Juan José Tamayo, maestro de radical liberación
Mantiene, con pulso firme, la misma intención y el mismo rigor intelectual y espiritual, aunque mejora esa tradición, porque la lleva más allá del cristianismo, abrazando todas las tradiciones y las causas que merecen el apoyo y la justa reivindicación
Lo que la sociedad, la democracia y el pensamiento español deben a Juan José Tamayo es mucho y muy importante. De trato generoso y atento a cada una de las personas que tenemos la suerte de poder acompañarle de cerca y de aprender tanto de sus obras como de lo más difícil de sostener, que es un modo ético y ejemplar de estar en el mundo y pensarlo, Tamayo es, por variados motivos, excepcional.
Soy de las que piensan que la fractura entre el pensar y el vivir de la intelectualidad es responsable de la falta de transformación social, porque nos atraen deslumbrantes pensadores o escritores que, en su búsqueda de reconocimiento, dejan a la deriva la vida viva del instante, del momento presente. En las antípodas de ello, hallaremos a Tamayo. De igual modo que trata a sus amigos y allegados, con idéntica entrega, generosa y dialógica, se relaciona con el mundo y con el ejercicio de pensarlo para incidir en él. Maestro de la ortopraxis, de predicar con el hecho, con la palabra viva y con libros que recogen con precisión y lealtad todo lo que vive y respira, está legitimado como nadie para escribir los ensayos, las columnas y los artículos periodísticos que está aportando a nuestra cultura para abonarla y transformarla, asumiendo riesgos que muy pocos estarían dispuestos a correr.
El pensamiento reformista de Tamayo, heredero de la más sólida tradición del Humanismo cristiano europeo, representado, emblemáticamente, por Erasmo de Rotterdam (siempre insisto en este paralelismo, pero es una evidencia que no debe silenciarse), mantiene, con pulso firme, la misma intención y el mismo rigor intelectual y espiritual, aunque mejora esa tradición, porque la lleva más allá del cristianismo, abrazando todas las tradiciones y las causas que merecen el apoyo y la justa reivindicación.
A Tamayo lo encontraremos siempre, sin quiebro, denunciando las desigualdades que causan las diferentes ideologías, así como los diversos modos de proceder de un paradigma sociopolítico devastador humana y ecológicamente. Permanece al lado de los más desfavorecidos, de las mujeres, de las culturas indígenas, de las otredades que, al fin y al cabo, nos hacen posibles como humanidad, tan plural como semejante en cada uno de sus miembros. Sus libros, al igual que él en cualquier circunstancia cotidiana, recogen el asombro y el entusiasmo, el interés nuevo y sincero por el saber y por aquello que confiere el ser a lo humano.
Su prosa de estilo fluido, de ágil pensamiento, deja abiertas preguntas y caminos posibles por donde devolverle a nuestra existencia la confianza que comportan la mirada y la actitud compasivas hacia el prójimo y hacia el planeta, que es nuestra casa más cierta. Caminos que deben pasar por la consciencia de las amenazas reales que existen, por la acción ecológica, por sentir con el pensamiento para que este defienda y represente una ética veraz y posible que ayude a vivirnos desde nuestra vulnerabilidad, desde nuestra precariedad y nuestra naturaleza anhelante, y que nos conduzca a una mística de ojos abiertos, corazón solidario y amor políticamente eficaz.
Sus dos últimos libros publicados, Hacia una espiritualidad liberadora (Herder, 2024) y Cristianismo radical (Trotta, 2025, 3.ª ed.), son ensayos que, desde un sólido conocimiento, nos plantean la pregunta sobre la relevancia de la espiritualidad en un mundo donde la inteligencia artificial y el transhumanismo, la crisis ecológica y el neoliberalismo parecen reducirla a un anacronismo, así como también, en el caso del segundo libro, la cuestión fundamental de un cristianismo que o es radical, o no es cristianismo. En ambas obras, nos adentramos en páginas que desvelan la espiritualidad como la genuina identidad de lo humano y nos muestran una hermenéutica crítico-liberadora que nos ayuda a entender el cristianismo radical como la respuesta legítima a las amenazas que asolan el planeta y las sociedades en nuestros días.
