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La Iglesia y las redes sociales: estar no es comunicar

En los dos artículos anteriores planteaba dos preguntas: si la Iglesia española tiene un problema de comunicación y si ese problema puede estar relacionado con su lenguaje… Hay una tercera cuestión: ¿Está la Iglesia realmente preparada para comunicarse en las redes sociales?

Iglesia y redes sociales

En los dos artículos anteriores planteaba dos preguntas: si la Iglesia española tiene un problema de comunicación y si, en buena medida, ese problema puede estar relacionado con su lenguaje.

Hay una tercera cuestión que merece atención: ¿Está la Iglesia realmente preparada para comunicarse en las redes sociales?

La respuesta no puede ser simplemente que sí porque tenga perfiles en Instagram, YouTube, Facebook o TikTok.

Porque estar en las redes no significa necesariamente comunicarse en ellas. Las redes han cambiado las reglas de la comunicación. Ya no basta con emitir mensajes. Hay que conversar, escuchar, responder, generar comunidad y, sobre todo, conseguir credibilidad.

La propia Conferencia Episcopal parece asumir este cambio. En 2026 dedica una de sus iniciativas de comunicación a los llamados misioneros digitales, entendidos no simplemente como creadores de contenidos, sino como personas llamadas a escuchar, acompañar, suscitar preguntas y generar encuentros en el entorno digital.

Es un cambio de perspectiva importante. Porque el verdadero desafío no consiste en trasladar una nota de prensa a Instagram ni en convertir una homilía en un vídeo de treinta segundos.

Cultura digital y comunicación visual

El reto consiste en entender la cultura digital. Y esa cultura tiene también una dimensión que a veces olvidamos: la comunicación visual.

En buena parte de la comunicación eclesial todavía encontramos una estética gráfica muy vinculada a los códigos institucionales tradicionales: carteles cargados de información, exceso de texto, tipografías poco contemporáneas, composiciones visuales rígidas, fotografías utilizadas más como ilustración que como relato y una identidad gráfica que, en ocasiones, parece pensada para un folleto o un tablón parroquial antes que para una pantalla de móvil.

No significa que toda la comunicación de la Iglesia sea así. Existen proyectos, diócesis, movimientos y profesionales que están haciendo un trabajo visual muy interesante.

Pero sí creo que existe una cuestión de fondo: la Iglesia necesita revisar también cómo se ve a sí misma cuando se presenta ante la sociedad.

En Instagram, TikTok o YouTube, la primera comunicación muchas veces no es el texto. Es la imagen.

Y esa imagen debe competir, en el mismo dispositivo y en cuestión de segundos, con medios de comunicación, marcas, creadores de contenido, instituciones culturales y millones de usuarios que han aprendido a utilizar el lenguaje audiovisual con enorme rapidez. No se trata de convertir la Iglesia en una marca comercial. Se trata de comprender que la estética también comunica.

Una fotografía, una tipografía, un color, una composición, un vídeo vertical o una portada pueden transmitir cercanía, distancia, modernidad, solemnidad, juventud, autoridad o incluso indiferencia antes de que nadie haya leído una sola palabra.

Por eso la renovación de la comunicación digital debería incluir también una renovación de la dirección de arte, el diseño gráfico, la fotografía y el lenguaje audiovisual.

No para abandonar la identidad propia. Precisamente para conseguir que esa identidad sea reconocible y atractiva en los códigos visuales contemporáneos.

Y aquí aparece otra cuestión: las redes han cambiado también la duración y el ritmo de la comunicación.

Una imagen potente puede conseguir que alguien se detenga.Un vídeo bien construido puede conseguir que escuche. Una historia personal puede conseguir que se identifique. Y una conversación puede conseguir que permanezca.

La Iglesia tiene miles de historias que podrían conectar con públicos que hoy están muy alejados de sus estructuras: jóvenes que han descubierto la fe, misioneros, voluntarios, educadores, familias, personas que trabajan con colectivos vulnerables, sacerdotes que acompañan situaciones difíciles...

Historias humanas. Historias reales. Historias que probablemente comuniquen mucho mejor que una institución hablando de sí misma.

La propia Iglesia ha identificado precisamente esta necesidad: mostrar su identidad a través de personas concretas e historias reales y reforzar la relación personal con los medios y con los nuevos públicos.

Pero existe también un riesgo. Las redes pueden convertirse en una nueva forma de comunicación autorreferencial: hablar mucho de la Iglesia, de sus actividades y de sus protagonistas, pero sin establecer una verdadera conversación con quienes están fuera.

Y existe otro peligro todavía mayor: confundir influencia con evangelización.

Misionero digital

Tener seguidores, conseguir visualizaciones o acumular “likes” no significa necesariamente haber comunicado. La propia Iglesia advierte de los riesgos del narcisismo, la superficialidad y la polarización en el entorno digital.

Por eso me parece especialmente interesante el concepto de misionero digital.

No porque la Iglesia necesite simplemente más influencers. Sino porque necesita comunicadores capaces de combinar conocimiento del medio, autenticidad, formación, escucha y capacidad de diálogo.

Y quizá aquí haya una cuestión que debería plantearse toda la estructura eclesial: ¿Estamos formando comunicadores digitales o simplemente formando personas que manejan herramientas digitales?

No es lo mismo. El primero entiende cómo funciona la conversación pública. El segundo sabe publicar.La diferencia puede parecer pequeña, pero es enorme.

También lo es para los jóvenes. La Iglesia afirma que quiere que sean protagonistas de su misión y reconoce que las redes sociales son uno de los espacios donde se relacionan, expresan sus inquietudes y construyen identidad.

Entonces quizá deberíamos hacernos una pregunta todavía más incómoda: ¿Estamos dejando que los jóvenes sean protagonistas de la comunicación de la Iglesia o seguimos comunicando principalmente sobre los jóvenes?

Creo que la respuesta a esta pregunta puede marcar buena parte del futuro de la comunicación eclesial.

Porque la revolución digital no consiste solamente en disponer de nuevos canales.

Consiste en aceptar una nueva relación entre emisor y receptor. Y esa transformación es mucho más profunda.

La Iglesia ya está dando pasos. Tiene un área específica de comunicación digital, organiza encuentros de misioneros digitales y está incorporando nuevos formatos y lenguajes.

Pero el desafío ahora es conseguir que esa transformación llegue al conjunto de la organización. A las diócesis. A las parroquias. A las congregaciones.A las hermandades. A los movimientos.

Y, sobre todo, a quienes tienen la responsabilidad de representar públicamente a la Iglesia.

Porque al final, la comunicación digital no es una cuestión tecnológica. Es una cuestión cultural.

Comunicación cultural

Y quizá la pregunta más importante no sea cuántos perfiles tiene la Iglesia en las redes.

Ni siquiera cuántos seguidores consigue. Sino esta: ¿Está la Iglesia dispuesta a escuchar, conversar y cambiar también su manera de verse para poder comunicarse con la sociedad actual?

Ahí empieza, probablemente, la verdadera comunicación.

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