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Reflexión sobre San José, custodio del umbral de la Encarnación: la paternidad que hace fortalecer la Navidad

¿Hemos estado borrando a San José… y con él, el sentido bíblico de “paternidad” que sostiene a una familia sólida?; ¿Qué ocurre cuando una cultura produce “orfandad simbólica”: se debilita solo la familia, la imagen del padre… o también la esperanza?

El sueño de San José

¿Hemos estado borrando a San José… y con él, el sentido bíblico de “paternidad” que sostiene a una familia sólida?; ¿Qué ocurre cuando una cultura produce “orfandad simbólica”: se debilita solo la familia, la imagen del padre… o también la esperanza?

Abstract: San José emerge como mediación constitutiva en la economía de la Encarnación: su Anunciación y obediencia concreta introducen al Mesías Niño en una genealogía, un nombre y un hogar, sin suplantar el origen pneumático confesado por el texto. Esta reflexión relee Mt 1–2 y Lc 2 como denuncia de la “orfandad simbólica” que tiende a erosionar la paternidad, la esperanza y la familia de hoy.

Reflexión bíblica:

Celebrar el nacimiento de Jesús con rigor bíblico exige reconocer la función estrictamente constitutiva que los relatos de la infancia atribuyen a José en el plano histórico, legal y doméstico: no como “causa” de la concepción, que el texto atribuye explícitamente al Espíritu, sino como sujeto humano cuya obediencia introduce al niño en una genealogía, lo sitúa en un marco hagiográfico jurídico reconocible y lo resguarda de la potencial precariedad material donde acontece la encarnación narrada. El relato, así, no presenta a José como figura ornamental, sino como mediación histórico-familiar decisivo, para que el Mesías sea recibido como “hijo” dentro de un entramado concreto real de parentesco con la Ley la genealogía davídica y la realidad sociológica de su cotidianidad contemporánea.

San José, “El Guardián” de lo cotidiano

La caracterización mateana de José comienza antes de la revelación onírica: “Su marido José, que era justo” (Mt 1,19). Esta “justicia”, leída desde la lógica narrativa del pasaje, no se reduce a un automatismo normativo, sino que se despliega como discernimiento moral en una situación límite: José más que evitar un alejamiento por el potencial escarnio público, propio de su tiempo en María, está haciendo una actitud de reverencia ante la potencial revelación de la voluntad divina que provoca esta tensión natural de hombre entrado en la Ley que procura salvaguardar a su esposa. El sueño no cancela esa justicia social que algunos ignorantes del acontecimiento podrían estar esperando; la reconfigura al ponerla bajo la primacía de la revelación: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1,20b). La vocación de José queda, por tanto, definida por una obediencia que asume el “escándalo” potencial y lo transforma en custodio atendiendo a un “no temas” casi como una ordenación divina de elegido por Dios con esta Anunciación a cumplir con una de las misiones más especiales en la historia de la humanidad: su masculinidad y liderazgo aparecen como capacidad de sostener una historia que lo excede sin pretender poseerla, precisamente porque el origen del Niño no se apoya en su potencia generativa, sino en la iniciativa divina confesada por el texto.

Esa obediencia alcanza su segunda densidad máxima, después de la Anunciación, en el acto paternal de nombrar a este hijo, donde la paternidad de José se vuelve socialmente eficaz sin confundirse con la paternidad divina, pero obediente al mandato angélico y divino que le manda: “a quién pondrás por nombre Jesús” (Mt 1,21), y Mateo subraya, de manera categórica, la ejecución puntual del mandato: “hizo como el ángel del Señor le había mandado y tomo a consigo a su mujer” (Mt 1,24) y siguiente al niño nacido “… a quién puso por nombre Jesús” (Mt 1,25). En clave bíblica, el nombre no es un dato neutral; es incorporación efectiva a una identidad y a una trayectoria. Por eso, en el mismo tejido narrativo, la genealogía culmina en José como punto de inserción histórica del Mesías: “… José, el esposo de María, de la que nació Jesús” (Mt 1,16). Lejos de “debilitar” la cristología, esta precisión la protege: la filiación davídica se sostiene por la vía legal-familiar, mientras el origen del Niño permanece inequívocamente atribuido al Espíritu Santo (Mt 1,20).

Lucas muestra esa misma eficacia en el plano social y político: José no evade las exigencias del orden civil, sino que atraviesa la historia con fidelidad concreta. “… José subió… a la ciudad de David, llamada Belén… por ser él de la casa y familia de David” (Lc 2,4). El censo no es un detalle neutral: sitúa el nacimiento en la geografía de la promesa y en la precariedad del desplazamiento. Allí se revela su paternidad proveedora: acompaña a María en condiciones adversas y enfrenta el límite de no hallar alojamiento: “…no tenían sitio en el albergue” (Lc 2,7b). La masculinidad de José aparece aquí con responsabilidad, sin grandilocuencia: hacer lo posible, y más, para procurar lo mejor, aunque esto resulte, paradójicamente, extraño en el desestructurado mundo post moderno, un pesebre.

