López

La santísima Trinidad, pesadilla de los predicadores

"La fórmula "Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo" surge durante la polémica contra Arrio, en el siglo IV"

Trinidad, soledad y Pueblo.
Trinidad, soledad y Pueblo.
Jesús López Sáez
31 may 2026 - 16:24

Bueno es tomar conciencia de ello. La Santísima Trinidad es pesadilla de los predicadores (obispo Robert Barron). Algunos pueden preguntar: ¿Es eso así?, ¿qué es lo que oculta esa pesadilla?, ¿cómo se explica?, ¿a qué se debe? Jesús lo dijo de forma sencilla: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú enviaste, Jesucristo” (Jn 17,3). Y también: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” (14,23). Es preciso volver a las fuentes y revisar la tradición a la luz de la Escritura.La confesión de fe. Desde el principio, los cristianos sintieron la necesidad de una fórmula que expresara lo esencial y asegurara la unidad en la confesión de fe: "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y padre de todos" (Ef 4,5-6). Los resúmenes del anuncio evangélico (Hch 2,14-39; 1 Co 15,1-7) y las confesiones de fe cumplen esa función. 

Trinidad de Rublev
Trinidad de Rublev

La confesión de Cristo. En los primeros tiempos los cristianos consideran lo esencial de su fe la confesión de Cristo. La fe en Dios se da por supuesta, la tienen en común con los judíos. Cuando se trata de anunciar la confesión central de la fe cristiana, se proclama la fe en Cristo. Esta confesión central se expresa en fórmulas breves: "Jesús es Señor" (1 Co 12,3), "Jesús es el Cristo" (1 Jn 2,22), "Jesús es el hijo de Dios" (1 Jn 4,15). La mayoría de las confesiones de fe del Nuevo Testamento tienen un solo artículo: la confesión de Jesús como Señor y Cristo (ver O. Cullmann, La fe y el culto en la Iglesia primitiva, Ed. Studium, Madrid, 1971, 65-122; C.H. Dodd, La predicación apostólica y sus desarrollos, Ed. Fax, Madrid, 1974, 5-39 y 86-87; J. López, Escuchar la palabra, objetivo catecumenal, en Teología y Catequesis 3, 1983, 399-430). 

La confesión de Dios. Junto a la fe en Cristo se enuncia frecuentemente la confesión de Dios "El Señor nuestro Dios es solamente uno" (Dt 6,4). Es la fe del pueblo judío, la fe de Jesús (Mt 22,37). En el Nuevo Testamento aparecen frecuentemente confesiones de fe con dos artículos. Son fórmulas binarias que incluyen a Dios y a Jesús. Por ejemplo: "La gracia y la paz de Dios nuestro padre y de Jesucristo el Señor estén con vosotros" (Rm 1,7; ver J.N.D. Kelly, Primitivos credos cristianos, Ed. Secretariado Trinitario, Salamanca, 1980, 34-35).

El judío Trifón. A la luz de estas fórmulas binarias se explica que, a mediados del siglo II, el judío Trifón acusara a los cristianos de creer en dos dioses (San Justino, Diálogo con Trifón, 11,64ss). O que el pagano Celso lanzara una acusación semejante al cristiano Orígenes (hacia 185-254): "Si ellos, dice Celso, no sirvieran a otro fuera del Dios uno, tendrían quizá frente a los otros una doctrina inatacable. Ahora bien, ellos veneran con la mayor desmesura a éste que sólo hace poco que apareció y creen, no obstante, que no se comete el menor desafuero contra Dios, aunque se venere también a su servidor" (Orígenes, Contra Celso, VIII, 12). 

Añadido posterior. En el Nuevo Testamento, hay una fórmula ternaria, de tres artículos, la que aparece al final de Mateo como mandato de bautizar "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19; ver Mc 16,16), pero es un añadido posterior. Se suele citar también ésta: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del santo espíritu estén con todos vosotros" (2 Co 13,13; ver 1 Co 12,4-6; Hch 19,1-7). El teólogo alemán M. Schmaus comenta así la fórmula de Mt 28,19: "Como al principio, según dejan entrever los Hechos de los Apóstoles (2,38; 8,16;10,48;19,5) y Pablo (1 Co 1,13;6,11; Ga 3,27; Rm 6,3; Ef 4,5), el bautismo fue administrado en el nombre de Jesús, quedaría por eso mismo demostrado el origen posterior de la fórmula contenida en Mt 28,19". Por tanto, dicha fórmula "no fue configurada por un evangelista particular, sino que procedía de la tradición de la Iglesia". 

