Cuando la obediencia es para los otros: del lefebvrismo al Sodalicio de Baertl
La misa válida, pero ilícita, del sacerdote más relevante del Sodalicio de Vida Cristiana
Hay fechas que, por pura coincidencia, terminan iluminándose mutuamente. El 30 de junio de 2026 circuló en Lima la convocatoria a una misa mensual por María Amalia Baertl Montori en la parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación en Camacho (Lima), presidida por el padre Jaime Baertl Gómez. Apenas un día después, el 1ro. de julio, volvió a ponerse sobre la mesa el viejo debate sobre la relación entre la obediencia eclesial y los sectores vinculados al lefebvrismo cuando sus seguidores consagraron de nuevo obispos en Ecône (Suiza) sin el necesario mandato pontificio.
A primera vista, ambos casos parecen pertenecer a mundos distintos. Sin embargo, existe un hilo conductor que merece reflexión: la dificultad de aceptar las decisiones de la autoridad de la Iglesia cuando éstas afectan a quienes consideran que su propia legitimidad está por encima de la decisión de Roma. No es problema de principios, sino de soberbia. En el caso del Sodalicio, la de aquellos que una y otra vez burlan al papa León XIV para no tener que reparar a sus víctimas.
El Padre Baertl y la lógica sectaria del Sodalicio
Jaime Baertl Gómez, sobrino de María Amalia Baertl Montori, ha sido el sacerdote más relevante del Sodalicio de Vida Cristiana. Los medios peruanos lo han situado siempre en la cúspide de una trama económica que incluye todo un emporio de empresas, unas con ánimo de lucro y otras lucrativas, sin descartar cuatro offshores: San Ignacio de Loyola, Providential, Alma Minerals y Foundation Santa Rosa.
Tras la intervención de la Santa Sede como consecuencia de la “Misión Especial Scicluna-Bertomeu” y las decisiones adoptadas por el papa Francisco respecto de varios de sus miembros, el padre Baertl fue expulsado del Sodalicio.
Paralelamente a estas y otras expulsiones, el proceso que culminó con la supresión del Sodalicio buscaba responder a las graves irregularidades y abusos documentados durante décadas dentro de la comunidad en los que el Padre Baertl tuvo mucho que ver. No solo abusos económicos, como Martin Scheuch ha insistido una y otra vez.
Sin embargo, la comparación con el lefebvrismo adquiere una dimensión adicional si se recuerda por qué fue suprimido el 14 de abril de 2025 el Sodalicio de Vida Cristiana. La Santa Sede no suprimió la institución por un desacuerdo doctrinal menor ni por meros problemas administrativos. En la comunicación oficial de la Nunciatura Apostólica de Lima de 25 de septiembre de 2024, informando sobre los primeros 10 expulsados de este grupo, se describió un entramado de abusos sexuales, de autoridad, de conciencia (“con métodos sectarios para quebrar la voluntad de los subordinados”), espirituales, psicológicos y económicos incompatible con la vida de la Iglesia.
Son precisamente esos rasgos —el control de las conciencias, la obediencia absoluta al liderazgo, la opacidad interna y la subordinación de la persona a la institución— los que numerosos especialistas identifican como propios de una deriva sectaria. Por ello, más allá de la etiqueta, resulta difícil ignorar que la supresión pontificia respondió a comportamientos que corresponden a ese modelo.
La misa válida pero ilícita del Padre Baertl: una cuestión de desobediencia
El canon 701 del código de Derecho Canónico es meridianamente claro: “Por la expulsión legítima cesan ipso facto los votos, así como también los derechos y obligaciones provenientes de la profesión. Pero si el miembro es clérigo, no puede ejercer las órdenes sagradas hasta que encuentre un Obispo que, después de una prueba conveniente, le reciba en su diócesis conforme a la norma del c. 693, o al menos le permita el ejercicio de las ordenes sagradas”.
Jaime Baertl no encontró ningún obispo que lo recibiera o que le permitiera el ejercicio de las órdenes sagradas. Ni lo hará mientras la estructura económica del Sodalicio, aún en proceso de liquidación, no responda ante las víctimas por la reparación económica que les debe.
La celebración pública presidida por el antiguo dirigente del Sodalicio, expulsado del grupo por el Papa Francisco y en la actualidad “clérigo vago”, no puede interpretarse únicamente como una misa familiar. También constituye un gesto simbólico de resistencia frente a las decisiones de la Santa Sede
En ese contexto, la difusión pública ayer de una celebración eucarística presidida por Jaime Baertl inevitablemente suscita preguntas. No tanto por la dimensión familiar del acto cuanto por su significado eclesial. Desde esa perspectiva, la celebración pública presidida por el antiguo dirigente del Sodalicio, expulsado del grupo por el Papa Francisco y en la actualidad “clérigo vago”, no puede interpretarse únicamente como una misa familiar. También constituye un gesto simbólico de resistencia frente a las decisiones de la Santa Sede.
