"Mire bien vuesa merced, que esos de Ceuta no son gigantes, son niños"

Don Quijote y Sancho Panza en el Congreso

Aquel día llegaron don Quijote y Sancho Panza a la Carrera de San Jerónimo. Apeáronse frente a los leones y entraron en el hemiciclo durante una sesión extraordinaria…

Don Quijote y Sancho Panza
Don Quijote y Sancho Panza
Evaristo Villar
11 ago 2026 - 19:27

Aquel día llegaron don Quijote y Sancho Panza a la Carrera de San Jerónimo. Apeáronse frente a los leones y dejaron a Rocinante y al Rucio atados a sus patas de bronce.

—Mire vuesa merced —dijo Sancho— que estos leones parecen mejor mantenidos que nuestras bestias.

—Calla, Sancho, que son guardianes encantados de la fortaleza del reino.

—Pues roguemos que no desencanten, señor, que bastante fiera viene ya la cuenta de la cebada.

Entraron en el hemiciclo durante una sesión extraordinaria. Al contemplar el barullo, Sancho se santiguó.

—Válame Dios, que esta sala tiene más voces que gallinero en tiempo de zorra, y todos parecen pedir la gallina para su olla.

—No es hora de refranes, Sancho, sino de desfacer entuertos.

Disputaban sus señorías sobre la acogida y distribución entre las comunidades del reino de los menores llegados a Ceuta. Unos hablaban de solidaridad; otros, de dineros; otros, de derechos humanos. Algunos exigían arrojarlos sin más a la frontera. Todos decían defender algo, aunque enseguida iba desapareciendo bajo cifras, competencias y reproches.

Congreso de los diputados
Congreso de los diputados
Peores heridas hacen algunas palabras que una lanza

Don Quijote se encrespaba por momentos. Sancho, que conocía aquellas señales, le puso una mano sobre el brazo.

—Sosiéguese vuesa merced, que aquí las lanzas son solo palabras.

—Peores heridas hacen algunas palabras que una lanza.

No pudiendo contenerse, don Quijote avanzó por el pasillo, sin subir a la tribuna, y levantó la voz:

— ¡Deteneos, altos señores de esta ínsula grande y mal avenida! Mucho habláis de cupos, fronteras y talegos, pero poco de aquellos por quienes decís contender. Los que llamáis “menores no acompañados” son, antes que extranjeros, muchachos; antes que números, personas; y antes que carga ajena, obligación de todos.

Un ujier se acercó, pero don Quijote llevó la mano a la lanza. Sancho se abrazó a ella.

No todos son malandrines, señor. Algunos son solamente necios, y la necedad no siempre merece lanzada

—No se alborote nadie, gritó, que mi amo amenaza mucho, acierta pocas veces y al cabo soy yo quien paga los daños.

—Déjame, Sancho, que hay aquí malandrines que llaman invasor a quien apenas tiene barba para ser mozo.

—No todos son malandrines, señor. Algunos son solamente necios, y la necedad no siempre merece lanzada.

Don Quijote volvióse hacia la Cámara:

—Cuando este mi escudero iba a gobernar Barataria, le dije que “la sangre se hereda, y la virtud se aquista”.¹ Estos niños no vienen a pediros linaje ni blasones, sino pan, techo y ocasión de levantar su vida.

—Y algún jubón —añadió Sancho—, que no se mantiene un muchacho solo con derechos escritos en pergamino.

—También le advertí: “Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico”.² Tened compasión, pero no hagáis de ella comedia para lucimiento propio. Mirad a cada muchacho por quien es, no por el miedo que otros fabrican sobre él.

Santiago Abascal
Santiago Abascal

Volvió don Quijote la mirada hacia quienes rechazaban cualquier acogida.

—Decís que no caben. Puede ser que falten casas, galenos y dineros. Mas una dificultad del gobierno no muda a un niño en enemigo. Si Ceuta está sobrecargada, ayúdenla las demás tierras.

—Cuando una mula va cargada en demasía —dijo Sancho—, no se disputa si la albarda pertenece a Castilla o a Aragón: se le quita peso antes de que caiga.

—No se llama invasión a la llegada de quien viene solo y sin espada con que defenderse.

—Ni ejército al que llega pidiendo cena. Aunque cena habrá que darle, que con llamar hermano al hambriento no se llena el puchero.

Don Quijote miró entonces a los caballeros de la palabra generosa.

—Y vosotros, que prometéis acoger a todos sin declarar cómo, no penséis que basta abrir una puerta y decir “solidaridad”. Acoger es dar alimento, enseñanza, cuidados y compañía hasta que el menor pueda valerse por sí mismo.

—Porque quien promete castillo y entrega una venta —apostilló Sancho— deja al huésped durmiendo con las mulas y todavía espera que le pague las sábanas.

