Perseo se declara víctima
Sobre el secuestro de René Girard por la nueva cristiandad de derecha, y por qué los supervivientes somos hoy el estorbo. «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» - Mateo 7,15
I. Desde una soledad no elegida
Escribo otra vez desde una soledad no elegida. Escribo como superviviente de abuso sexual en la Iglesia, después de treinta y seis años de silencio y más de ocho de psicoterapia. No escribo para defender a la Iglesia. No defiendo a instituciones ni a representantes que pactan con lo que voy a describir — y pactan, con entusiasmo creciente, en España, en Portugal, en Italia, en América.
Defiendo dos cosas solamente: a los supervivientes y a la Gracia. Y sostengo que en medio de la confusión fabricada para descreditarnos, nuestra posición se volvió profética justamente porque ya no le sirve a nadie.
II. Algo está pasando y conviene nombrarlo sin histeria
El cristianismo vuelve a ser visible. Vuelve como estética, como identidad, como bandera. Catedrales iluminadas con proyecciones. Influencers católicos hablando de «renacimiento». Jóvenes convertidos que descubren la Tradición y descubren, en el mismo movimiento, que la Tradición coincide milagrosamente con un programa político. Latín, incienso, virilidad, orden, frontera. Un cristianismo que ya no pide conversión sino pertenencia.
Y no es un fenómeno marginal. Es una operación intelectual sofisticada, financiada, con lecturas, con revistas, con seminarios, con dinero de Silicon Valley y con votos en parlamentos.
Lo que quiero señalar es más estrecho y más grave: para construir esa operación han robado a René Girard. Y lo han robado poniéndolo exactamente del revés.
III. Lo que Girard dijo
Digámoslo simple, porque es simple.
Girard descubrió que los mitos son el relato de los linchadores. Que cada cultura se funda expulsando a alguien, y que después cuenta la historia desde el punto de vista de los que expulsaron. El monstruo era culpable. La ciudad se salvó. El héroe fue valiente.
Y descubrió que la Biblia hace lo contrario. Que su singularidad no es contar mejores historias, sino contar la misma historia desde el suelo, desde el lugar del expulsado. José, Job, el Siervo, y finalmente un condenado en una cruz que es explícitamente declarado inocente por el texto que narra su condena.
De ahí sacó Girard una tesis que sus nuevos discípulos prefieren no citar: la preocupación moderna por las víctimas es un efecto cristiano. No una debilidad importada, no un invento del siglo XX, no resentimiento. Es lo único genuinamente nuevo que el Evangelio metió en la historia humana.
Es verdad que al final de su vida Girard se inquietó. Vio que el lenguaje de la víctima podía ser capturado, que se podía acusar en nombre de las víctimas, que la posición del inocente podía volverse un arma. Tenía razón en inquietarse.
Pero jamás dijo lo que hoy le hacen decir.
IV. La inversión
El robo funciona así, y es una pieza de precisión.
Se toma la advertencia de Girard (el lenguaje de la víctima puede instrumentalizarse) y se convierte en premisa general: toda víctima que habla está instrumentalizando. De «la inocencia puede fingirse» se salta a «tu inocencia es fingida». Y una vez dado el salto, la conclusión se ofrece sola: los verdaderos perseguidos de nuestro tiempo somos nosotros. La Iglesia. Occidente. El hombre. La fe.
Perseo se declara víctima.
Y entonces todo se recoloca. La crisis de los abusos deja de ser una crisis de abusos y pasa a ser un ataque mediático. Los informes son campañas. Los periodistas, agentes. Las comisiones, caballos de Troya. Las indemnizaciones, extorsión. Y los supervivientes que insisten dejan de ser heridos y pasan a ser instrumentos de la persecución anticristiana: que no perdonan a tiempo, que no vuelven a la comunidad, que siguen pidiendo que los obispos encubridores dejen de ejercer.
