Un laico toma la palabra ante la Vida Consagrada

"La vida consagrada no necesita hoy que la defiendan, sino que la despierten"

Algunos de los consagrados, en la misa de hoy
Algunos de los consagrados, en la misa de hoy | RD
Gonzalo Rodríguez Lorenzo
03 feb 2026 - 10:14

Hay críticas que nacen del cansancio y otras que nacen del aprecio. La mía pertenece a estas últimas. Hablo como laico, sí, pero también como alguien que ha aprendido a amar la vida consagrada desde dentro, escuchando su respiración profunda, rezando con ella, dejándose afectar por su belleza y también por su desgaste. Precisamente por eso, porque la amo, me atrevo a decir que la vida religiosa vive hoy una hora de verdad que no se resolverá con frases piadosas ni con lemas bien diseñados.

La vida consagrada no necesita hoy que la defiendan, sino que la despierten.

Durante demasiado tiempo se ha refugiado en un lenguaje que suena bien pero que ya no toca la carne de la realidad: “signo profético”, “radicalidad evangélica”, “opción por los pobres”, “carisma vivo”. Palabras grandes, sí. Pero cuando no brotan de una experiencia viva de Dios, se convierten en ruido religioso. Y el ruido —aunque sea sagrado— termina impidiendo escuchar al Espíritu.

1. El futuro no es una amenaza: es el lugar teológico del discernimiento

La falta de vocaciones y el envejecimiento de las comunidades no son un accidente ni una mala racha. Son el lugar concreto donde hoy se juega la fidelidad. No reconocerlo con serenidad espiritual es una forma sutil de negación.

Quizá el Espíritu no esté pidiendo planes de relanzamiento, sino una pobreza más honda: aceptar que muchas formas históricas de vida religiosa han cumplido su ciclo. Que no todo tiene que salvarse. Que perder número, poder y visibilidad puede ser una gracia. El Evangelio nunca tuvo miedo de la minoría; sí lo tuvo siempre de la falta de verdad.

La pregunta decisiva no es cómo atraer vocaciones, sino qué vida estamos ofreciendo. Y si esa vida merece, de verdad, ser compartida.

Se habla mucho de secularización del mundo. Pero hay una secularización más peligrosa: la que sucede dentro de la vida consagrada. No hablo de hábitos o signos externos, sino de algo más grave: la pérdida de hondura espiritual

2. Secularización externa… y una interior aún más preocupante

Se habla mucho de secularización del mundo. Pero hay una secularización más peligrosa: la que sucede dentro de la vida consagrada. No hablo de hábitos o signos externos, sino de algo más grave: la pérdida de hondura espiritual.

Una espiritualidad de pantalla, de consignas rápidas, de músicas que emocionan pero no transforman, de oraciones que no atraviesan el ego ni descienden al fondo del alma. Mucha actividad religiosa y poca experiencia de Dios. Mucha palabra sobre Él y poco temblor ante su Presencia.

La vida consagrada no puede permitirse una espiritualidad superficial. Si pierde el silencio, la espera, la noche, la fidelidad a la oración cuando no consuela, entonces deja de ofrecer lo que nadie más puede ofrecer. El mundo secularizado no necesita más estímulos; necesita testigos de una vida habitada, hombres y mujeres que hayan sido trabajados por Dios en lo escondido.

3. Jóvenes que buscan formas… y comunidades que han perdido la raíz

Se suele decir que los jóvenes que se acercan hoy a la Iglesia buscan seguridades externas, formas antiguas, liturgias cuidadas. Puede ser. Pero tal vez eso sea un síntoma, no el problema. Cuando no se percibe una vida interior sólida, se buscan envoltorios fuertes.

El verdadero interrogante es otro: ¿hay hoy comunidades religiosas que respiren Evangelio, que vivan con sobriedad real, con fraternidad no idealizada, con una oración que sostenga la intemperie? ¿O hemos confundido la adaptación con la dilución?

Los consagrados españoles, esperando para ingresar a la asamblea de Confer
Los consagrados españoles, esperando para ingresar a la asamblea de Confer | JL/RD

Los jóvenes no buscan instituciones perfectas. Buscan vida verdadera, incluso herida. Pero vida. Y eso no se improvisa con discursos ni con estéticas.

4. Espiritualidad sin hondura: el riesgo más grave

Permítanme ser directo. Una vida consagrada sin vida interior es una contradicción. No basta con tener tiempos de oración en el horario si no hay combate espiritual, si no hay desierto, si no hay procesos reales de conversión.

Cuando la espiritualidad se reduce a frases bonitas, a músicas que tapan el silencio, a encuentros que evitan el vacío, se pierde la capacidad de engendrar vida. El Dios cristiano no se deja domesticar ni convertir en experiencia gratificante. Forma a sus testigos en la paciencia, la perseverancia y la noche.

Un contemplativo —laico o consagrado— lo sabe: sin hondura no hay fecundidad, y sin verdad interior no hay futuro.

5. Laicos: no sostenedores, sino compañeros de vocación

Y aquí hablo desde dentro. Muchos laicos no solo colaboramos con la vida consagrada: la sentimos como nuestra casa espiritual. Pero con demasiada frecuencia se nos convoca para sostener obras, no para compartir la vida; para ayudar, no para discernir; para servir, no para corresponsabilizarnos.

El futuro —si lo hay— pasará por una comunión real de vocaciones, donde laicos y consagrados compartan carisma, oración, misión y decisiones. No como solución de emergencia ante la escasez, sino como una forma más evangélica de ser Iglesia.

El futuro —si lo hay— pasará por una comunión real de vocaciones, donde laicos y consagrados compartan carisma, oración, misión y decisiones. No como solución de emergencia ante la escasez, sino como una forma más evangélica de ser Iglesia

Una palabra final, desde el silencio

No escribo desde la nostalgia ni desde la crítica amarga. Escribo desde la oración. Desde el deseo de que la vida consagrada vuelva a ser lugar de fuego, aunque sea pequeño. Desde la convicción de que solo lo que nace del silencio puede atravesar el tiempo.

Tal vez hoy la fidelidad consista en aceptar menos certezas, menos obras, menos palabras… y más verdad. Menos eslóganes y más Evangelio. Menos ruido y más Dios.

Muchos laicos estaremos ahí. No para salvar nada, sino para buscar juntos. Y eso, al final, buscar a Dios, muy amante y muy amado, siempre ha sido lo esencial.

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