La Iglesia necesita periodistas, no solo portavoces
Después de hablar de comunicación, lenguaje y redes sociales, quiero cerrar esta serie con una cuestión que considero esencial: ¿Cómo se relaciona la Iglesia española con los periodistas?
Después de hablar de comunicación, lenguaje y redes sociales, quiero cerrar esta serie con una cuestión que considero esencial:
¿Cómo se relaciona la Iglesia española con los periodistas?
La pregunta no es menor. Para una institución con la dimensión social de la Iglesia, los medios de comunicación siguen siendo uno de los principales puentes con una sociedad que, en buena parte, está fuera de sus estructuras.
La propia Conferencia Episcopal parece asumirlo. En 2024 señaló como una de sus áreas prioritarias de crecimiento la proximidad con los periodistas: facilitar el encuentro personal, ofrecer la información requerida y atender también las dificultades que los profesionales de los medios encuentran en su trabajo.
Y en 2025 fue todavía más explícita: el papel de los medios es ejercer el escrutinio de las instituciones, también de la Iglesia, mediante la información, el contraste y la búsqueda de la verdad.
Me parece una afirmación muy importante. Porque una institución no mejora su comunicación intentando controlar lo que los periodistas preguntan.
La mejora cuando facilita que puedan preguntar, investigar y contrastar.
La Iglesia ha avanzado mucho. Ha profesionalizado estructuras, formado portavoces y mejorado sus sistemas de transparencia. En 2026, la Conferencia Episcopal y 24 diócesis recibieron el sello Infoparticipa de la Universidad Autónoma de Barcelona por la calidad y transparencia de su comunicación web.
Pero transparencia y comunicación no son exactamente lo mismo. Puedes publicar mucha información y seguir siendo una institución difícil de entender.
Puedes tener un magnífico gabinete de prensa y mantener una relación distante con los periodistas.
Y puedes tener portavoces perfectamente formados y, sin embargo, perder una oportunidad cada vez que un periodista intenta encontrar una respuesta.
Por eso creo que la Iglesia necesita más cultura periodística dentro de sus estructuras. No para convertir a los periodistas en defensores de la institución. Todo lo contrario. Para comprender que una pregunta incómoda forma parte del trabajo periodístico.
Que una noticia negativa no siempre es una agresión. Que una crítica no necesariamente es una campaña contra la Iglesia. Y que responder con transparencia puede ser mucho más eficaz que intentar evitar una conversación difícil.
La propia CEE ha incorporado ya formación específica para portavoces diocesanos, incluyendo relación con medios, gestión de crisis, comunicación estratégica y storytelling.
Es un paso necesario. Pero quizá haya que dar otro: hacer que la relación con los medios sea una responsabilidad de toda la organización y no solamente del departamento de comunicación.
Porque un periodista no se relaciona únicamente con el portavoz. Se relaciona con sacerdotes, obispos, religiosos, responsables de instituciones, expertos y personas que forman parte de la Iglesia.
Y cada una de esas conversaciones construye —o deteriora— reputación. Hay además una cuestión especialmente sensible: la comunicación de crisis.
Los casos de abusos, los conflictos internos, las cuestiones económicas o las controversias públicas han demostrado que no existe comunicación sin confianza.
En esos momentos, el silencio institucional puede ser interpretado como falta de transparencia. Y una respuesta defensiva puede transformar un problema en una crisis de reputación.
Por eso la comunicación no debería empezar cuando aparece el problema. La confianza se construye antes de la crisis.
Y aquí vuelvo a una idea que ha aparecido en los tres artículos anteriores: la Iglesia tiene que pasar de una comunicación fundamentalmente institucional a una comunicación más humana y relacional.
La propia reflexión de los obispos españoles y portugueses de 2025 lo reconoce: comunicar significa también escuchar, acompañar, compartir la vida y establecer relaciones.
Quizá por eso el futuro de la comunicación de la Iglesia no dependa únicamente de tener mejores notas de prensa, más presencia en televisión o más seguidores en redes.
Dependa de algo bastante más difícil: construir una relación de confianza con quienes cuentan a la sociedad lo que ocurre dentro y fuera de la Iglesia.
Los periodistas no necesitan una Iglesia que les diga qué deben contar.
Necesitan una Iglesia que les permita contar mejor lo que sucede en ella. Y quizá esa diferencia sea fundamental.
Porque una institución que confía en sus comunicadores, facilita información, acepta preguntas difíciles, reconoce errores y mantiene una relación profesional y abierta con los medios tiene muchas más posibilidades de ser comprendida.
Incluso cuando la noticia no le favorece. Después de cuatro artículos, mi conclusión sería esta:
La Iglesia española no necesita necesariamente comunicar más. Necesita comunicarse mejor.
Con un lenguaje que la sociedad entienda. Con unas redes que permitan conversar.Con historias protagonizadas por personas.
Y con periodistas a los que vea no como un problema que gestionar, sino como profesionales imprescindibles para relacionarse con la sociedad.
Ese puede ser, en mi opinión, uno de los grandes retos comunicativos de la Iglesia española en los próximos años. No se trata de ganar todas las noticias. Se trata de ganar algo mucho más importante: la confianza de la sociedad para poder ser escuchada.