Ven, Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo

El Espíritu es algo. Sobre la fórmula de 2 Co 13,13 dice el mismo autor: "Con relación al Espíritu se usa el genitivo objetivo, mientras con relación a Dios y al Señor se usa el genitivo subjetivo" (M. Schmaus, El Credo de la Iglesia Católica I, Ed. Rialp, Madrid, 1970, 581 y 589). El Espíritu es algo

La palabra Trinidad. Llama la atención. La palabra Trinidad aparece por primera vez en la obra de Tertuliano (hacia 217); “La unidad en la trinidad supone a los tres, dirigiéndose al padre, al hijo y al espíritu" (Adversus Praxeam, II,4; De pudicitia,21). El proceso es especulativo, “en parte contradictorio y, en todo caso, largo y penoso”. Alejándose de la Escritura, se pusieron a especular (H. Küng, Ser cristiano, Ed. Cristiandad, Madrid, 1977, 601). 

Perplejidad de Agustín. Él mismo nos muestra su propia perplejidad: "Pues que son tres nos lo asegura la verdadera fe, al decirnos que el Padre no es el Hijo y que el Espíritu Santo, Don de Dios, no es ni el Padre ni el Hijo" (De la Trinidad VII, 4,7). Y en otro lugar añade: "El Espíritu no es ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu del Padre y del Hijo, al Padre y al Hijo coigual y perteneciente a la unidad trina" (I, 4,7). Además, "sólo el Padre es padre y no es Padre de dos hijos, sino de un Hijo único" (VII, 4,7). Y finalmente: "Tampoco encontramos que hable la Escritura de tres personas", pero no lo contradice (VII, 4,8). San Agustín intentó encuadrar al Padre, al Hijo y al Espíritu de forma antropológica en analogía con las facultades del hombre: memoria, entendimiento y voluntad (De la Trinidad I,3,5-6). En el siglo XIII Santo Tomás de Aquino insistió en ese intento (Suma teológica I, c.27, a.3).

La tradición. El Catecismo de la Iglesia Católica recoge la tradición que llega hasta nosotros: "Siguiendo la tradición apostólica, la Iglesia confesó en el año 325 en el primer Concilio Ecuménico de Nicea que el Hijo es 'consustancial' al Padre, es decir, un solo Dios con él. El segundo Concilio Ecuménico, reunido en Constantinopla en el año 381, conservó esta expresión en su formulación del Credo de Nicea y confesó al Hijo Único de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial al Padre" (n. 242). La fe en el Espíritu se formuló así en Constantinopla: "Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre" (n.245). 

Palabra extraña. Comenta M. Schmaus: "Para exponer la fe, el Concilio usa como concepto clave el designado con la palabra homousios (consustancial), tomada de los gnósticos". Dice también: "La lucha por imponer la doctrina conciliar llenó los siglos cuarto y quinto. Al principio se trataba de la relación del Hijo al Padre, sin reflexionar sobre la relación del Espíritu Santo a estos dos. Desde el 360 aproximadamente se incluyó al Espíritu Santo en la discusión, atribuyéndole a Él también la "homousía", es decir, la igualdad en la posesión de la única esencia" (Schmaus, 600). Hay que revisar el Concilio de Nicea. La palabra “consustancial” no está en la Escritura. El pueblo no sabe cuándo ni cómo, pero lo sigue diciendo: “Se armó la de Dios es Cristo”. También hay que revisar el Concilio de Constantinopla.

