León XIV: Francia, te escucho (III)
A Francia y a quienes la habitan… "Una carta de León XIV a Francia, y que, seguramente, hasta el propio Papa podría firmar"
23 septiembre 2026
A Francia y a quienes la habitan:
Dentro de pocos días llegaré a vuestra tierra. Escribo estas palabras todavía desde Roma, antes de encontraros, con los oídos abiertos a vuestras preguntas, vuestras esperanzas y vuestros cansancios; a la inquietud de vuestros jóvenes y la memoria de vuestros mayores; a la experiencia de quienes nacieron aquí y de quienes llegaron desde lejos; a las razones de quienes creen y a las preguntas de quienes no creen.
Escucharos y, desde el Evangelio, hablaros. No vengo a ofreceros respuestas para todo ni soluciones para cada una de vuestras dificultades. Os confío algo más sencillo y, quizá por eso, más exigente: no perdáis de vista a la persona humana.
Montaigne describió al hombre como «un sujeto maravillosamente vano, diverso y ondulante» (Essais, Libro I, cap. 1). Hay en esa frase una intuición que sigue siendo actual: ningún ser humano cabe por completo en una definición. Tampoco Francia.
Vuestra complejidad no necesita ser simplificada. Desde la fe cristiana, os propongo una convicción que toca el centro de todo: una persona vale más que aquello que produce, posee, representa o podemos medir de ella.
Vivimos en una época extraordinariamente poderosa. La inteligencia artificial amplía nuestras capacidades; la medicina prolonga la vida; la tecnología convierte cada vez más aspectos de nuestra existencia en datos.
Podemos hacer cosas que las generaciones anteriores ni siquiera podían imaginar. Y, sin embargo, seguimos naciendo, amando, enfermando, envejeciendo y muriendo. Cuando llega la debilidad, necesitamos una mano; cuando sufrimos, una presencia; cuando ya no queda nada que curar, alguien que permanezca a nuestro lado.
Por eso el progreso no puede medirse solamente por aquello que somos capaces de hacer. Debe medirse también por aquello que estamos dispuestos a proteger.
Pienso especialmente en vuestros jóvenes. Muchos han aprendido a mostrar quiénes son antes de haber tenido tiempo para descubrirlo. Estudian, trabajan y se esfuerzan mientras encuentran cada vez más difícil acceder a una vivienda, formar una familia o imaginar una estabilidad que no sea provisional. No les digamos simplemente que esperen.
Una sociedad no puede pedir a una generación que construya el futuro y negarle después un lugar en él.
Tampoco olvidemos a quienes no pueden seguir el ritmo de una sociedad que nunca parece detenerse: a los mayores, a los enfermos, a quienes dependen de otros, a quienes viven solos.
El Evangelio enseña a mirar precisamente allí donde una sociedad corre el riesgo de no mirar. Cristo no pregunta primero cuánto produce una persona, cuánto posee o qué utilidad puede tener. Mira a la persona. De ahí nace una segunda convicción: el valor de una persona no comienza con su utilidad ni termina con ella.
Esto afecta también la cuestión de la pobreza. Victor Hugo comprendió que una sociedad se revela en la manera en que mira a quien ha caído. El Evangelio añade una exigencia: no basta con mirar al pobre; debemos reconocer en él a alguien cuya dignidad nos compromete.
No aprendamos a hablar de las personas como categorías. El pobre no es «un asistido». El extranjero no es «un problema migratorio». El anciano no es «una carga». El joven no es «una generación perdida». El adversario político no es «un enemigo». Cuando reducimos al otro a una etiqueta, dejamos de verlo.
La filósofa francesa Simone Weil hizo de la atención una forma de responsabilidad. El Evangelio va todavía más lejos: me pide que vea al otro no como una amenaza, una carga o una cifra, sino como alguien que me ha sido confiado. También al extranjero.
Se puede defender una frontera sin despreciar a quien está al otro lado
Francia tiene derecho a sus fronteras, sus leyes y sus condiciones de integración. Y quien llega tiene la responsabilidad de entrar verdaderamente en la sociedad que lo recibe. Aquí se impone otra convicción cristiana: ninguna frontera puede convertirse en una frontera alrededor de la humanidad. Se puede defender una frontera sin despreciar a quien está al otro lado.
Llegaré a un país que ha hecho de la laicidad uno de los principios fundamentales de su vida pública. No he venido a pediros que renunciéis a ella. La Iglesia no necesita que el Estado sea confesional para anunciar a Cristo. La fe no se fortalece obligando a creer. Y el Evangelio no necesita el poder político para conservar su fuerza.
Durante siglos, la Iglesia europea estuvo acostumbrada a hablar desde el centro. Ese mundo ha desaparecido. No vengo a reclamarlo. Hay algo más exigente: cuando la Iglesia pierde el poder de imponerse, queda ante ella la posibilidad de mostrar la fuerza de aquello que anuncia.