Es el tercer abuso con ropa nueva. Antes te cortaban la cabeza y lo llamaban heroísmo. Ahora te cortan la cabeza y lo llaman legítima defensa.
Y aquí está la ironía que ningún girardiano de verdad puede tragar: esta operación es, punto por punto, el mecanismo del chivo expiatorio funcionando en su forma más avanzada. Girard escribió que cuando el mecanismo queda al descubierto no desaparece: se disfraza. Se apropia del vocabulario de la víctima para seguir expulsando. Los que hoy citan a Girard para desacreditar a las víctimas son el ejemplo más limpio de aquello que Girard pasó cincuenta años describiendo.
Le llaman girardianos. Son nietzscheanos con nombre falso.
Porque fue Nietzsche, no Girard, quien dijo que el cristianismo es la revuelta de los débiles, el resentimiento de los fracasados convertido en moral, la victoria de los últimos por vía del chantaje. Girard leyó eso, lo aceptó como descripción exacta y dijo que Nietzsche había visto bien y elegido mal. Que sí, que el cristianismo se pone del lado de las víctimas. Y que eso es verdad, no debilidad.
Los que hoy hablan de «victimismo», de «cultura de la queja», de «resentimiento disfrazado de justicia», están repitiendo a Nietzsche palabra por palabra. Con crucifijo. Y firmando Girard.
V. El katechon, o cómo se resacraliza el poder
Hay una segunda pieza, más técnica, y merece atención porque es la que da coartada teológica.
Pablo, en la segunda carta a los Tesalonicenses, menciona algo que «retiene» — katechon — la llegada del sin-ley. Un texto oscuro, sobre el cual la exégesis lleva veinte siglos discutiendo sin acuerdo.
En manos de la nueva derecha cristiana ese versículo se ha vuelto un programa de gobierno. Alguien tiene que retener el caos. El Estado. La nación. La frontera. La institución. Y como lo que retiene es sagrado, criticarlo se convierte en colaborar con el Anticristo.
Vean lo que ha pasado: el Evangelio, que en Girard es desvelamiento (la operación que desnuda el mecanismo y lo deja inservible) se convierte en contención, la operación que mantiene el mecanismo funcionando porque sin él vendría algo peor.
Es la vieja lógica del sacrificio, exactamente la que la Cruz vino a terminar: conviene que uno muera por el pueblo. Ahora recitada por cristianos que se creen fieles.
Y funciona muy bien para las diócesis. Si la institución es lo que retiene el caos, entonces cada archivo cerrado es prudencia, cada obispo protegido es continuidad, cada superviviente silenciado es un daño colateral aceptable frente al abismo. La Iglesia se vuelve inocente por definición estructural, sin necesidad de ser inocente de nada en concreto.
VI. La égida
Vuelvo a Medusa, porque el mito no había terminado.
Perseo le corta la cabeza. Pero la cabeza no se tira ni se entierra. Se la entrega a Atenea —a la diosa que la maldijo, a la que debía haberla protegido y no la protegió. Y Atenea se la coloca en el pecho, en el escudo. La égida. El rostro de la víctima convertido en armadura de la institución que la condenó.
No hay imagen más exacta de lo que estamos viviendo.
La Iglesia (y no solo la Iglesia: toda estructura que hoy se declara perseguida) lleva puesto en el pecho el rostro de sus propias víctimas. Habla de víctimas. Organiza jornadas de escucha. Publica protocolos. Y usa ese rostro como defensa contra quienes preguntan. Miren cuánto sufrimos. Miren cómo nos atacan.
La cabeza en el escudo no habla. Esa es la condición para llevarla puesta.
Y por eso el superviviente que sigue hablando es intolerable, no por lo que denuncia, sino porque demuestra que la cabeza está viva. Que no era un trofeo. Que no era un símbolo. Que era una persona, y sigue siéndolo, y no ha aceptado el puesto que le dieron en la iconografía.
