Los papas sobre la 'posesión' de la bomba atómica
El aniversario del lanzamiento de la primera bomba atómica contra la población civil, en Hiroshima, nos lleva a reiterar la severísima condena moral incluso contra la mera posesión de esa arma mortífera, tal y como reiteró Francisco hace dos años en la ciudad japonesa
El aniversario del lanzamiento —el 6 de agosto de 1945— de la primera bomba atómica contra la población civil, en Hiroshima, nos lleva a reiterar la severísima condena moral incluso contra la mera posesión de esa arma mortífera, tal y como reiteró Francisco hace dos años en la ciudad japonesa.
«Dios de misericordia y Señor de la historia, a ti elevamos nuestra mirada desde este lugar, encrucijada de muerte y vida, de derrota y renacimiento, de sufrimiento y piedad». Así comenzó su intervención el papa Bergoglio, el 24 de noviembre de 2024, ante el monumento conmemorativo de las miles de víctimas de la primera bomba atómica que un avión estadounidense hizo llover desde el cielo. Y, tras denunciar enérgicamente el uso de esa bomba contra la población civil, añadió: «También es inmoral la posesión de armas atómicas, como ya dije hace dos años».
En comparación con 1945, cuando solo Estados Unidos poseía la «bomba», poco a poco ha ido aumentando en el mundo el número de potencias nucleares: oficialmente son hoy ocho (EE. UU., Rusia, Gran Bretaña, Francia, China, Corea del Norte, India y Pakistán); a ellas se suma una novena, Israel, que, de hecho, ha admitido poseerla. El pasado mes de febrero, precisamente para impedir que Irán creara ese terrible instrumento de guerra, el presidente estadounidense, Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ordenaron a sus Fuerzas Armadas bombardear la República Islámica.
A excepción de EE. UU. en 1945, hasta la fecha ninguna de las nueve potencias nucleares —algunas de ellas de tradición cristiana (católicas, anglicanas, protestantes y ortodoxas)— ha utilizado jamás la bomba atómica en los diversos conflictos que se han sucedido en los últimos 81 años. Y, sin embargo, según Francisco, sería totalmente «inmoral» no solo, obviamente, que esos países lanzaran esa bomba, sino que, incluso —dice—, es «inmoral» la mera posesión de esos artefactos, aunque sea con fines de disuasión. La contundente afirmación de Francisco plantea enormes problemas geopolíticos, religiosos y eclesiales. En primer lugar, correspondería a las Conferencias Episcopales de los países «nucleares» intervenir para dirigirse a sus fieles con claridad. Algo que, hasta ahora, no ha ocurrido; pero, ¿podría ocurrir? ¿No se dividiría la Iglesia romana, con fieles que coinciden con el pontífice y otros muy indecisos sobre la posibilidad de pronunciarse sobre un tema tan complejo, o incluso contrarios?
Estrecho es el camino entre la diplomacia y la profecía
En 1965, cuando en el Concilio Vaticano II se abordó la constitución «Gaudium et spes», al hablar de la paz y la guerra, la Asamblea condenó el uso de la bomba nuclear; pero se mostró muy indecisa a la hora de condenar la mera «posesión» de esa arma letal. Finalmente, en el n.º 78, afirmará: «Los hombres, en cuanto pecadores, están y estarán siempre bajo la amenaza de la guerra hasta la venida de Cristo; pero en la medida en que logran, unidos en el amor, vencer el pecado, vencen también la violencia, hasta que se cumpla aquella palabra divina: “De sus espadas harán arados y de sus lanzas, hoces”» (Isaías 2,4).
¿Reafirmará el papa León ese decisivo «inciso» de Francisco? Estrecho es el camino entre la diplomacia y la profecía.
