¿Por qué no voy a ir a las manifestaciones por Ceuta?

"Ceuta no es únicamente una ciudad de frontera. Es el espejo donde España y Europa se contemplan sin maquillaje. En él aparece una política migratoria que puede degradarse hasta hacer de la necesidad un delito y de la frontera una licencia para la brutalidad"

Xenofobia en Ceuta
Xenofobia en Ceuta

Hay escenas que no admiten eufemismos. Impedir que la Cruz Roja entregue alimentos a personas hambrientas no es “defender las fronteras”: es crueldad. Quemar las pocas pertenencias de quienes han llegado sin nada no es patriotismo: es violencia racista. Convertir el color de piel, el acento o el lugar de nacimiento en una causa de sospecha y castigo se llama xenofobia, aunque sus ejecutores se envuelvan en banderas y hablen de nación con la boca llena de consignas.

Menores en ceuta
Menores en ceuta

En Ceuta, según las informaciones difundidas, grupos vinculados a la extrema derecha bloquearon ayuda humanitaria destinada a inmigrantes y prendieron fuego a algunos de sus escasos bienes. Una mochila quemada no es una anécdota. Puede contener el único documento que prueba una identidad, una fotografía familiar salvada del derrumbe, la ropa con la que alguien espera sobrevivir al frío, el recuerdo mínimo de una casa perdida. Quemar eso es decirle a una persona que no sólo sobra en un territorio: que su vida, su memoria y su dolor no merecen respeto.

Conviene llamar a las cosas por su nombre. No hay nada inocente en privar de comida a quien tiene hambre para convertirlo en una advertencia dirigida a otros. No hay “preocupación vecinal” en hostigar al recién llegado porque es pobre, negro, árabe o extranjero. No hay amor a España en humillar al vulnerable. Lo que hay es una ideología que necesita fabricar enemigos entre quienes menos poder tienen, porque resulta más fácil golpear al náufrago que exigir responsabilidades a quienes gobiernan, especulan o desmantelan los servicios públicos.

El llamado “efecto llamada” se ha convertido demasiadas veces en la coartada verbal de la deshumanización. Se usa para insinuar que alimentar, curar o abrigar a una persona equivale a invitar a una invasión. Es una perversión moral: se convierte la solidaridad en delito y la omisión de auxilio en virtud cívica. Primero se niega un plato; después se justifica el insulto; más tarde se normaliza la agresión. Así avanza el racismo: no siempre entra con uniformes y antorchas; a menudo llega disfrazado de comentario sensato, de rumor de barrio, de tertulia indignada o de bulo compartido mil veces.

Los antiguos griegos, que no eran un modelo de igualdad ni una sociedad sin violencia, entendían al menos una obligación elemental: la xenía. Al extranjero se le ofrecían alimento, bebida, refugio y protección. No por ingenuidad, sino porque sabían que el viajero podía ser un dios encubierto, un náufrago, un aliado futuro o, sencillamente, un ser humano expuesto a la intemperie. Zeus Xenios protegía ese deber: el de no abandonar ni maltratar a quien se presentaba vulnerable ante tu puerta.

La Odisea no es un tratado contemporáneo sobre migraciones, pero conserva una lección que avergüenza a nuestro presente. Antes de preguntar por el origen, la religión, los papeles o la utilidad del desconocido, se le daba asiento y pan. Hoy hay quienes pretenden invertir ese orden: primero la sospecha, luego la humillación y, si es posible, la expulsión; la humanidad, sólo si queda tiempo y no incomoda demasiado.

Ceuta no es únicamente una ciudad de frontera. Es el espejo donde España y Europa se contemplan sin maquillaje. En él aparece una política migratoria que puede degradarse hasta hacer de la necesidad un delito y de la frontera una licencia para la brutalidad. Aparece también una extrema derecha que cultiva el miedo, señala al extranjero y vende odio como si fuese protección. Su discurso no resuelve la pobreza, la falta de vivienda ni el abandono institucional: sólo ofrece un culpable visible contra el que descargar la frustración.

No todo vale en nombre del control fronterizo. Los Estados pueden regular sus fronteras, pero no pueden renunciar a los derechos humanos ni convertir la asistencia humanitaria en un campo de batalla ideológico. Nadie tiene derecho a impedir que se alimente a una persona hambrienta. Nadie tiene derecho a incendiar sus pertenencias, a acosarla por su origen ni a utilizarla como blanco de una campaña política. Eso no es orden; es racismo organizado. Eso no es seguridad; es una forma de cobardía colectiva.

Quizá Zeus Xenios no tenga hoy templos, sacerdotes ni estatuas en nuestras plazas. Pero el deber que representaba continúa en pie, más allá de cualquier religión: proteger a quien llega vulnerable, no añadir violencia a su herida, reconocer su humanidad antes de exigirle explicaciones.

La playa del Trampolín, de la ciudad autónoma de Ceuta.
La playa del Trampolín, de la ciudad autónoma de Ceuta. | Vídeo: Hijas de la Caridad

La pregunta sigue llamando a la puerta, con el mar pegado a los zapatos: ¿qué hacemos cuando llega alguien que no tiene nada? Si respondemos con odio, hambre y fuego, no estaremos defendiendo un país. Estaremos destruyendo la idea misma de civilización.

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