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Argüello, el Gobierno y la polarización

En Nicaragua: Abril duele y mucho

"La dictadura Ortega-Murillo ha convertido la represión en una arquitectura de poder que trasciende el cuerpo y se instala en la propia posibilidad de lo común"

Nicaragua

Hablar de abril en Nicaragua no es solo hablar de cifras —de muertos, de personas encarceladas, de exiliados, migraciones forzadas y familias separadas—. Es hablar de vidas suspendidas. De proyectos interrumpidos. De familias que aprendieron a comunicarse en clave, a callar en público, a resistir en silencio, por temor a ser represaliados.

Y en esa realidad hay frases que no se olvidan. No porque sean grandilocuentes, ni porque pretendan ser históricas, sino porque llegan desde un lugar donde el dolor ya no necesita adornos. Una de las personas ex presas políticas, mientras le realizaba una entrevista me dijo con mucha serenidad y aplomo: Abril duele y mucho. Es el sentimiento de miles de nicaraguenses que antes de ser silenciados, estuvieron en primera línea, defendiendo una patria del buitre y feroz capitalismo, que quería imponer que nuestros abuelos y abuelas se quedaran sin pensión y que al mismo tiempo salieron a las calles, a reclamar una real protección al medio ambiente como era el voraz incendio que acababa con el pulmón de Centroamérica: La Reserva de Biosfera Bosawas. 

Persecución religiiosa en Nicaragua

En una patria donde no ha sanado el dolor que dejó la dictadura de Somoza, ni los errores cometidos durante la revolución, un país azotado por calamidades y con una clase política que ha robado durante décadas, no solo dinero sino la esperanza de un pueblo, pero que además ha negociado el futuro de miles de personas, es evidente que “hay dolores que no se narran: se cargan” otra frase que me lo dijo con fuerza una líder campesina comunitaria, de una organización de base, gentes que son ejemplo en mi caminar como activista de derechos humanos.

Y de esos dolores que se cargan, está repleto abril, que, para Nicaragua, no es solo un mes. Es una herida abierta en la memoria colectiva. Desde 2018, ese nombre dejó de ser una referencia en el calendario para convertirse en un punto de quiebre: el momento en que miles de personas salieron a las calles con demandas legítimas y se encontraron con una respuesta marcada por la violencia, la represión y el miedo institucionalizado, por autoritarios, capitalistas y burgueses que desplegaron ferozmente una oleada de represión que dejó 328 asesinados, personas desaparecidas y miles de exiliados hasta el día de hoy.

La dictadura Ortega-Murillo ha convertido la represión en una arquitectura de poder que trasciende el cuerpo y se instala en la propia posibilidad de lo común. No se trata únicamente de la violencia ejercida en los espacios de encierro —donde el castigo físico y psicológico busca quebrar la voluntad individual—, sino de una estrategia más profunda: la desarticulación deliberada del tejido social. El cierre masivo de 5,600 organizaciones no es un exceso, sino un método; una forma de vaciar de sentido los espacios donde la sociedad se piensa, se organiza y se reconoce como sujeto colectivo. Así, el poder no solo impone silencio, sino que produce aislamiento, convierte la desconfianza en norma y despoja a la vida social de su capacidad de encuentro. 

Sería injusto hablar de abril sin nombrar a quienes, desde distintos rincones del mundo, han acompañado al pueblo nicaragüense. A quienes han tendido la mano a personas migrantes y exiliadas, sosteniendo no solo necesidades materiales, sino también algo más profundo: la dignidad, la escucha, la posibilidad de seguir siendo comunidad lejos de casa.

Nicaragua

Esa solidaridad internacional no es un gesto simbólico; es una forma concreta de resistencia que permite seguir tejiendo redes allí donde el poder ha intentado romperlo todo.

Porque lo que está en juego en Nicaragua no es solo una crisis política. Es también el resultado de un modelo que combina autoritarismo, corrupción y prácticas neoliberales que han precarizado la vida de las mayorías mientras concentran poder y riqueza en una élite cada vez más cerrada. 

