Rutilio Grande: Vamos todos al banquete
Cuando se cumplen los 49 años del asesinato del "Padre Grande", debemos considerar que no es un aniversario más, ni tan siquiera un recuerdo, es un momento especial para pensar en cómo cada uno de nosotros vamos siguiendo al Jesús del Evangelio
Celebramos este 12 de marzo el 49 aniversario del asesinato de “el Padre Grande”, como le llamaban popularmente en Aguilares y el Paisnal (así le llamaba también el obispo Monseñor Romero, también asesinado y convertido de modo especial, a raíz especialmente del asesinato del padre Grande), de Manuel Solórzano y del joven Nelson Rutilio de apenas 16 años. Y, como siempre, es una fecha que, para los creyentes en el Evangelio de Jesús, como el predicó hasta el final, no nos puede pasar desapercibida. No es un aniversario más, ni tan siquiera un recuerdo, es un momento especial para pensar en cómo cada uno de nosotros vamos siguiendo al Jesús del Evangelio, y como “andamos” de fidelidad a ese mismo Evangelio y al proyecto del Reino de felicidad para todos, que Jesús nos proclamó.
La persona de Rutilio Grande fue muy importante para el pueblo salvadoreño, especialmente para el pueblo más sencillo y crucificado, con el que él se relacionaba, pero también fue muy importante para el obispo Monseñor Romero, asesinado apenas tres años después que él.
Rutilio tenía la especial virtud de tener “una gran valentía”, una valentía que le llevó hasta el final, a arriesgar y a dar la vida por su pueblo. En ningún momento de su vida escatimó energías en defender a ese pueblo crucificado, y esa valentía la sacaba especialmente del encuentro con Dios presente en los pobres con los que compartía su vida a diario. En Rutilio no puede separarse el encuentro con Dios del encuentro con los pobres, o dicho de otro modo, porque Rutilio creía en el Dios de Jesús, veía, tocaba y sentía a ese mismo Dios en los pobres de El Salvador. Nunca se escondió de nadie, nunca se puso detrás, sino que con la cabeza bien alta, defendía la misma causa de Jesús de Nazaret, la persona herida y machacada por los poderosos y ricos del momento. Tanto es así, que lo asesinaron los mismos que asesinaron a Monseñor Romero y, por supuesto, los mismos que asesinaron a Jesús de Nazaret, y a tantos otros mártires salvadoreños.
Rutilio, “el Padre Grande”, tenía una forma de hablar muy especial, y eran características sus catequesis, donde a través de ellas formaba al pueblo y a las comunidades de base, pero también “se dejaba formar por ellas”. Rutilio no era político, no era él el que enseñaba, era el que desde el pueblo y con el pueblo se dejaba llenar de la vida de Jesús que el mismo pueblo le transmitía. La fuente de revelación para Rutilio era la Palabra de Dios hecha carne, encarnada, en todo lo que el pueblo vivía, especialmente el pueblo crucificado y necesitado. Para Rutilio, como después para Monseñor Romero, era el pueblo crucificado el que le enseñaba a vivir y a disfrutar de las “maravillas del Reino”. No era por eso un Reino político o un Reino heredado de memoria o teórico, era un Reino vivo presente en el martirio y en la injusticia del pueblo salvadoreño. En el Padre Grande vida y evangelio se unían en una misma cosa, no había divorcio entre lo que proclamaba en la Escritura y lo que luego vivía en cada uno de los “cantones” salvadoreños.
Para Rutilio no era posible una mera reflexión de la Palabra, del Evangelio que no llevara a la acción, y era eso justo lo que molestaba a los diferentes lideres poderosos del momento
Las comunidades populares salvadoreñas por él fundadas eran comunidades que leían y meditaban la Palabra de Dios, pero que precisamente porque las meditaban, pasaban a la acción. Para Rutilio no era posible una mera reflexión de la Palabra, del Evangelio que no llevara a la acción, y era eso justo lo que molestaba a los diferentes lideres poderosos del momento. Si no hubiera sido una persona activa, no habría sido asesinado, pero sus palabras las convertía en hechos, que él mismo llevaba a cabo.
Sus “herramientas” eran por eso solo la Palabra del evangelio y la vida de los miles de campesinos y campesinas pobres machacados por la injusticia de un país que solo se preocupaba de los ricos y de sus poderes. La injusticia salvadoreña clamaba a Dios, como clamó los gritos del pueblo judío en Egipto y que nos relata el libro del Exodo. Esos “clamores y gritos” hacían que el Dios Padre-Madre de todos no pudiera estar tranquilo y acudiera también en su defensa. Por eso la fuente de la que el “bebía” era la fuente del pueblo, el mismo pueblo que también escuchaba a Jesús y al que el maestro de Nazaret se dirigía, y por el que dio la vida. Rutilio no era un cura o un jesuita cualquiera, no era un hombre “erudito y de libros”, era un hombre de vida, cuya sabiduría emanaba del pueblo salvadoreño. Y eso es lo que transmitía también en sus comunidades.