Hubo risas en algunos escaños.

—¿Ves, Sancho, cómo la verdad abre camino?

—No cante victoria, señor, que también se ríe la gente cuando no quiere darse por aludida.

—Recordad que “más resplandece y campea a nuestro ver el atributo de la misericordia que el de la justicia”.³

—Misericordia sí —interrumpió Sancho—, pero con cama, galeno y dineros; que la misericordia sin medios es sopa sin pan y tejado sin tejas.

—Por eso escribí a este gobernador: “No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas y, sobre todo, que se guarden y cumplan”.⁴ No amontonéis leyes para encubrir la falta de voluntad.

Congreso
Congreso

Un diputado gritó que la culpa era del banco contrario. Otro replicó que el primero había gobernado antes y no hizo nada. Don Quijote enfiló la lanza.

—¡Cobardes encantadores! ¡No hagáis de estos niños naipes que se reparten ni pelotas que se arrojan de un escaño a otro!

Sancho desvió la lanza hacia el techo.

—Mire bien vuesa merced, que esos no son gigantes ni molinos, sino diputados. Si les da de la lanza, quizá despierten y sería peor.

—Suéltame, Sancho, que he de desfacer este agravio.

—El agravio se desface votando con juicio, no ensartando procuradores. Además, son tantos que no acabaríamos antes de la cena.

—Pues habla tú, que fuiste gobernador.

Sancho volvióse hacia los escaños:

—Señorías, cuenten cuántos muchachos puede atender honradamente cada tierra; cuenten también las casas, los maestros, los médicos y los dineros; repartan la carga sin engaño; vigilen que ningún real se pierda por el camino, y miren después si los mozos estudian, viven seguros y aprenden oficio. Lo demás son albardas con diferente bordado.

Pedro Sánchez
Pedro Sánchez

—¡Bien has hablado, Sancho!

—Déjeme acabar, señor, que una vez que me escuchan no sé cuándo volverá a suceder. Del dicho al hecho hay gran trecho. Aquí se pronuncia mucho “solidaridad”; pero, llegada la hora, se enredan vuesas mercedes en los papeles como moscas en la miel. Acoger cuesta maravedises; mas abandonar también cuesta, y suele venir después con intereses.

—Y no prometáis que todo será fácil —añadió don Quijote—, pues la verdad ha de gobernar juntamente con la compasión.

—Ni pinten a todos esos muchachos como ángeles —prosiguió Sancho—, porque harán muchachadas. Pero tampoco los vuelvan demonios antes de que hayan hecho cosa alguna. Júzguese a cada cual por sus obras.

—Ahí hablaste como Salomón, Sancho.

—Más quisiera hablar como cocinero y que ninguno quedase sin comer.

Sancho tomó aliento:

—Cuando dejé Barataria, dije que más quería hartarme de gazpachos y recostarme a la sombra de una encina en libertad que vivir sujeto al gobierno entre sábanas de Holanda.⁵ Y sus señorías, tan acomodados en sus sábanas, no maten de hambre de esperanza a esos muchachos mientras disputan quién ha de pagarles la cena.

Don Quijote levantó un dedo:

—“No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos extremos”.⁶ No os pedimos que quebrantéis la ley, sino que recordéis para quién fue hecha. La prudencia sin humanidad se torna dureza.

—Y la humanidad sin prudencia —añadió Sancho— se queda en pregón de feria.

—Esos menores no os piden que seáis de bronce como los leones de la puerta.

—Ni de barro, que se rompe al primer apuro.

—Sino de carne como la suya.

—Y pónganse de acuerdo presto, que la infancia no aguarda a que acaben vuesas señorías la campaña electoral.

Congreso de los Diputados
Congreso de los Diputados

Salieron del hemiciclo.

—¿Crees, Sancho, que los dejamos convencidos?

—Convencidos no sé, señor; retratados, puede.

Hallaron a Rocinante y a Rucio todavía atados a los leones.

—¿Ves, Sancho? Las nobles fieras han respetado nuestras cabalgaduras.

—Sí, señor. Tal vez porque, siendo de bronce, tienen más juicio que algunos de los que están sentados ahí dentro.

Y partieron dejando tras sí una cuestión dificultosa y una verdad sencilla: ningún desacuerdo entre territorios, partidos o presupuestos puede convertir a un niño en equipaje, amenaza o moneda de cambio. Porque de lo dicho a lo hecho aún podía haber más trecho que de la Mancha a la Ínsula Barataria.

NOTAS: 

1. Don Quijote de la Mancha, II, cap. XLII.

2. Ibidem.

3. Ibidem.

4. II, cap. LI.

5. II, cap. LIII.

6. II, cap. LI. 

Don Quijote y Sancho Panza
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