Parábola de la orquídea
"Sigo mi camino años arriba, contemplando y dejándome contemplar por la orquídea, símbolo de la vida que se nos regala"
El corazón del tiempo no cesa de latir al ritmo de la historia y hoy recibo, como un maravilloso don, el llegar a mis 91 años de edad, que son muchos años. Puedo decir que esta hora me regala serenidad y mi interior se asemeja a un hermoso jardín, donde florece la gratitud y pervive la memoria.
Mi entorno vital me ayuda, también contemplar y recrearme en la orquídea que desde hace unos años crece junto a mi ventana. Sus flores evocan pureza, elegancia y paz. Se dice que no compite con la rosa, y emite su fragancia, aunque no haya nadie cerca para apreciarla.
La orquídea es testigo de mis lecturas, de las visitas que recibo y de esos instantes únicos que me ofrece la vida para escuchar, orar, acoger, compartir.
En tres ocasiones el año pasado estuve hospitalizado, y al regresar a la Residencia, la encontré mustia, sin vida, triste. Quizás extrañaba ser testigo de mi rutina diaria, que dicho sea de paso, para nada es monótona… Por suerte, alguien supo ayudarme y revivió.
Y ahí siguen sus flores alegrando cada una de mis jornadas. También a las personas que vienen a visitarme, y de las que, si me lo permitís, quisiera mencionar algunas. Todas son importantes, hacen que mi corazón rebose gratitud y envejezca más lento.
Mi buena familia, buena de verdad, en varias ocasiones se ha acercado a La Virgen del Camino, incluyendo a los sobrinos más jóvenes y al benjamín, Gabriel. Su sonrisa y sus ojos color cielo inundan nuestras almas de ternura y esperanza.
Bien anotado tengo, el lunes 4 de mayo, a las diez de la mañana, cuando vino a visitarme el Dr. Josep María Tello, mi amigo-cirujano que un día me salvó la vida. Se encontraba haciendo el Camino de Santiago y al llegar a León, hizo un paréntesis para verme.
Recuerdo que la última vez que nos encontramos había sido en San Juan de Letrán, cuando viajó a Cuba, acompañado por su esposa e hija. Mi relación con él ha sido una suma de bondades. Nos conocimos en un hospital de Barcelona, a donde llegué desde lejos y sin Seguridad Social, necesitando a un buen doctor que me atendiera.
En aquella ocasión, mi hermana Toña, siempre a mi lado, se preocupó por preguntar el importe de la operación y de la estancia hospitalaria. Ella, después de haber conversado conmigo, llamó a nuestro hermano Pepe, y él diligentemente se trasladó hacia Barcelona, con un sobre para mí.
La víspera del día del alta, el Dr. Tello me sorprende diciéndome que todo era gratis. No tuve que pagar absolutamente nada. Cuánta generosidad de su parte. Por eso, volver a coincidir evoca en mí sentimientos genuinos de profunda gratitud y emoción.
No puedo dejar de mencionar a la Hna. María Fe, la primera religiosa que conocí en La Habana, cuando era la secretaria del Nuncio Apostólico. Ahora, somos casi vecinos y con frecuencia me visita en compañía de algunas de sus queridas Hermanas Siervas de San José.
Este año he tenido la alegría de recibir también a varios de mis frailes dominicos, unos desde Cuba como Fr. Léster, Fr. Celio; otros de más cerca, entre los que están Fr. Néstor, Fr. Lázaro Yoerlis y los jóvenes novicios. El año pasado recuerdo a Fr. José Lázaro, contemplando a mi lado la planta de romero.
La lista sería demasiado amplia para esta parábola: Halema con Alex y Aarón, Patricia, Sissi, Amed, Ingrid, Leyla, María y Miguel, Ignacio y Gabriela… Nombres y rostros entrañables.
Termino leyendo en voz alta y transcribiendo un escrito iluminador, que hace unos días llegó a mis manos:
“Había una vez un árbol que se sentía inútil. Las ramas ya no daban frutos como antes y el viento le susurraba que su tiempo había pasado.
Un día, un viajero cansado, se detuvo bajo su sombra. No buscaba frutos… solo descanso. Y allí entre el silencio de las hojas encontró paz.
El árbol comprendió que su valor no dependía de lo que producía sino de lo que ofrecía, sin darse cuenta: refugio, calma, vida.
A veces no necesitas dar más sino estar presente”.
Walt Whitman nos dejó dicho que la felicidad no está en otro lugar sino en este lugar; no en otra hora, sino en esta hora. Así, sigo mi camino años arriba, contemplando y dejándome contemplar por la orquídea, símbolo de la vida que se nos regala y de lo feliz que me siento.
Por todo, doy gracias; por todos, alzo mi mirada del suelo al cielo y pido al Señor una bendición. Vosotros, sois mi mejor regalo de cumpleaños.