Concilio de Nicea
Concilio de Nicea

Datos históricos. El Concilio de Nicea es convocado por el emperador Constantino, que interviene personalmente en las sesiones. Preside el concilio el obispo Osio de Córdoba, que reside en la corte imperial. El papa Silvestre envía a dos presbíteros como delegados. Acuden unos 300 obispos, una cuarta parte de los existentes, casi todos orientales. Muchos salieron descontentos. Además, el origen del credo niceno-constantinopolitano no ha sido puesto en claro totalmente. No poseemos las actas de Nicea, ni de Constantinopla; este concilio fue convocado por el emperador Teodosio; no asistieron delegados del papa; el concilio definió la divinidad del Espíritu Santo, cerrando así definitivamente la cuestión trinitaria. Los obispos que discrepaban de la teología imperial eran destituidos y desterrados (ver L. Hertling, Historia de la Iglesia, Herder, Barcelona, 1981, 94-96, 100-103).  

Credo niceno-constantinopolitano. En el Concilio de Calcedonia (451) se leyó y aprobó por aclamación el credo niceno, ordenando a continuación los delegados imperiales que se leyera igualmente "la fe de los ciento cincuenta Padres" formulada en Constantinopla. Al final, en presencia del emperador Marciano, todos los obispos firmaron el credo constantinopolitano que desarrolla más el artículo sobre el Espíritu Santo. El de Nicea decía escuetamente: "Y en el santo espíritu". El llamado credo de los apóstoles, que deriva del antiguo credo romano, fue impuesto por el emperador Carlomagno (+814) en el siglo XII.

Fiesta tardía, medieval. La liturgia de la Trinidad se propaga en Francia a partir del siglo VIII, a pesar de la tenaz oposición romana. El papa Juan XXII la introduce en Roma en 1334. Llama la atención: la fiesta de la Trinidad se introduce en Roma en el siglo XIV. Por la especulación se llegó a una estéril controversia entre las Iglesias latina y griega. San Agustín había afirmado que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Esta doctrina fue introducida en el credo constantinopolitano por el Papa Benedicto VIII en 1014. Sin embargo, los orientales se atuvieron a la doctrina de que el Espíritu procede del Padre por el Hijo.  

En un mismo espíritu. La fórmula "Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo" surge durante la polémica contra Arrio, en el siglo IV. Sin embargo, la fórmula más antigua (que encaja con la forma clásica de las oraciones romanas) es ésta: "Gloria al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo". El problema clave no es cómo tres puedan ser uno, sino cómo expresar conforme a la Escritura la relación de Jesús con Dios en un mismo espíritu. Los intentos de interpretación basados en conceptos filosóficos (tan caducos, tan cambiantes, tan discutibles) no pueden ser impuestos a los creyentes como vinculante expresión de fe.

Tuvieron la osadía. Alejándose de la palabra de Jesús, se pusieron a especular. Olvidaron la advertencia que San Cirilo de Jerusalén (+386) dirigía a sus catecúmenos: "En lo que respecta a la naturaleza y a la hipóstasis, ¡no te mezcles en ello! Si la Escritura nos hubiese dicho algo sobre este particular, hablaríamos de ello. Pero no estando escrito, no tengamos la osadía" (Catequesis 16,24). El espíritu, dice Jesús, "no hablará por su cuenta" (Jn 16,13), "os recordará todo lo que yo os he dicho" (14,26; DV 10). 

Espiritualidad de laLiberación
Espiritualidad de laLiberación

El don del Espíritu. Las expresiones "dedo de Dios" y "espíritu de Dios" son equivalentes (Lc 11,20; Mt 12,28), también lo son "cosas buenas" y "espíritu santo" (Mt 7,11; Lc 11,13). El Espíritu es dado a los creyentes (Rm 5,1-5; 8,9-10; 15,18-19;1 Co 3,16;2,20). Es don, regalo, algo que se da, algo que se derrama (Hch 2,33). El Señor glorificado no sólo da "espíritu santo" (Jn 20,22), sino que se convierte "en espíritu que da vida" (1 Co 15,45). Pablo llega a decir: "El Señor es el espíritu" (2 Co 3,17). Resucitado a la vida de Dios, existe en el espíritu, es decir, “como poder por el que el Señor glorificado sigue presente en la historia del mundo, como principio de una historia y de un mundo nuevos” (J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme, Salamanca, 2005, 276),"por él, unos y otros tenemos acceso al padre en un mismo espíritu" (Ef 2,18).

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