¿Necesita el demonio un micrófono?
Ripperger y la aparición del exorcista influencer
El 19 de octubre, la archidiócesis de Denver difundió una breve nota en la que cada palabra parecía estar cuidadosamente elegida. El arzobispo James Golka había conversado con el padre Chad Ripperger sobre su ministerio y la comunidad que fundó, la Society of the Most Sorrowful Mother. Al término de la conversación, le pidió que considerara pasar un año sin intervenciones públicas ni entrevistas. Ripperger aceptó. Dentro de doce meses volverán a hablar. El comunicado agradece su ministerio sacerdotal y su labor como exorcista, pero no explica nada más.
Conviene empezar respetando precisamente lo que falta: una explicación. En una época en la que se tiende a llenar cualquier silencio con sospechas, no sabemos por qué el arzobispo formuló la petición y sería irresponsable inventarlo. Pero el hecho, por sí solo, plantea una pregunta que va bastante más allá de Ripperger: ¿qué ocurre cuando un ministerio que la Iglesia siempre ha rodeado de autoridad episcopal, prudencia y discernimiento se adentra de lleno en la economía de la audiencia?
Ripperger no es ningún desconocido. Sacerdote, filósofo, teólogo y exorcista, se ha convertido en los últimos años en una de las figuras católicas estadounidenses con mayor visibilidad digital en el terreno de la llamada «guerra espiritual». En abril, apareció durante más de una hora y media en una entrevista con Tucker Carlson en la que se hicieron referencias a políticos poseídos, actividad ocultista y conversaciones con Satanás. El vídeo superó los 2,9 millones de visualizaciones. En julio, una nueva conversación con Shawn Ryan, de casi tres horas, superó también los 2,6 millones.
El problema no es que un sacerdote conceda entrevistas. Tampoco que un exorcista hable del demonio. El cristianismo no tiene por qué pedir disculpas por tener una demonología, y el exorcismo no es una práctica clandestina que la Iglesia mantenga escondida en un sótano. El Catecismo lo reconoce expresamente. Pero el mismo Catecismo exige prudencia, distingue claramente la posesión de las enfermedades —especialmente las psíquicas— y recuerda que solo un sacerdote autorizado por el obispo puede realizar el gran exorcismo.
El Código de Derecho Canónico resulta todavía más revelador. El canon 1172 exige un permiso «peculiar y expreso» del Ordinario y establece que solo debe concederse a un presbítero «piadoso, docto, prudente y con integridad de vida». Entre esas cuatro palabras, hay una que hoy merece ser subrayada: «prudente».
Porque la prudencia funciona mal en Internet. El algoritmo recompensa casi exactamente lo contrario. Premia la certeza rotunda, la revelación inesperada, el miedo, el conflicto, todo aquello que pueda resumirse en un titular que invite a pulsar sobre la pantalla. «No lo sabemos» es una mala miniatura de YouTube. «Hay que discernir» difícilmente consigue millones de visitas. En cambio, demonios, políticos, élites ocultas, posesiones y conversaciones con Satanás pertenecen a una gramática narrativa que el ecosistema digital reconoce de inmediato.
El exorcista influencer
Y ahí aparece una figura eclesial relativamente nueva: el exorcista influencer.
No es que antes no hubiera sacerdotes famosos ni predicadores capaces de congregar multitudes, sino que nunca habíamos tenido una maquinaria capaz de convertir una afirmación pronunciada durante una conversación de tres horas en un fragmento de cuarenta segundos, separado de sus matices, reproducido millones de veces y entregado después a personas que quizá no conocen el Catecismo, el Derecho Canónico ni la diferencia entre doctrina, opinión personal, experiencia pastoral y especulación.
El medio no es inocente. Termina modificando aquello que transporta.
El exorcismo posee, además, una dificultad particular: habla de una realidad que no puede someterse al mismo tipo de verificación pública que un hecho administrativo, una estadística o una sentencia. Por eso precisamente necesita más discernimiento, no menos. La autoridad del exorcista no puede proceder del número de seguidores, de la espectacularidad de sus relatos ni de la fascinación que produce escuchar a alguien asegurar que ha hablado con entidades invisibles. Eclesialmente, procede de una misión recibida y permanece sometida a una autoridad que no se mide en visualizaciones.
Quizá ese sea el verdadero motivo del gesto de la archidiócesis de Denver. No sabemos si el arzobispo Golka pretendía hacer esta reflexión, por lo que no conviene atribuírsela. Pero pedir silencio mediático durante un año a alguien que se ha convertido en una figura con una enorme exposición pública devuelve involuntariamente al centro de la escena una palabra olvidada: límite.
También el límite puede ser pastoral.
La Iglesia tiene derecho a hablar del mal, del pecado y del demonio. De hecho, tiene el deber de hacerlo si quiere conservar íntegro su propio lenguaje teológico. Pero también tiene la obligación de preguntarse cuándo la advertencia sobre el mal comienza a producir fascinación por este; cuándo la catequesis se convierte en espectáculo; cuándo un ministerio delicado empieza a depender de las reglas de una plataforma, y cuándo el sacerdote deja de ser percibido como ministro de la Iglesia para convertirse en una autoridad autónoma sostenida por su audiencia.
Tal vez, por tanto, la pregunta no sea si el demonio existe. Para la fe cristiana, esa discusión tiene otros cauces.
La pregunta es si necesita un micrófono.
O, mejor todavía, si somos nosotros quienes hemos terminado necesitándolo para hablar tanto de él.
Porque existe una forma muy extraña de derrota religiosa: conceder más tiempo de pantalla al mal que a Dios.