Ángel Pérez Pueyo: "De inmigrantes a vecinos, cinco verbos imprescindibles"
"Muchos pueblos envejecen y gracias a personas llegadas de otros países se mantienen actividades económicas, se llenan aulas y se sostiene la vida de nuestras comunidades. Pero no llegan solamente manos para trabajar; llegan personas para vivir…"
(La Voz de los Obispos).- El 9 de octubre tuve la oportunidad de asistir al XIII Foro Rural, celebrado en Binéfar bajo un título tan sugerente como oportuno: «Población e inmigración en la Comarca de La Litera: un desafío social en tiempos de cambio».
Como pastor de esta diócesis rural, salí con una inquietud que llevo desde hace tiempo en el corazón: ¿cómo conseguir que quien llega de fuera deje de sentirse inmigrante para convertirse, sencillamente, en vecino?
Nuestra tierra vive una aparente paradoja. Muchos pueblos envejecen y pierden población, y gracias a personas llegadas de otros países se mantienen actividades económicas, se llenan aulas y se sostiene buena parte de la vida de nuestras comunidades. Pero no llegan solamente manos para trabajar; llegan personas para vivir. Llegan con su lengua, su cultura, sus creencias, sus heridas, sus capacidades, sus hijos y sus sueños. Y aquí comienza nuestra verdadera responsabilidad.
Nadie eligió dónde nacer. Pero todos podemos elegir con quién caminar, a quién abrir nuestro corazón y con quién compartir la vida. Nuestra dignidad no depende del lugar de nacimiento ni de lo que poseemos. Es un don de Dios. Y ese don nos recuerda algo esencial: no hemos sido creados para vivir unos al lado de otros, sino los unos para los otros. Desde este punto de vista, os animo a conjugar cinco verbos que considero imprescindibles para construir el futuro de nuestros pueblos.
ACOGER, porque nadie puede integrarse donde siente que molesta. CONOCER, porque detrás de cada etiqueta hay un nombre y una historia. INTEGRAR, porque no queremos personas simplemente toleradas, sino reconocidas como necesarias. COMPARTIR, porque la convivencia se construye en la escuela, el trabajo, las fiestas y la vida cotidiana. Y PERTENECER, porque la integración habrá alcanzado su plenitud cuando quien llegó diciendo «aquí trabajo» pueda afirmar: «Este también es mi pueblo».