El régimen de Ortega-Murillo no se limita a la persecución de la disidencia; encarna una forma de poder que, como en otras experiencias autoritarias del siglo XX, vacía las instituciones hasta convertirlas en meros instrumentos de dominación. No es un fenómeno nuevo: ya el caudillo Francisco Franco convirtió el Estado de España en una extensión de su voluntad, anulando cualquier pluralidad bajo la ficción de un orden único; o Augusto Pinochet, quien bajo el amparo de un proyecto utilizó la violencia para reconfigurar la sociedad desde el miedo y la exclusión; o Jorge Rafael Videla, cuya maquinaria represiva no solo eliminó cuerpos, sino que buscó borrar identidades enteras. Incluso en El Salvador, el asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero durante una misa evidenció hasta qué punto el poder es capaz de destruir cualquier límite ético cuando se siente amenazado por la verdad. Todo lo que han hecho esos dictadores, es lo que hacen Ortega y Murillo, han hecho que el Estado deje de ser un mediador para convertirse en un dispositivo de control total, donde la institucionalidad ya no garantiza derechos, sino que administra desigualdades, profundizando las fracturas históricas que recaen, como siempre, sobre quienes han sido sistemáticamente excluidos. Y ni hablar de la persecución religiosa, porque es el día a día lo que viven sacerdotes, religiosas y religiosos y laicos comprometidos.

En ese contexto, pensar el futuro no puede ser un ejercicio ingenuo. Nicaragua no solo necesita un cambio político: necesita una reconstrucción profunda. Y esa reconstrucción pasa, necesariamente, por pilares que la historia latinoamericana nos ha enseñado a no ignorar: memoria, verdad, justicia y garantías de no repetición.

Sin memoria, el dolor se diluye y corre el riesgo de repetirse. Sin verdad, las heridas se niegan. Sin justicia, se normaliza la impunidad. Y sin garantías de no repetición, cualquier intento de futuro se construye sobre arena.

Presos políticos en Nicaragua

Abril duele porque no ha terminado. Porque sus efectos siguen presentes en quienes continúan presos, 43 hasta marzo de 2026, y 11 personas desaparecidas, en quienes tuvieron que marcharse, al menos 800.000 nicaragüenses, un 11,6 % de la población total, entre abril de 2018 y noviembre de 2025, según datos del Colectivo de Derechos Humanos para la Memoria Histórica de Nicaragua, en quienes permanecen dentro del país midiendo cada palabra. Duele porque la justicia sigue siendo una deuda pendiente. Porque la memoria, en muchos casos, sigue siendo un acto de valentía.

Abril duele. Y duele mucho. Pero también nos recuerda que reconstruir es posible —si se hace con verdad, con justicia y, sobre todo, con memoria colectiva.

A la dictadura capitalista de Ortega y Murillo que nos han querido arrebatar todo —la tierra, la voz, la esperanza— les queda aún una certeza que no podrán domesticar: la palabra sigue en pie. Y con ella, la memoria, que no se rinde ni se negocia.

Volver no es una consigna vacía. Volver es un acto político. Es la afirmación de que ningún régimen es eterno, de que toda forma de dominación encuentra su límite en la dignidad de los pueblos. Volveremos no solo a un territorio, sino a la posibilidad de reconstruirlo desde abajo, desde quienes nunca han dejado de sostenerlo incluso en medio del miedo.

Y cuando ese día llegue —porque llegará— no será un regalo ni una concesión. Será el resultado de la memoria organizada, de la verdad dicha en voz alta, de la justicia exigida sin descanso. Será el día en que la palabra deje de ser resistencia para volver a ser horizonte.

Entonces Nicaragua no solo habrá sobrevivido: habrá aprendido a no olvidar. Y en ese aprendizaje colectivo, nacerá un país distinto. No perfecto, pero sí más digno. No silencioso, sino profundamente libre y anti imperialista a cualquier poder fáctico. 

Daniel Ortega y Rosario Murillo

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