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¿Por los frutos los conoceréis? No toda abundancia viene de raíces sanas

"Los frutos verdaderos suelen ser menos espectaculares y más profundos: más paz interior, más verdad, más capacidad de amar, más responsabilidad personal, más libertad para pensar, más humildad, menos necesidad de aparentar"

oracion y compromiso social | P&P

Asistimos a muchos testimonios sobre determinadas comunidades que invitan a una alerta. Hay jóvenes que se acercan a la fe, vocaciones que aparecen, templos llenos en determinados eventos, comunidades que crecen, propuestas digitales con gran alcance, estética cuidada, discursos claros, emoción intensa. A simple vista, muchos dirían: “esto funciona”. Y quizá algo valioso esté ocurriendo. Pero el Evangelio no dijo “por los números los conoceréis”, ni “por el impacto”, ni “por la capacidad de convocatoria”. Dijo otra cosa más exigente: por sus frutos los conoceréis (Mt.7,15).

Por los frutos

Y los frutos rara vez son inmediatos. En nada. Y hoy corremos el riesgo de confundir visibilidad con fecundidad. Porque llenar una sala no es lo mismo que sanar un corazón. Multiplicar seguidores no es lo mismo que formar conciencias libres. Despertar entusiasmo no es lo mismo que sostener procesos hondos, acompañar. Conseguir adhesión no es lo mismo que desarrollar madurez espiritual.

Y vemos algunos resultados de esa mecánica: ¿Qué pasa con esas personas después del fervor inicial? ¿Crecen en libertad interior o en dependencia del grupo? ¿Aprenden a pensar con hondura o solo a repetir consignas? ¿Maduran afectivamente o quedan sostenidas por estímulos constantes? ¿Se vuelven más humanas, más verdaderas, más capaces de amar? ¿O simplemente más identificadas con una estética religiosa?

Las estructuras crecen sostenidas por necesidades básicas:  deseo de pertenecer, miedo a la incertidumbre, necesidad de idealizar figuras fuertes, hambre afectiva disfrazada de radicalidad, búsqueda de identidad en tiempos fragmentados. Todo eso es humano y comprensible. Pero si no se reconoce, puede confundirse con fe. Por eso el autoconocimiento se vuelve hoy una tarea imprescindible.

A veces determinados entornos grupales responden con mucha eficacia a estas necesidades. Ofrecen identidad clara en tiempos confusos. Seguridad en medio de la incertidumbre. Reglas sencillas cuando la vida duele. Sentirse especial en medio de una autoestima herida. Ser “de los elegidos”, “de los que entendieron”, “de los que están dentro”, experimentar una intensa sensación de “familia”. El problema es que estas necesidades tan primarias, toman el mando y nublan el discernimiento.

Conviene mirar con honestidad ciertos lenguajes que hoy circulan en algunos espacios: “se viene algo grande”, “somos parte de lo que Dios está haciendo”, “esto recién empieza”, etc.. Son frases que pueden sonar inspiradoras y son el éxito real de una “marca” que puede confundirse rápidamente con “confirmación divina” yempezamos a llamar “voluntad de Dios” a aquello que también engorda nuestro narcisismo o calma nuestras carencias.

El silencio

Y entonces aparecen comunidades llenas por fuera, pero frágiles por dentro.

Recordemos que los frutos verdaderos suelen ser silenciosos, y se notan en una persona más libre, no más controlada. Más humilde, no más superior. Más capaz de amar al distinto, no más cerrada en su identidad. Más serena, no más excitada espiritualmente. Más responsable de su conciencia, no más infantilizada. Más enraizada en Dios, no más dependiente de mediadores.

Los frutos del Espíritu no siempre hacen ruido. Pero permanecen.

Sería importante, en los entornos a los que pertenecemos, desarrollar una mirada más atenta y lúcida sobre el tipo de persona que ejerce la responsabilidad o el liderazgo. No se trata de sospechar de todo ni de vivir en desconfianza, sino de aprender a discernir con madurez, y si es necesario, poder cuestionar o conversar lo que no termina de hacer bien a las personas o al clima relacional. Porque mientras por fuera puede verse crecimiento, dinamismo y éxito, por dentro también pueden existir vínculos dañinos, inmadurez afectiva, abusos de conciencia o estructuras sostenidas más en la fascinación que en la verdadera libertad. Esa tensión nos obliga a no quedarnos solo con la superficie: no todo lo que crece está sano, y no toda abundancia viene de raíces sanas. 

Una persona verdaderamente libre y generosa, siendo verdaderamente responsable suele dejar ciertas huellas humanizadoras en los demás: A su lado no te empequeñeces. No necesitas anularte para pertenecer. Puedes ser tú mismo sin miedo constante a decepcionar.

Tu pensamiento crece, no se apaga. Te invita a reflexionar, no solo a obedecer. No castiga las preguntas ni infantiliza tu criterio.

Puedes poner límites sin perder el vínculo. No usa el afecto como premio ni la distancia como castigo. La relación no depende de que siempre digas que sí.

Te sientes más libre, no más dependiente. Después del encuentro contigo mismo y con esa comunidad, eres más responsable de tu vida, no más incapaz de decidir sin ellos.

Los frutos verdaderos suelen ser menos espectaculares y más profundos: más paz interior, más verdad, más capacidad de amar, más responsabilidad personal, más libertad para pensar, más humildad, menos necesidad de aparentar.

Libro de San Juan de la Cruz

Hoy más que nunca necesitamos volver a mirar menos el escenario y más la sanidad del fruto.

Nos puede ayudar una reflexión de San Juan de la Cruz, en su libro “Subida del Monte Carmelo”, como algo que él ya lo advertía en el siglo XVI, ¿qué diría hoy?

“Y espántome yo mucho de lo que pasa en estos tiempos, y es que cualquiera alma de por ahí con cuatro maravedís de consideración, si siente algunas locuciones de éstas en algún recogimiento, luego lo bautizan todo por de Dios, y supone que es así, diciendo: ‘Díjome Dios’, ‘respondióme Dios’; y no será así, sino que, como habemos dicho, ellos las más veces se lo dicen”.

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