No puedo hablar de dignidad sin recordar a quienes fueron heridos dentro de la propia Iglesia. La Iglesia no puede anunciar la misericordia mientras se defiende a sí misma de la verdad.
Y esa fuerza no está en dominar, sino en servir; no en imponer, sino en dar testimonio; no en defender privilegios, sino en ponerse al lado de quien necesita esperanza. Por eso no puedo hablar de dignidad sin recordar a quienes fueron heridos dentro de la propia Iglesia. A quienes sufrieron abusos, violencia o abuso de poder les debemos algo más que palabras.
La reputación de una institución nunca vale más que la verdad de una persona herida. La Iglesia no puede anunciar la misericordia mientras se defiende a sí misma de la verdad. La confianza no se reclama. Se reconstruye con verdad, justicia, responsabilidad y tiempo.
A quienes no creéis, una palabra sencilla: no necesitáis aceptar la fe para escuchar este mensaje. Podéis rechazarlo. Queda, sin embargo, una pregunta que el Evangelio lleva dos mil años planteando a creyentes y no creyentes: ¿qué debemos unos a otros por el simple hecho de ser humanos?
Quizá ahí comienza todo. Porque si una sociedad pierde la capacidad de reconocer que hay algo sagrado en la dignidad de cada persona, corre el riesgo de convertir la libertad en soledad, la seguridad en miedo, la identidad en rechazo y el progreso en una carrera sin dirección.
Francia: no te pido que vuelvas al pasado. Te pido que conserves para el futuro aquello que merece ser defendido
Francia: no te pido que vuelvas al pasado. Te pido que conserves para el futuro aquello que merece ser defendido: una libertad unida a la responsabilidad; una igualdad inseparable de la dignidad; una seguridad que no pierda la humanidad; una identidad que no necesite un enemigo para afirmarse; una razón capaz de reconocer sus propios límites; una laicidad que proteja por igual la libertad de creer y de no creer. Y, sobre todo, una fraternidad que no termine reducida a una palabra escrita en los edificios públicos.
Europa necesita recordar que la paz comienza mucho antes de los tratados: comienza cuando el otro deja de ser una amenaza y vuelve a ser una persona. Y la Iglesia necesita recordar que la esperanza no consiste en recuperar el mundo que perdió, sino en servir al mundo que existe.
Dentro de pocos días cruzaré vuestra frontera. Voy a escucharte, Francia. Y también voy a hablarte.
El Evangelio todavía tiene algo que ofrecer a una sociedad que ha aprendido a vivir sin necesitarlo: una mirada sobre la persona que no la reduce a su utilidad; una fraternidad que no excluye al extranjero; un perdón que permite comenzar de nuevo; una esperanza que no depende del éxito; y una dignidad que no se pierde cuando desaparecen el poder, la salud, el dinero o el reconocimiento.
No os pido que aceptéis todo esto porque lo diga un Papa. Os pido solamente que no dejéis de preguntaros si puede ayudaros a seguir siendo humanos. Porque llegará siempre el momento de decidir no sólo qué podemos hacer, sino qué debemos hacer; no sólo cuánto podemos producir, sino qué merece ser protegido; no sólo cuánto podemos vivir, sino para qué queremos vivir.
Francia: voy hacia ti con respeto, pero también con una palabra que no quiero esconder. El futuro de una sociedad se decide, en último término, por la manera en que trata a la persona más vulnerable. Yesta responsabilidad no termina en nuestras fronteras. Francia tiene una palabra que decir en Europa, y Europa tiene ante sí una tarea que no admite indiferencia: conservar la paz, no sólo como ausencia de guerra, sino como voluntad de reconocerse mutuamente, de resolver los conflictos sin convertir al otro en enemigo y de construir un futuro común cuando las heridas de la historia todavía pesan.
Ninguna diferencia justifica la deshumanización del otro y de que ninguna nación puede encontrar su futuro a costa de la dignidad de otra.
La paz europea no se sostiene únicamente con tratados, instituciones o fronteras. Se sostiene también sobre una determinada idea del ser humano: sobre la convicción de que ninguna diferencia justifica la deshumanización del otro y de que ninguna nación puede encontrar su futuro a costa de la dignidad de otra.
La Iglesia ofrece algo que puede ser valioso: no una nostalgia del pasado, sino una esperanza para el futuro; una esperanza capaz de atravesar las fronteras, de cuidar la memoria sin quedar prisionera de ella y de recordar que Europa no será más fuerte cuanto más tema al otro, sino cuanto más capaz sea de vivir en paz con él.
Porque, seguramente, la pregunta más antigua siga siendo también la más urgente: ¿cómo podemos seguir siendo humanos unos para otros? Mientras sepamos hacernos esa pregunta, no habremos perdido la esperanza.