Finalmente, la “silenciosa” ausencia de palabras de José no implica pasividad, sino una estrategia narrativa: José es presentado como sujeto de acciones decisivas (tomar consigo, levantarse, hacer, nombrar, subir), y en esa obediencia operativa se perfila su autoridad como servicio: custodiar el umbral donde la iniciativa de Dios se vuelve historia humana sin que el custodio padre amoroso suplante al misterio que custodia (Mt 1,20-25; Lc 2,4-7).

En conclusión: la paternidad como vínculo indisoluble en la economía de la encarnación

Es enorme la densidad de los relatos de la infancia, que ofrecen pilares de consecuencia antropológica y eclesial de primer orden: la encarnación, tal como es narrada por Mateo y Lucas, acontece en una estructura familiar sólida; y es precisamente esa estructura la que se presenta como ámbito ordinario donde el don de Dios se hace historia humana, aprendizaje afectivo, lenguaje, memoria, pertenencia y maduración. La cristología de la infancia, además de sostenerse sobre la afirmación del origen pneumático del Niño (Mt 1:20b), se apoya también en la confesión implícita de que el Mesías entra en el mundo bajo la custodia de una paternidad real, ejercida en actos verificables: recibir, proteger, nombrar, trasladar, proveer, obedecer y perseverar (Mt 1:24-25; 2:13-15; Lc 2:4-7). En esa gramática narrativa, José aparece como mediación constitutiva: hace posible, en términos históricos, legales y domésticos, que el Hijo se desarrolle en continuidad, seguridad y sentido.

Desde esta perspectiva, la familia de Nazaret tendrá una “armonía doméstica” concreta, humilde, precaria, sin embargo, estable, en que el Verbo aprende a ser humano en la historia. Lucas no teme expresarlo en términos de obediencia filial y de crecimiento integral: “Jesús volvió con ellos a Nazaret y vivió sujeto a ellos…” (Lc 2:51), y el evangelista añade que “Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia…” (Lc 2:52). La teología narrativa aquí es, simultáneamente, severa y luminosa: el crecimiento pleno (intelectual, corporal, relacional y espiritual) se describe en el marco de una pertenencia sostenida; no se trata de idealizar una domesticidad romántica, sino de reconocer que el desarrollo humano requiere continuidad de vínculos, presencia estable, autoridad servicial y una historia compartida que no puede improvisarse. El texto sugiere, con una sobriedad que conmueve precisamente por su falta de sentimentalismo, que el niño necesita ser sostenido, ser acompañado y ser esperado en un hogar donde el padre tiene un lugar estable, aunque silencioso reverencial en el texto bíblico, sacrificial, aunque a ojos del mundo desestructurado posmoderno, deliberadamente “invisible”.

Por ello, a la luz de Nazaret, toda cultura que banaliza la presencia paterna o la reduce a función secundaria se expone a un empobrecimiento antropológico con consecuencias pastorales y sociales incalculables. José no “posee” al Hijo, ni lo define desde una apropiación narcisista; lo custodia para que el Hijo pueda ser Él mismo en el designio del Padre. Y esta forma de paternidad, hecha de obediencia concreta y de amor operativo, se convierte en parábola histórica de lo que un padre está llamado a ser: garantía de continuidad, escudo ante la intemperie, sostén del hogar cuando la vida se vuelve desplazamiento, y presencia que, sin reclamar protagonismo, evita que el hijo quede expuesto a la fragmentación afectiva y a la orfandad simbólica (Mt 2:13-15; Lc 2:4-7). En un tiempo que multiplica las razones económicas, ideológicas, incluso “pragmáticas”, para relativizar el vínculo paterno, los relatos de la infancia se vuelven denuncia silenciosa: el Niño de Belén no aparece como un proyecto individual, sino como un hijo cuidado; no crece “solo”, sino acompañado; no se hace adulto por ruptura, sino por pertenencia; no se forma desde la alienación paternal, sino desde la presencia sostenida de quien, precisamente, permanece.

Ahora bien, afirmar con fuerza la necesidad de la presencia paterna no equivale a negar la complejidad dolorosa de situaciones particulares excepcionales. Sin embargo, cuando tal separación no responde a la salvaguarda del menor sino a la lógica del poder, al capricho adulto o a la colonización afectiva de los hijos, entonces se produce una lesión que no es solo jurídica o psicológica, sino teológica: se hiere el espacio ordinario donde la vida debía aprender a confiar, y aquí el lector, si se deja afectar por la sobriedad de Mateo y Lucas, comprende por qué la paternidad ha de ser tratada como variable imprescindible: porque, en la economía misma de la encarnación narrada, Dios ha querido que el Hijo crezca bajo una casa, un nombre, una custodia y una presencia. Dicho sin retórica: separar al niño de su padre, es introducir una fractura en el tejido donde la persona aprende a ser persona. Nazaret, con su silencio y su pobreza, proclama una verdad que puede quebrar el corazón del lector: ningún niño debe vivir sin el abrazo estable de su padre; y ningún padre debería resignarse a existir como ausencia, cuando su vocación, a imagen del justo José, es permanecer, sostener, custodiar y amar hasta el final.

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