La presencia del santo en el pontificado de León XIV "Si queremos comprender al Papa, tendremos que acudir a san Agustín"

Amor
Amor

"¿Estamos cayendo en la cuenta de que León XIV se está tomando la paz como el eje de su pontificado?"

"¿Por qué San Agustín? ¿Qué podemos hallar en este hombre que habló y escribió hace 1600 años? ¿No son su mundo y el nuestro diametralmente opuestos? En él encontramos una de las realidades humanas más importantes de la vida: la búsqueda"

"La paz es una de las palabras más manoseadas que existen, fácil de pronunciar sin compromiso alguno…"

"Pero la paz no sólo se tiene que proclamar, sino que debe ser encarnada"

Seamos claros desde el principio. Si queremos comprender cada paso, cada gesto, cada idea e iniciativa de León XIV tenemos que acudir a San Agustín. La vida de este filósofo único y que es cada día más actual conforma la base existencial y teológica de Robert Prevost. No sólo porque ya fuera el Prior General de la Orden de San Agustín, líder de la congregación agustina desde 2001 hasta 2013, que es mucho e indicativo de por sí, porque, además, se considera su hijo, transformando esta vinculación en todo un programa de vida y de testimonio de fe. No olvidemos que aquel 8 de mayo, minutos después de ser elegido y comparecer ante el mundo, se presentó como agustiniano y el jueves 28 de agosto, día del santo del filósofo, escribió lo siguiente en X: “La vida y el testimonio de San Agustín nos recuerdan que cada uno de nosotros ha recibido dones y talentos de Dios, y que nuestra vocación, nuestra realización y nuestra alegría nacen de devolverlos en amoroso servicio a Dios y a los demás”.

¿Por qué San Agustín? ¿Qué podemos hallar en este hombre que habló y escribió hace 1600 años? ¿No son su mundo y el nuestro diametralmente opuestos? En él encontramos una de las realidades humanas más importantes de la vida: la búsqueda.

Boletín gratuito de Religión Digital
QUIERO SUSCRIBIRME

San Agustín buscó, se dio cuenta de que su camino no estaba enderezado, y sufrió por ello, pero lo mostró, lo confesó, y encontró en Dios el verdadero sentido de la existencia. León XIV, y su encuentro con los jóvenes fue todo un ejemplo, insiste una y otra vez en la búsqueda de iniciativas y proyectos que sustituyan a los sucedáneos del mundo que pueden generar placer, pero no felicidad. Las Confesiones de San Agustín son una lucha tremenda en este sentido. En el Libro III dice: “Sólo con la humilde piedad volvemos a ti. Y sólo confesándote nos purificas de los malos hábitos y te muestras propicio con nuestros pecados. Tú escuchas los gemidos de los cautivos y nos libras de las cadenas que nosotros mismos nos echamos encima. Y esto lo haces con tal de que no levantemos contra ti los cuernos de una falsa libertad, bien por el ansia de poseer más, bien por perderlo todo, amando más nuestro propio interés que a ti, bien universal de todos”.

Si la Iglesia tiene hoy algo que decir es señalar las diferentes cadenas que esclavizan al mundo y al ser humano. El mensaje del Dios crucificado es liberador de las diferentes cadenas que nos oprimen y nos enfrentan. ¿Estamos cayendo en la cuenta de que León XIV se está tomando la paz como el eje de su pontificado?

La paz es una de las palabras más manoseadas que existen, fácil de pronunciar sin compromiso alguno ante cantidades ingentes de personas, pero recordemos que el proyecto de Jesús de Nazareth es un camino de paz que vemos reflejado en cada eucaristía. Otra vez, el 8 de mayo, ante todo el mundo, nos sorprendieron sus primeras palabras: “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante”. Este será, y es todo un acierto, el lema para el mensaje de la Jornada de la Paz del 1 de enero de 2026. La guerra es el resultado de un mal uso de nuestra libertad que nos hace creer en la lógica de la posesión y dominación absoluta sobre la tierra y los demás. Este es el principio del mal de nuestro mundo, el de San Agustín y el nuestro.

¿A alguien le sorprende que el primer libro que ha publicado el Vaticano de León XIV lleve por título Que sea la paz? La paz no sólo se tiene que proclamar, sino que debe ser encarnada. El Papa está insistiendo en que la Iglesia tiene que transformarse en una realidad de comunión y fraternidad. ¿Se puede decir algo diferente desde la lógica del nazareno? Insiste León XIV: “La paz comienza por cada uno de nosotros: por la forma en que miramos a los demás, escuchamos a los demás, hablamos de los demás”.

