"

No. No se trata de una experiencia mía, sino de la experiencia personal que describe Javier Aranguren en “Mi Nadir. 36 días en la UCI con coronavirus”.

El Nadir es el punto diametralmente opuesto al cenit. Y el cenit es el punto más alto en el cielo en relación con el observador, y se aplica al punto culminante o momento de apogeo de una persona: “está en el cenit de su gloria” (RAE).

El Nadir es por tanto el punto más bajo en que se puede sentir una persona. El de Javier Aranguren consistió en los 36 días en coma o semiconsciente, bajo los efectos del Covid 19 en la clínica de la Universidad de Navarra en Madrid. (El autor envía su relato en versión digital a todo el que se lo pide contactando con él en este link)

Narración
Narración

El Nadir

Javier Aranguren, 52 años, es Doctor en Filosofía y profesor en diversas universades de España y otros países. Se fue a vivir a Nairobi (Kenia) donde ejerció en la Universidad y fundó la organización Karibu Sana para recoger y dar formación a niños de la calle. Actualmente trabaja en la Universidad Francisco de Vitoria en investigación y formación de profesores.

En diciembre de 2019, a los 50 años, en un control preventivo le descubrieron un tumor en el colon. Al terminar su 6ªquimioterapia, sin apenas defensas en su cuerpo, se contagió de Covid-19, cuando aún no se conocía la bacteria causante.

En este libro cuenta, en primera persona, su experiencia durante esa enfermedad, que describe, con gran capacidad de observación, los recuerdos y sueños durante su prolongado estado de coma, los mensajes que envió por su móvil a familiares y amigos durante su recuperación (y que no recuerda haber enviado porque estaba en estado de consciencia disminuida), y los comentarios de los médicxs y enfermerxs que le atendieron durante toda su estancia en el hospital.

Entubado para comer y respirar, paralizado totalmente, 12 horas boca arriba y 12 boca abajo, tuvo sueños y visiones que ahora recuerda perfectamente. Elijo la descripción del punto culminante de esta situación, probablemente entre el 20 y el 24 de marzo de 2019, cuando la situación empeoró y tuvieron que practicarle “una traqueotomía por medio de la cual le conectaban a un respirador artificial y a la que el paciente respondía de forma muy positiva”.

“Un día me encontré caminando… Era un viaje desde dentro hacia dentro…. ese ‘dentro’ no era tanto mi interior como lo real, el auténtico ser de las cosas.

Yo caminaba, despacio, por un lugar oscuro… formaban un túnel. La atmósfera no era negra, pero sí verde oscuro. Tenía que andar con la cabeza agachada.

Al fondo, cada vez más cerca, claridad. Clareaba. Traspasé el umbral. Llegué al fuera del dentro: a lo más interior del interior de las cosas. Era un espacio blanco, tal vez nevado. Estaba lleno de paz. En él no había distorsión alguna: nada desafinaba, ni como sonido ni como ambición. Era todo amable, grato, cómodo de ver. De hecho, en él se experimentaba un amor distinto al que yo había conocido y practicado hasta entonces. Era un amor sin inseguridad: afirmado, ya poseído. Era un amor sin equívocos, ni sospechas. Sin malentendidos… Paz. Plenitud. Alegría.

Vi sus frutos: figuras geométricas de colores vivos (rojo, verde, blanco), como si fueran marionetas centroeuropeas del Cascanueces. Escuché de fondo las voces de niños jugando en la nieve, en la calle, felices. Niños que invitaban a jugar con ellos. A jugar para ellos en ese tiempo eterno que es el presente de la infancia…

Lo que se experimentaba allí se presentaba como lo realmente real, haciendo que me preguntara si acaso estaba en el empíreo de Platón o en la ‘casa del Padre’. Nunca lo sabré… Todas mis preocupaciones, miopías, descuidos, miedos o mentiras quedaban atrás, pues no tenían cabida en el nadir.

Estando en esas me entró una duda… ¿estaba yo preparado para amar aquello como merecía ser amado? ¿no debería antes arreglar lo que había roto, es decir, no debería antes desaprender lo que hasta entonces había tomado por amor y que tenía tanto de mentira? Y se me abrió un debate. No sé si conmigo mismo, no sé si con otro… Lo que sé es que en ese momento pude decidir entre quedarme allí, para siempre, en una vida plena, o volver y tratar de reparar las vasijas que he roto…

Regreso

Verlo claro fue inmediato: no podía quedarme. Tenía que volver. Tenía primero mucho que aprender, pues nada de lo que allí había experimentado resultaba proporcionado a mi pobre modo de mirar. Y también necesitaba volver para pedir perdón a algunas personas a lasque había confundido, y hecho daño, con mi patética manera de tratarles. Me levanté del suelo, desoí a los niños que me llamaban, cerré los ojos y entré de nuevo en el túnel, aunque en esta ocasión para alejarme de allí, para volver, para marcharme. Dejar la Vida para marcharme. Dejar la Vida por la vida: una contradicción, una necesidad, una prórroga”.

Comentario

Esta visión del túnel y de la gozosa claridad al final ¿es un “contacto tangencial con la eternidad” (Panikkar), o es un sueño basado en lecturas anteriores?

Esta misma visión se repite frecuentemente en los relatos perimortem, como puede verse en el libro de Pim Van Lommel “Consciencia más allá de la vida”. La iluminación suele producirse en el momento más profundo del nadir.

Jung, en su autobiografía “Recuerdos, sueños, pensamientos”, atribuye gran importancia a la interpretación de los sueños de sus pacientes, y de los propios sueños; casi en cada página está interpretando un sueño. Estos sueños perciben a veces una tragedia que está sucediendo a muchos kilómetros de distancia, o le anticipan la muerte del doctor que le está atendiendo, y que sucedió al mes siguiente. Conozco personas que han tenido este tipo de ¿visiones o experiencias?

Sabemos que los sueños ponen de manifiesto las informaciones y los sentimientos que el subconsciente personal ha ido acumulando desde su nacimiento. Jung les atribuye también una conexión con el inconsciente colectivo y un reflejo de los arquetipos que nos constituyen.

La Biblia nos cuenta la interpretación de José sobre el sueño de las vacas gordas y las vacas flacas que había tenido el Faraón. Nos consideramos modernos porque justificamos esos relatos como lenguaje mitológico, que no pretende contar un suceso real sino transmitir una verdad más profunda; pero quizás el sueño del Faraón fue tan real como los sueños de Jung.

Creo que nuestra cultura es hipercientífica, sólo cree en la experiencia científica y en la argumentación racional. La física cuántica parece haber constatado la acción a distancia, el cambio producido en virus africanos por los cambios realizados en el virus en un laboratorio europeo. ¿Consciencia más allá de la vida?

Consciencia

¿Existe una única realidad, aunque se manifieste en diversos estados (lo que hemos llamado espíritu y materia)? ¿Podríamos comparar la realidad con el estado onda (espíritu) y su colapso en corpúsculos (materia)? En un ejemplo más cotidiano, ¿es la realidad como el agua, que puede presentarse en estado líquido o en estado sólido, con características distintas, válidas solamente para el estado en que se presenta?

Estamos en un proceso evolutivo; quizás presentimos el futuro, pero vivimos en el presente. Caminamos como por el filo de una navaja; una ligera inclinación hacia un lado u otro nos hace caer en el materialismo o en el espiritualismo, en el presente o en el futuro.

Quizás debamos ir descongelándonos y vivir más fluidamente como el agua.

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