De ahí que esas comunidades populares fueran escuelas de “teología y de vida”, porque la teología que no se vive, que no se encarna, en el fondo casi llega a ser un instrumento más de poder, al servicio de unos pocos. Lo que él predicaba era la dignidad de todo ser humano a ser tratado como tal y a disfrutar de la vida en todas sus capacidades. Rutilio tenía muy claro que todos somos hermanos, que Dios nos quiere a todos y que todos nos merecemos lo mismo, por eso su lucha fue precisamente esta: devolver la dignidad al pueblo crucificado por los poderes del ejército y de los ritos del país en aquel momento, ayudados como siempre por el poder imperialista de los Estados Unidos.
Por eso lo que el Padre Grande predicaba no era una ideología política, era una nueva manera de vivir y de ser persona, emanada de la Escritura, de la Biblia; el proyecto de Jesús de Nazaret era lo que movía a Rutilio, un proyecto de dignidad y de fraternidad para todos los seres humanos, un nuevo mundo, “una mesa común para todos”, un nuevo orden para El Salvador, donde todos pudieran vivir dignamente.
Y eso convencía a la gente, la convencía no porque “le comiera el coco”, sino porque lo que decía lo hacía vida, porque sus palabras eran también sus acciones, porque como después Monseñor Romero, “se la jugó por el pueblo y por él vivió y murió”.
“Vamos todos al banquete, a la mesa de la creación, cada cual con su taburete, tiene un puesto y una misión”, ese era el lema de Rutilio Grande, la mesa fraternal donde todos podamos comer y disfrutar
“Vamos todos al banquete, a la mesa de la creación, cada cual con su taburete, tiene un puesto y una misión”, ese era el lema de Rutilio Grande, la mesa fraternal donde todos podamos comer y disfrutar. De ahí que la Eucaristía como celebración del banquete común tenga un sentido muy especial en la vida y en las catequesis del Padre Grande. La eucaristía como el centro de la vida cristiana que debe llevar a un compromiso con los más pobres. No podemos celebrar la Eucaristía dignamente mientras a nuestro alrededor la gente se muere de hambre, el banquete queda incompleto y hasta casi “sacrílego. Esas eran también las palabras del mismo jesuita padre Arrupe, general de la compañía, y que se encargó de dar un fuerte giro social a la misma.
Para Arrupe, la Eucaristía solo es celebración del sacramento de Jesús “cuando todos nos sentamos en ella”. Es bien conocida su frase “hambre de pan y hambre de evangelio”, para decir que el evangelio supone también y compromete con el pan, que no podemos dar y transmitir el evangelio mientras los seres humanos son machacados y maltratados, se mueren de hambre en muchas partes del mundo. Pero tampoco eran palabras suyas, ni de Arrupe ni de Rutilio Grande, sino que eran palabras del mismo Jesús de Nazaret, cuando le presentan a miles de personas hambrientas y que solo tienen cinco panes y dos peces. Las palabras de Jesús son claras: “Dadles vosotros de comer” (Mt 14,16 ): el milagro no consiste entonces en que Dios nos dé “ese maná” prometido, sino en que los seres humanos nos preocupemos unos de otros, y hagamos de los más necesitados el eje de nuestro vivir. Un comer que implica no solo “llenar la barriga” sino crear unas condiciones dignas de vida para todo ser humano: de sanidad, de educación, de vivienda, de ocio… una vida igualitaria y en la misma línea para todos.
Estoy convencido que si hoy, 49 años después de su martirio, el Padre grande viviera en El Paisnal seguiría diciendo y viviendo lo mismo, y seguramente volverían a asesinarlo, porque su vida seguiría siendo incómoda para los poderes que están aún presentes en El Salvador y en el pueblo salvadoreño. Hoy Rutilio estaría gritando a las puertas de las cárceles salvadoreñas, donde son encarcelados miles de jóvenes acusados perversamente de pertenecer a unos grupos violentos, cuando en realidad lo que desean es poder “simplemente vivir”. Hoy en El Salvador se ha sustituido la violencia callejera por una violencia institucional que lo que pretende es “tapar” la auténtica violencia que desde hace siglos sufre este pequeño país centroamericano: LA VIOLENCIA DE LA POBREZA, una violencia que hace que casi la mitad de los jóvenes salvadoreños tengan que emigrar fuera de su país para simplemente buscarse un futuro digno y poder vivir como personas. Hay cantones donde ya no hay jóvenes, porque todos están fuera, y son los jóvenes “obligados a exiliarse desde la emigración” los que siguen sosteniendo el país y a sus pobres familias.