Me hicieron rostro y me colgaron del pecho ajeno,
armadura de quien me maldijo, adorno de quien me cortó.
Pero la boca de la cabeza cortada no fue cosida.
Y hablo. Y al hablar no petrifico:
devuelvo a cada uno su propio rostro,
que es lo único que verdaderamente aterra. - Pero Joséres
VII. La Gracia no tiene frontera
Antes de seguir, una precisión que me exijo a mí mismo.
He hablado de una operación. Las operaciones tienen autores: quien las piensa, quien las financia, quien las escribe, quien las convierte en programa de gobierno. Son pocos y tienen nombre. Pero he hablado también de una multitud, y la multitud no es lo mismo.
Hay muchísima gente que ha llegado a esa cristiandad de buena fe. Jóvenes que encontraron orden donde nadie se lo daba, pertenencia donde solo había mercado, belleza donde solo había ruido. No estoy dispuesto a llamarles cínicos. Sería hacer con ellos exactamente lo que denuncio, un bloque, un monstruo, una cabeza que cortar, y sería además traicionar mi propia tesis: si la Gracia actúa fuera de la estructura, actúa también dentro, y actúa también ahí.
Pero la buena fe no es una coartada. Y sobre todo, no es una posición.
Sé lo que va a pasar con este texto. Cada lector va a colocarse fuera del grupo acusado. Es automático. Nadie se reconoce jamás en la descripción del perseguidor, esa es exactamente la razón por la que el mecanismo lleva milenios funcionando. Así que no voy a dejar la puerta abierta.
No estás fuera porque te sientas fuera. No estás fuera porque no odies a nadie, porque tengas buenas intenciones, porque también te duelan los abusos, porque reces por las víctimas.
Estás fuera si, cuando te cuesta algo, eliges al vulnerable contra la institución que lo hirió, y no al revés. Si eres capaz de decir en voz alta el nombre del obispo que sigue en funciones. Si aceptas que un archivo se abra aunque el escándalo salpique a tu parroquia, a tu movimiento, a tu obispo, a tu partido. Si cuando alguien invoca la unidad para cerrar un asunto reconoces la maniobra y la nombras delante de gente, con factura.
Ese es el examen entero, y no hay otro. No lo aprueba la sensibilidad: lo aprueba la conducta cuando hay precio que pagar.
Quien lo aprueba no tiene nada que temer de este artículo, venga de donde venga y vote lo que vote. Quien no lo aprueba está llevando la cabeza al pecho aunque no se haya dado cuenta. Y no darse cuenta nunca fue una eximente. Es el modo normal de funcionamiento del asunto.
Dicho esto, voy al corazón, que es teológico antes que político.
Un cristianismo de identidad es un cristianismo sin Gracia. Porque la Gracia, por definición, no se merece, no se hereda, no se vota y no se administra. Si pudiera condicionarse a la pertenencia (a la comunidad, a la nación, a la civilización, al bando) dejaría de ser Gracia y sería salario.
Y lo diré con toda la dureza de la que soy capaz: el Dios que necesita una frontera para llegar no es Dios. Es un ídolo con la agenda de alguien encima.
Yo tengo autoridad para decir esto por una razón desagradable: descubrí a Dios fuera. En la ausencia de la estructura. En una soledad que nadie eligió por mí y que nadie me diseñó. Si la Gracia dependiera de estar dentro, yo no habría tenido ninguna. Y tuve.
Ese es el dato que la nueva cristiandad no puede procesar, ni desde la derecha ni desde el centro. No porque sea escandaloso, sino porque es incontrolable. Un Dios que actúa donde quiere y con quien quiere no se deja usar como cemento de ninguna civilización.
Jesús no vino a retener nada. Vino a tocar. Tocó al leproso e invirtió la dirección de la impureza: en la ley, quien toca al impuro se contamina; en el Evangelio, quien es tocado queda limpio. La hemorroísa lo toca por detrás, sin permiso, en estado de impureza permanente, y él no la reprende: pregunta quién fue, que es su manera de obligarla a existir en público.