Y es precisamente ahí donde aparece el paralelismo con el lefebvrismo: en ambos casos, la cuestión de fondo no es la liturgia, sino la obediencia. Cuando un grupo considera que puede seguir actuando como si la decisión de Roma no le afectara, reproduce la lógica de una Iglesia paralela. Es la lógica sectaria.
Si un sacerdote ha sido objeto de medidas disciplinarias o su situación canónica limita el ejercicio público del ministerio, la cuestión deja de ser meramente privada. El problema no es la memoria de un familiar fallecido ni la celebración de una misa en sí misma, sino el mensaje que transmite: “puedo ejercer el ministerio público al margen de las decisiones adoptadas por la autoridad competente” o, lo que es lo mismo, “estoy por encima de la Iglesia”.
La obediencia selectiva y la lógica sectaria del Sodalicio y del lefebvrismo
Este último año, muchos católicos peruanos han considerado que la desobediencia al Papa de los antiguos seguidores del Sodalicio, privatizando sus bienes eclesiales para no tener que reparar a sus víctimas, es una mera anomalía. No lo es. Es, de hecho, una declaración de intenciones.
Ha habido un “proceso de aprendizaje” en su lógica sectaria que viene de lejos, como cuando en su momento la Santa Sede permitió que los sacerdotes del Sodalicio no “obedecieran” a un sucesor de los Apóstoles sino a un superior general laico. Las propuestas ideológicas de estos “mitad monjes, mitad soldados” estaban por encima de todo cuestionamiento eclesial.
Las mismas anomalías han ocurrido con los seguidores de Lefebvre. Siempre han estado seguros de que la propia interpretación de la tradición prevalece sobre las decisiones del Papa. “La tradición garantiza la continuidad de la fe católica”, expresaba ayer en modo insidioso uno de los que cuestionan la decisión del papa León XIV, obviando que la custodian la sucesión apostólica y el ministerio del Papa.
No es convincente exigir obediencia absoluta cuando las decisiones afectan a unos y relativizarla cuando afectan a quienes pertenecen al propio entorno. Tampoco ayuda presentar cualquier medida disciplinaria como una persecución o como un simple error administrativo. Los afines al Sodalicio han intentado durante dos años sentar esta narrativa, especialmente en su acoso mediático, judicial y lobbistico contra el Comisario Pontificio, monseñor Jordi Bertomeu. Se resisten a aceptar que la comunión eclesial exige aceptar que, en última instancia, corresponde a la Santa Sede adoptar las decisiones que considera necesarias para el bien de la Iglesia, incluso cuando resulten dolorosas.
La supresión del Sodalicio en abril de 2025 no fue una decisión improvisada. Llegó tras años de investigaciones, visitas apostólicas y un largo proceso de discernimiento impulsado por el papa Francisco en el que intervinieron muchos dicasterios romanos. Por su parte, León XIV ha mantenido la voluntad de culminar ese proceso de purificación institucional. Por eso, cualquier gesto que pueda interpretarse como una escenificación pública de resistencia adquiere inevitablemente un valor simbólico.
No se trata de comparar personas ni de equiparar procesos históricos diferentes. Se trata de advertir una misma lógica sectaria. Cuando un grupo considera que la autoridad de la Iglesia solo merece obediencia mientras confirma sus propias posiciones, la comunión eclesial queda debilitada.
Quizá esa sea la verdadera lección de estas dos fechas consecutivas. El 30 de junio y el 1 de julio recuerdan que la desobediencia no tiene un único rostro. Puede vestir sotana tradicionalista o casulla con espada flamígera. Cambian los protagonistas; permanece la misma tentación: creer que la propia causa justifica situarse por encima de las decisiones de la Iglesia. Y esa tentación, venga de donde venga, merece el mismo juicio eclesial y la misma exigencia de coherencia.
Por ello, hoy las víctimas exigimos que también la Santa Sede actúe con contundencia contra aquellos sacerdotes que fueron expulsados del Sodalicio. También contra los que no fueron expulsados pero que no pueden ser automáticamente incardinados sin que se depure sus responsabilidades por lo ocurrido en su grupo de referencia. Permitir lo contrario, es una burla para todos, empezando por las víctimas.