Hoy la Iglesia salvadoreña está lejos de ser la Iglesia que vivieron Rutilio y Monseñor Romero, quizás haya que resucitarla, quizás haya que llenarla de vida evangélica
Hace 49 años fueron asesinados el Padre Grande y dos campesinos más, hoy siguen sufriendo esos mismos campesinos por sus hijos que son encarcelados y porque muchos de ellos no pueden ofrecer a sus hijos una vida digna, como la de cualquier otro ser humano. Y la Iglesia quizás tendría que fijarse más en todo esto para poder seguir siendo fermento y sal en medio de tanta levadura a veces y en muchas ocasiones un “tanto podrida”. Pero quizás hoy la Iglesia salvadoreña, como la de tantos otros países, no está en esta misma honda, no sabemos si por miedo o porque efectivamente ha dejado de ser sal y luz en medio de la masa. Hoy la Iglesia salvadoreña está lejos de ser la Iglesia que vivieron Rutilio y Monseñor Romero, quizás haya que resucitarla, quizás haya que llenarla de vida evangélica.
Pero para el pueblo salvadoreño la memoria de los mártires sigue viva, sigue siendo su fuente de inspiración y de vida humana y cristiana, si es que ambas pueden llegar a separarse. De ahí que cada año, cuando llegan fechas importantes el pueblo entero, el de abajo, se vuelque en hacer memoria de ellos. Cada 12 de marzo, cada 24 de marzo, cada 16 de noviembre, y cada vez que se recuerdan cada una de las matanzas de campesinos y campesinas anónimas, el pueblo se vuelca y se vuelca para seguir gritando que sus martirios no han sido en vano, sino que siguen presentes en sus vidas, y que les siguen animando. Haría falta quizás como digo, un relevo importante en la Iglesia salvadoreña. Hará falta un vencer al miedo y lanzarse a las calles a gritar justicia y a ir luchar contra la violencia de la pobreza. Se trata de que esa violencia cruel que es el hambre y la injusticia no sigan “matando salvadoreños y salvadoreñas”, que esa violencia cese es misión también del compromiso de toda una Iglesia que, desde el evangelio, tiene que hacer creíble el mensaje de las bienaventuranzas evangélicas.
Si Rutilio no hubiera luchado contra la violencia de la pobreza y de la injusticia, no habría sido jamás asesinado, habría muerto de cualquier otra cosa o de anciano en su cama. Pero Rutilio murió asesinado por los poderosos del país que no aguantaban que el “padre Grande” estuviera a favor de los pobres, que fueran su escudo y su bandera. Y eso fue precisamente lo que también después convirtió a Monseñor Romero, lo que convirtió a San Romero fue descubrir que a Rutilio lo habían matado por causa del Evangelio, que los mismos que mataron en su día a Jesús de Nazaret, son los que mataron también a su amigo y hermano. Una vez más lo que convenció al obispo Romero y convence a toda la gente es LA VIDA, una vez más no son las ideologías lo que nos convencen, sino la propia vida. Es lo mismo que convenció a los discípulos de Juan cuando fueron enviados ante Jesús para decirle si El era el Mesías: “ Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia; y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo” ((Lc 7, 22-23). Esos son los signos del Reino y son los signos que convencen lo que hacemos por y para los otros hermanos y hermanas más necesitados.
Ojalá que también sea así en nuestra Iglesia, ojalá que nuestra Iglesia, la comunidad de Jesús, en El Salvador y en todo el mundo, sea capaz de convencer así , con los mismos signos del maestro de Nazaret. El Padre Grande, Rutilio, Manuel Solorzano y Nelson Rutilio, siguen vivos y presentes en la memoria del pueblo martirizado de El Salvador, pero también siguen vivos en el corazón del Dios Padre-Madre de Jesús. Que su semilla siga siendo luz para este pueblo y para toda la Iglesia. Ahora son beatos, pero para Dios y para el pueblo salvadoreño son santos desde el mismo momento de su asesinato, como Monseñor Romero y como tantos otros martirizados allí. Que el testimonio de su vida, sea fermento vida para la Iglesia de Jesús de Nazaret.
Gracias por lo que nos habéis dejado, seguid intercediendo por el pueblo de El Salvador, por el que disteis la vida, y por todo nuestro mundo sumido en las luchas y en el poder que siempre oprime.