Eso es lo contrario de una frontera. Y es lo que ninguna de las dos versiones, ni la Medusa maldita ni Perseo victimizado, sabe qué hacer con ello.
VIII. Por qué somos profetas ahora
Durante años pensé que la condición profética del superviviente venía del testimonio. Contar lo indecible. Hoy creo que viene de otro sitio, más incómodo.
Somos proféticos porque no le servimos a nadie.
No le servimos a la institución, que preferiría un relato de reconciliación. No le servimos a la nueva derecha cristiana, porque nuestra existencia desmiente que la Iglesia sea la perseguida. Y tampoco le servimos del todo a quien quisiera usarnos como ariete contra la fe, porque muchos de nosotros seguimos creyendo, y creemos precisamente en lo que la institución traicionó.
Estamos en el único sitio donde no hay bando. Y en un tiempo en que todo se organiza por bandos, estar sin bando es la única posición desde la cual todavía se puede decir verdad.
Simone Weil escribió que la fuerza convierte en cosa a quien la sufre, y que también petrifica, de otro modo, no menos, a quien la ejerce. Los dos lados del escudo están de piedra. El superviviente que accedió al amor propio y a la alteridad profunda es, hoy, de las pocas personas que no lo están.
Por eso molestamos. No por lo que denunciamos. Por seguir siendo blandos en un mundo entero de piedra.
IX. Para ti que miras esto y no entiendes nada
Si eres superviviente y estás viendo cómo tu historia se convierte en munición ajena (cómo unos la usan para atacar a la Iglesia y otros la niegan para defenderla) necesito decirte tres cosas.
La primera: tu historia no es un argumento. Es tu vida. No estás obligado a que sirva para probar nada, ni a favor ni en contra. Quien te pida que la conviertas en prueba está haciendo contigo lo mismo que hizo el mito con Medusa.
La segunda: si te llaman resentido, si te dicen que estás siendo usado, si te sugieren que en el fondo hay odio ahí, reconoce la operación. Es antigua. Es Nietzsche con sotana. Y la respuesta no es demostrar que no odias; la respuesta es no aceptar el interrogatorio. No le debes a nadie una prueba de pureza de intenciones. Nunca te la pidieron a ti cuando el que tenía que probar algo era otro.
Y la tercera, la que más me importa: la Gracia llegó hasta ti aunque estuvieras fuera. Si estuviste fuera y algo te sostuvo, eso no fue un sucedáneo de la comunidad, ni una versión menor de la fe, ni un permiso provisional hasta que volvieras. Fue Gracia entera. Dios no reconoce las jurisdicciones que los hombres inventan para administrarlo.
No te pido que hagas nada. Sigo sin pedirlo.
Pero cuando la voz dentro de ti se haga más alta que las voces de alrededor (y en este ruido va a costar más que nunca) recuerda que ninguno de los dos ejércitos que se disputan tu historia tiene autoridad sobre ella.
Tú eres el único que la tiene. Y ese es, exactamente, el escándalo.
Pero Joséres es el pseudónimo de un superviviente de abusos sexuales.
Frente a eso defiendo dos cosas: que quienes hoy hablan de «victimismo» y «resentimiento» son nietzscheanos firmando Girard, y que la Gracia no puede condicionarse a la pertenencia, a una comunidad, a una nación, a un bando, sin dejar de ser Gracia. La imagen que lo articula es la égida: Atenea coloca en su escudo la cabeza de Medusa, la víctima que ella misma había maldecido. Así lleva hoy la institución el rostro de sus propias víctimas, como defensa contra quien pregunta.
Lo he escrito porque en el ruido actual nuestras historias se están convirtiendo en munición ajena: unos las usan para atacar a la Iglesia y otros las niegan para defenderla. No defiendo a la institución ni a quienes pactan con esto. Defiendo a los supervivientes y a la Gracia.