El mismo 28 de agosto pasado, y ante unos cuarenta miembros de la delegación de representantes políticos y personalidades civiles de Val de Marne, en la diócesis francesa de Créteil, recordó la esencia misma del cristianismo para que no existan equívocos y sepamos cuál es la prioridad de seguir a Cristo en nuestro mundo: “No una simple devoción privada, sino una forma de vivir en sociedad impregnada de amor a Dios y al prójimo que, en Cristo, ya no es un enemigo sino un hermano”. Nada más y nada menos. San Agustín a través de su confesión personal puso encima de la mesa una coherencia evangélica sin precedentes. Por ello es modelo de vida de fe. León XIV está haciendo lo mismo para trazar sentido a su pontificado.

Podríamos escribir infinidad de artículos, estos días se están publicando muchos, sobre todas las influencias de San Agustín en León XIV: la naturaleza del bien y del mal, la felicidad, la importancia del camino del monólogo interior y la introspección psicológica que se adelanta a la modernidad, el ordo amoris o amor ordenado, el intellige ut credas, crede ut intelligas o el comprende para creer donde la fe y la razón tienen que ser complementarias, la relación entre el amor y la gracia desde la presencia perenne del pecado, el libre albedrío y el problema del mal junto con las dos ciudades, la terrenal y divina. En todos y cada uno de los discursos del Papa encontraremos estos temas de san Agustín leídos e interpretados desde nuestra actualidad.

Por qué León XIV? El significado del nombre elegido por el nuevo Papa

Ahora bien, si algo hay en el Papa Prevost que a mi modo de ver marca la diferencia, desde su estilo y contenido, es, como no podría ser de otra manera, en la insistencia de hablar de Dios. Y esto, dentro de la propia Iglesia, es contracultural. ¿Cómo puedo afirmar o suponer que la Iglesia no hable de Dios? Pues sí, hoy se nos llena la boca de hablar de injusticias, de pobreza, de los condenados y débiles de la tierra, de dogmas, de instrucciones, de normas, de derecho canónico, pero nos olvidamos de Dios que es de donde emana el fundamento para poder hablar de todo lo demás. Esta es una presencia, una huella clave de San Agustín en León XIV. Vale la pena que recordemos la definición extraordinaria de Dios en el Libro I de Confesiones:

“¿Qué es, pues, mi Dios? ¿Qué si no el Señor de Dios? Porque, ¿qué señor hay fuera del Señor o qué dios fuera de nuestro Dios? Sumo, bonísimo, potentísimo, poderosísimo, misericordiosísimo, justísimo, secretísimo, presentísimo, hermosísimo, y fortísimo. Estable, incomprensible, inmutable, mudando todas las cosas. Nunca nuevo, nunca viejo, renovando todas las cosas y envejeciendo a los soberbios sin que ellos lo entiendan. Siempre en acción y siempre en reposo, que siempre recoges y nunca necesitas. Llevas, llenas y amparas, creas, nutres y perfeccionas. Buscas y no tienes falta de cosa alguna”.

Todos estos atributos, ¿dónde convergen y a dónde nos llevan? Y aquí entra la claridad filosófica y teológica agustiniana de León XIV. En la Misa de iniciación de su pontificado lo dejó claro: “Hermanos y hermanas, esta es la hora del amor de Dios, la caridad de Dios que nos hace hermanos entre nosotros, es el corazón del evangelio”. La inmensidad de Dios, su inabarcable presencia sólo podemos entenderla desde el amor concreto y humano que tiene su máxima manifestación en la donación y en el sacrificio de Jesús en la cruz. Aquí estamos ante el núcleo mismo del cristianismo.

El amor es lo esencial y por ello el Papa nos invita volver a ello, a lo que cura y sana en un mundo herido por la guerra, el odio, el egoísmo y la indiferencia. De ahí que hablase el 1 de junio de que “el mundo actual necesita de una alianza conyugal para acoger y conocer el amor de Dios”. No sólo estaba hablando de los matrimonios que ya levantó ampollas ante esos que se llaman progresistas y que no aceptan nada que no entre en sus esquemas mentales, sino en la unión entre las personas con independencia de su inclinación sexual, su credo religioso, su color de piel, nacionalidad o situación económica. Es la invitación a la experiencia y vivencia del Dios de Cristo crucificado y que es, desde nuestra libertad y responsabilidad, uno de los proyectos más apasionantes de la historia de la humanidad. Sólo falta acogerlo y creérnoslo como lo hizo San Agustín y que hoy anuncia y clama León XIV de forma humilde y sencilla.

*Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

Pascua. La experiencia del resucitado - La Civiltà Cattolica

Etiquetas

Volver arriba